Sobre gustos está todo escrito (pero nadie le hace caso)

Sobre gustos hay pequeños o grandes tratados que cuentan siglos, pero eso no implica que deban convertirse en motivo de batallas.

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Quienes escribimos esta columna no pertenecemos a la misma generación. La diferencia de edad alcanza para haber sido formados en contextos distintos, con experiencias, lenguajes y expectativas que no siempre coinciden. Referencias, vivencias, inspiraciones, muchas veces distantes, y hasta contrapuestas. Ese dato, más que biográfico, sirve como punto de partida para una observación más amplia (que nos comprende al fin): el tiempo que nos toca vivir -el pasaje entre dos siglos- es probablemente uno de los períodos más vertiginosos de la historia de la humanidad.

En apenas unas décadas cambiaron de manera radical las formas de informarse, de comunicarse, de producir, de relacionarse y de pensar la vida en común. Ese proceso no solo transformó herramientas o hábitos: alteró sensibilidades. Impactó de lleno en la estética y en la ética, en los valores, en cómo se define lo imprescindible y lo descartable, lo tolerable y lo inadmisible, lo bello y lo justo. Y esas categorías, lejos de ser abstractas, se proyectan sobre todos los aspectos de la vida en relación: el arte, las costumbres, las reglas de convivencia, las búsquedas de saber, las creencias religiosas y, de manera muy marcada, la política.

Durante años, trabajar juntos desde miradas no idénticas obligó a explicitar desacuerdos, a discutir supuestos, a contrastar certezas. Buscando intersecciones, zonas de cruce desde las cuales construir acuerdos parciales, siempre provisorios. No fuimos los únicos: tratamos de seguir muchos ejemplos previos o contemporáneos a nuestro esfuerzo. Pero ese ejercicio -que supone tiempo, escucha y cierta disposición a dejarse interpelar- parece hoy estar en retroceso.

El clima social y político contemporáneo está atravesado por tensiones cada vez más visibles. No se trata solo de diferencias de opinión, sino del abandono acelerado de reglas que hasta hace muy poco parecían indiscutidas. Algunas de ellas eran básicas: los acuerdos básicos sobre qué servicios o bienes debía prestar el Estado sin discusión, los consensos mínimos del derecho internacional de la posguerra, la vigencia efectiva de los derechos humanos, la idea de límites al uso de la fuerza, el valor de la palabra empeñada entre Estados.

Ese corrimiento no es meramente teórico. Impacta de manera directa en el accionar de los líderes nacionales o mundiales, que ensayan discursos y decisiones cada vez más desinhibidas frente a normas que antes operaban como marco. La excepcionalidad se vuelve regla; la transgresión se presenta como audacia; el incumplimiento, como gesto de soberanía. Y lo que en la cúspide del poder aparece como estrategia, en la base social suele traducirse en absorción (ya se verá con qué efectos) de la violencia simbólica o incluso material y una creciente tolerancia al atropello.

La sobreinformación permanente y la desinformación que muchas veces la acompaña, potencia ese fenómeno. Internet y las redes multiplican estímulos, simplifican debates complejos y aceleran reacciones. La opinión suele llegar antes que la comprensión; la descalificación, antes que el argumento. En ese contexto, los desacuerdos se vuelven más ásperos y los consensos más difíciles de alcanzar.

No faltan voces ni diagnósticos. Lo que escasea es la disposición a leer al otro, a aceptar que las diferencias existen y que no necesariamente deben resolverse por aplastamiento. Interrumpiendo al que expone. Denigrando sus opiniones. No sólo pasa en la esfera pública, o en la arena política en particular. Recordemos a modo de acto de contrición nuestras últimas charlas de café; repasemos algunos encuentros familiares; meritemos ciertas jornadas de trabajo. Encontraremos ejemplos.

La frase que da origen a esta reflexión (una reversión del clásico “sobre gustos no hay nada escrito”) la pensó Francisco, un joven de 13 años que transita su adolescencia de modo corriente, mientras elige leer libros de papel, escuchar vinilos o visitar el Cabildo (entre otros disfrutes analógicos). El dato no es pintoresco ni nostálgico: confirma que las diferencias de estilo, de sensibilidades y de visiones no se ordenan hoy en líneas generacionales rígidas, sino que aparecen cada vez más entremezcladas. Conviven, incluso en quienes encarnan el largo plazo, prácticas, gustos y búsquedas que no responden a un solo molde ni a una época cerrada sobre sí misma.

Tal vez allí esté una clave. Sobre gustos (preferencias, elecciones, convicciones, opciones) hay pequeños o grandes tratados que cuentan siglos; pero eso no implica que estén definitivamente fijados ni que deban convertirse en motivo de batallas o escraches. El desafío sigue siendo el mismo: tomarse en serio la dificultad, afrontar la diversidad, discutirlas sin negarlas y sostener reglas comunes que permitan convivir aun en el desacuerdo. Recuperar lo mejor de cada época. Tener cuidado con el abandono tan radical de ciertas pautas que funcionaron bastante bien, y quizá por eso, hoy ni siquiera seamos capaces de percibirlas.

En tiempos de fragmentación acelerada, insistir en estos puntos puede parecer ingenuo. Tal vez porque sea, simplemente, imprescindible.

 

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