La disputa por la soberanía de las Islas Malvinas tiene su punto de quiebre en la primera mitad del siglo XIX, con un origen marcado por la fuerza militar, rebeliones criollas y visiones contrapuestas que siguen vigentes hasta hoy. El 3 de enero de 1833, el Reino Unido llevó adelante una operación militar para tomar el control de las islas, empleando dos buques de guerra (el HMS Clio y el HMS Tyne) para desalojar a la guarnición argentina de Puerto Soledad. A pesar de que la Confederación Argentina y Gran Bretaña mantenían relaciones de paz, la corona británica avanzó de forma armada; un atropello que el gobierno argentino denunció de inmediato como una agresión injustificada. Las autoridades locales y la población de origen argentino fueron expulsadas y reemplazadas por súbditos de la potencia invasora, dando inicio a un reclamo diplomático ininterrumpido. Sin embargo, la ocupación no fue pacífica: el 26 de agosto de 1833, un grupo de gauchos y criollos liderados por Antonio “El Gaucho” Rivero se alzó en armas, tomó Puerto Soledad y llegó a izar la bandera argentina, la cual flameó hasta el 7 de enero de 1834, cuando las fuerzas británicas restablecieron su dominio por la fuerza. Desde aquel episodio, las islas permanecieron bajo el estricto control de Londres, con la única excepción del breve período que duró la guerra de 1982.
Hoy las dos posturas históricas son irreconciliables: Argentina denuncia la ilegalidad de la usurpación de 1833 sobre un territorio con población y autoridades legítimas, mientras que el Reino Unido califica la acción como una “reafirmación” de su dominio soberano, remontándose a su llegada en 1690 y al desembarco del comodoro John Byron en la isla Trinidad en 1765. Pero para la gran mayoría de los argentinos y, especialmente, para el hincha de fútbol, las Islas Malvinas no parecen tener 193 años de historia; en la memoria colectiva, las islas existen de 1982 para acá, cuando la dictadura militar, bajo el mando de un presidente de facto como Leopoldo Fortunato Galtieri, arrastró al país a una guerra inútil, dolorosa y desorganizada. El termómetro de los mundiales y los cruces contra Inglaterra en la cancha son la prueba más fiel de cómo este conflicto bélico reconfiguró la identidad y el folklore nacional, dividiendo la historia del fútbol en un antes y un después de las trincheras.
Antes de la guerra, el fútbol contra los ingleses era simplemente fútbol. En el Mundial de Chile 1962, en pleno partido de fase de grupos donde los británicos ganaron 3 a 1 y eliminaron a la Selección en primera ronda, los hinchas argentinos no desplegaron banderas de reclamo ni cantaron por Malvinas, porque las islas simplemente no formaban parte de la agenda popular de la tribuna.
Cuatro años después, en el Mundial de Inglaterra 1966, el cruce de cuartos de final estuvo cargado de una enorme tensión deportiva y mística —con la histórica expulsión del capitán Antonio Rattín, quien se sentó en la alfombra roja del palco real—, pero el foco seguía estando estrictamente sobre el césped y el orgullo deportivo, sin tintes de soberanía territorial en las tribunas.
Todo cambió drásticamente a partir de 1982. La herida abierta del conflicto bélico convirtió el fútbol en un canalizador de la memoria y la revancha popular. En el Mundial de México 1986, los hinchas argentinos recordaron activamente a las Malvinas en cada rincón, cantando contra los ingleses en las tribunas, exhibiendo trapos con la leyenda «Las Malvinas son argentinas» y protagonizando duros enfrentamientos callejeros contra los hooligans, donde incluso se llegaron a quemar banderas británicas capturadas como trofeos de guerra. Esa misma mística del reclamo y el homenaje a los veteranos se trasladó al Mundial de Francia 1998, donde los octavos de final sirvieron de escenario para que los simpatizantes volvieran a colgar banderas y a tronar las gargantas recordando la soberanía sobre las islas en las tribunas europeas. Aunque hubo excepciones, como la prematura eliminación en el Mundial de Corea-Japón 2002 donde el cruce contra Inglaterra se jugó sin esa carga política tan marcada, la historia demuestra que para el hincha el reclamo no se apaga. Es esa mezcla de herida nacional y folklore de tribuna la que explica por qué, cada vez que hay una camiseta celeste y blanca frente a una blanca británica, la historia de 1833 se borra para darle paso a los fantasmas, los dolores y las banderas que nacieron en el invierno de 1982.
Y después esto…
