La UCR cordobesa parece haber descubierto que la política basada en reacciones puede no ser una buena estrategia. Aunque insista en remarcar las diferencias entre el caso Villarreal y Ludueña no puede salir de la encrucijada: el sistema de empleo político con lógica de patronazgo es militancia rentada. Lo use quien lo use. Revisar los antecedentes de los «asesores» no sirve de nada cuando lo que está en la base es un método de favores del que todos se han valido en los últimos 40 años.
¿Tiene sentido que la Legislatura tenga 1.400 empleados, de los cuales solo una pequeña porción tiene tareas concretas y efectivas? La inmensa mayoría compone una tropa política a sueldo que extiende su capilaridad hasta el interior profundo de la Provincia y que compone el modo de pago de favores, sellado de acuerdos o salida económica a ex intendentes o funcionarios caídos en desgracia.
Hasta que no se revise a fondo la lógica que sostiene este entramado seguirán apareciendo casos escandalosos que lastimen más a la democracia que a los dirigentes que la encarnan. «Estos son los fenómenos que después elevan al poder a los outsiders» dice un asesor que sí asesora a un legislador oficialista y que mira con preocupación el silencio del libertario Gabriel Bornoroni. Mientras los demás se pelean, él aprovecha a mostrar que es un político sin manchas.
Al gobernador Martín Llaryora no le gusta la disputa con los radicales porque sabe que reinstala el nombre de Ramón «Cañito» Flores del que espera nuevas malas noticias a medida que avance la investigación. Además, cree que distrae a sus legisladores de los proyectos productivistas y de gestión que envió a la Unicameral. «Si no hablamos de lo que hacemos, le regalamos la agenda a la oposición» asegura un miembro de la bancada oficialista.
La foto que dio que hablar
Cuando el peronismo comienza a reorganizarse genera ruido y despierta atención. Plásticos como pocos para los reacomodamientos, los políticos del PJ pueden sorprender al cruzar fronteras ideológicas, hacer caducar agravios o reunirse con adversarios. Los llamados a la unidad los motivan, pero el miedo a perder el poder puede más.
Todo eso y más fue lo que reunió en el Savoy de Buenos Aires a homenajear a José Manuel de la Sota a Juan Schiaretti, Martín Llaryora, Sergio Massa, Jorge Brito (del Banco Macro) y a Carli Bianco (jefe de gabinete de Kicillof). No hubo sorprendidos cuando se cruzaron en el lobby del hotel porque todos conocían la lista de invitados. ¿Por qué estuvo Llaryora? Porque el experimento de Marcos Juárez le demostró que debe desperonizar la marca, pero también sabe que la macroestructura del partido es la única que garantiza organización. La misma le manda una señal a la ausente Natalia de la Sota de que juegue por la suya, pero que no obstruya en el 2027 con una colectora peronista y el afán reeleccionario.
¿Cuál fue la razón de que haya estado Schiaretti, tan refractario a acercarse al kirchnerismo en cualquier versión? Difícil que trascienda de su entorno tan reducido y discreto pero la deducción de algunos es que aspira a ser senador y el ingreso a la estratégica Cámara Alta requiere consensos, especialmente después de perder abrumadoramente con un ignoto libertario en el turno de medio término.
Massa y Bianco fueron a sondear. El tigrense se considera un discípulo de De la Sota y tiene relación personal y política con Natalia. Está dispuesto a jugar fuerte como armador de la unidad o como candidato pero espera algo a cambio. Cree que el peronismo cordobés lo necesita y también exige que, si no juega a favor de una opción nacional para desplazar a
Milei, al menos no juegue en contra con una propuesta que reste votos, como ocurrió en 2023 con Hacemos Unidos por Argentina. Algo similar esperan desde el kicillofismo, que considera insondable al peronismo cordobés pero le reconoce —según sus interlocutores locales— una gran capacidad de adaptación. La misma que intenta exhibir el bonaerense en su aspiración presidencial.
Aunque la visita papal en noviembre será la fecha de largada para la elección provincial, Llaryora quiere ordenar el tablero para evitar sobresaltos que le obliguen a improvisar sobre la marcha. En parte esto es un pedido que le habría hecho su antecesor. Se sabe que uno de los intangibles más valiosos que el cordobesismo garantizó en seis turnos electorales es la idea de control sobre el gobierno y su rumbo. Schiaretti habría advertido demasiados movimientos en el gabinete y consideraba indispensable dejar sentada su postura al respecto. La noción de ‘liderazgo ordenado’ siempre fue su lema y su guía.
Por último, la foto de los dirigentes peronistas tuvo una derivación random: la ex diputada radical devenida en libertaria Soledad Carrizo publicó una edición con IA donde todos aparecen caracterizados como cucarachas. Un peronista que visita a menudo el Centro Cívico festejó en privado esa audacia: «En Córdoba esas provocaciones no gustan demasiado, acá somos conservadores, no mal educados» —explicó.
La estrategia de sacudir la cadena del perro para que ladre le funcionó muy bien a Milei, pero parece no funcionar en una provincia que espera otros gestos de sus dirigentes. ¿Bornoroni -que nunca adoptó esos modales libertarios- se lo habrá hecho saber a Carrizo? Es una pregunta que nadie en el espectro violeta de la política pudo responder.
