La importancia de un tío

Cómplices, consejeros y guardianes de grandes recuerdos: un homenaje a esos tíos que marcan la vida y cuyo legado va mucho más allá de lo material.

tío

Desde un costado del árbol genealógico, cómplices, amorosos asesores, confidentes —y hasta cultores de pasiones que nos contagiaron a nosotros, sus sobrinos—, los tíos ocupan un lugar clave en la construcción de nuestra personalidad. Merecen más prestigio que esa discreta efeméride, el “Día de las tías y tíos”, que llega en julio y pasa casi desapercibida. Este homenaje para esas personas que te ayudan más allá de lo obligatorio, que te han dejado una palabra, una historia o una forma de ver la vida, seguramente ha despertado en vos, lector, una identificación, un nombre propio para una figura estructural cuyo fabuloso legado va mucho más allá de lo material.

El cuento del tío

Si sacás el tema “tíos” en una mesa de amigos, casi inmediatamente alguien dirá “el mío siempre me dio…” o “mi tía me enseñó el mundo de la…”, y esa alocución vendrá acompañada de una anécdota trascendental. De todas maneras, para sostener el rigor histórico, conviene señalar que este vínculo no siempre estuvo caracterizado por el cariño.
A modo de ejemplo, el Rey Amulio mandó a asesinar a sus sobrinos —técnicamente sobrinonietos—, los gemelos Rómulo y Remo, quienes luego de salvarse milagrosamente, fundaron Roma no sin antes matar a su tío abuelo.
Un tiempo después, Calígula gestionaría el suicidio de su joven sobrino para evitar competencia y, en ese mismo imperio, Constantino el Grande, en el año 325 d.C., asesinó a su sobrino Liciniano para impedir una amenazante rebelión futura. Estas prácticas poco cariñosas no fueron exclusivamente romanas: Ricardo III encerró en la Torre de Londres a sus sobrinos de 12 y 9 años, quienes luego desaparecieron. Del mundo de los vivos.

Los tíos son maravillosos por definición

Pero los nuestros, además, son la definición de bondad. No se trata de sonar petulante citando a Aristóteles, que incluye —hablando de bondad y belleza— al tamaño como una proporción exacta y necesaria: ni minúscula, ni exagerada. O sea, mis tíos no están un poco pasados de peso, sino que son muy bondadosos.

Desde Cayo Octavio (después conocido como Augusto), que era sobrino de Julio César, pasando por Roy Disney —discípulo y refundador del legado de su tío Walt—, hasta Rafael Nadal, creación y víctima de su tío Toni, mentor deportivo de sobrexigente pasión, hay miles de casos de tíos que potenciaron profesional, deportiva, o artísticamente a los hijos de su hermano.

Uno de los sobrinazgos más comentados es citado por Edgardo Cozarinsky, quien relata como un poeta porteño le presentó a Manuel Mujica Lainez un cariñoso joven como “su sobrino”. Mujica Lainez, siempre filoso, respondió: “le conozco: fue mi sobrino el invierno pasado”.

Un tío a prueba de sobrinos

Me gustaría dedicarle dos palabras a cada tío o tía, porque en todas esas relaciones hay un legado compuesto, en partes iguales, por amor y por oportunidades de desarrollo personal. Mi tío Lucho manejaba su camión Mercedes-Benz 1114 por todo el país. El volante y sus antebrazos eran la metáfora del poder masculino, y me dejó un recuerdo que parece filmado por Quentin Tarantino y un detalle curioso sobre la resiliencia. En esa época, los camiones ronroneaban a 40 kilómetros por hora y las ventanillas estaban indefectiblemente bajas, de la Patagonia a la Puna y, en algún lugar de Santa Fe nos atacó un enjambre de abejas. Entre mi tío, mi papá y yo, los insectos prefirieron picar al menor de los presentes. Unos pueblos más adelante, mi cabeza tenía aspecto de zeppelin y urgía aplicarle barro en las zonas más afectadas.
A falta de agua, el mayor de los tres Marchiaro hizo pis en un pocito y, listo, ungüento preparado.

Tengo tantas tías y tíos de ambos lados de la familia, e incluso de familias prestadas, que podría hacer un extenso tratado en lugar de una pequeña nota: la generosa invitación al mundo del arte de mi tía Susana Lescano, camino que jamás abandoné; o el firme carácter del tío Héctor Panzeri —quien por cierto no era mi tío—, cuya fortaleza de espíritu lo mantuvo 40 años al frente del Club Universitario.

El tío que manejaba un Gordini

La extraordinaria tribuna de buenos tíos se me apreció con claridad por el cumpleaños número setenta de uno de ellos, Juan Palazzo, el menor de los hermanos de mi mamá. Y le quiero homenajear.

Durante su juventud manejaba un Renault Gordini bordó desde la facultad de Medicina hasta el corazón de cada integrante de la familia, disputando la predilección de mi abuela, justamente conmigo.

Gran consejero, fundamentalmente por su buena capacidad de escucha, siempre estaba dispuesto a soltar las palabras justas, con la calidez adecuada, y acompañadas de su compromiso en la solución de cualquier tipo de problemas.

La ubicuidad del cariño

Recibido con honores, rápidamente fue becado en Estados Unidos, país donde vive y trabaja hasta hoy. Pero, lo llamativo del caso es que continuó estando entre nosotros, ayudando, escuchando, aconsejando, como si nunca hubiera emigrado.
Capaz de viajar en el espacio sin moverse, el capitán del equipo olímpico de consulta, mi tío, como todas las tías, no envejece en nuestro corazón. Va acumulando historias, consejos, enjambres de abejas esquivados juntos. Y mientras ellos sigan viajando en el tiempo hacia nosotros, aunque sea desde otro continente, nosotros seguiremos siendo esos seres que les necesitan, desde un costado del árbol genealógico, y aunque algunos lo consideren pancita, Aristóteles llamaría bondad.

 

Salir de la versión móvil