Lo sagrado, la felicidad y el consuelo

Los rituales persisten como formas de esperanza y gratitud, incluso en un mundo atravesado por la razón y la ciencia.

Lo sagrado, la felicidad y el consuelo

Hay una escena conmovedora en la extraordinaria película soviética “Cuando pasan las cigüeñas”, de Mijaíl Kalatózov. Verónika espera infructuosamente una carta de su amado Boris, que está peleando en la guerra. De pronto, a través de la ventana ve venir a una mujer trayendo el correo y dice: “Si logro contar hasta 50 antes que llegue, tendrá la carta”.

Es una escena sorprendente porque, aunque Stalin ya llevaba cuatro años muerto y la censura se había relajado parcialmente, pudo colarse, en un contexto donde toda alusión a lo sagrado parecía inadmisible, un tipo de esperanza poco asociable con lo racional, el materialismo o la ciencia.

El gran sociólogo Max Weber se dedicó a estudiar cómo se inició y se expandió ese movimiento que llamamos “secularización” o “desencantamiento” del mundo. Es decir, ese proceso por el cual explicamos lo que sucede en el mundo mediante hipótesis científicas, empíricamente contrastables, con argumentos y justificaciones inmanentes.

Sorprendentemente, para Weber fue el monoteísmo mismo una de las fuentes de ese proceso, ya que los profetas hebreos pusieron a Dios en un lugar trascendente, desmitologizando por lo tanto los seres y las explicaciones de lo que sucede en el mundo, y originando así su “desencantamiento”.

Persistencias de las sacralizaciones

Y sin embargo… Hace apenas unas semanas, algunos ponían en el freezer las imágenes o los nombres de los jugadores del equipo contrario. Otros hacían promesas y votos. Todavía otros se autoimponían pruebas con las cuales torcer el destino, la voluntad divina, el futuro, o lo que fuera. Persistía en todos aquello que el filósofo Franz Rosenzweig, también pensando en los apocalipsis y los mesías, denominaba la posibilidad de hacer que venga el reino de Dios a fuerza de oraciones.

Dicho de otro modo, ahora peyorativo, sería la superstición de creer que nuestras acciones, plegarias o usos del freezer logren cambiar algo en la realidad.

Naturalmente, las mentes “naturalistas” (que no tienen la “debilidad de creer”, como diría Certeau, y que no se dejan engañar por las vanas esperanzas ni desean metafísicos consuelos, porque explican todo desde agudas hipótesis científicas) considerarían innatural para la razón ese tipo de comportamientos. No se sienten afectadas por esa necesidad de encontrar una respuesta a sus deseos y dolores, ni por la creencia que pueda haberla.

El problema está, como lo ha mostrado Hans Joas con su crítica a Weber, en que coexisten en nosotros sacralizaciones y desacralizaciones, experiencias de autotrascendencia y sentido con explicaciones simplemente científicas. Que hay explicaciones profanas e inmanentes, pero también valores conmovedores y experiencias trascendentes, que podrían llamarse sacralizaciones (que pueden o no ser religiosas, positivas o perversas, hospitalarias o discriminadoras).

En todo caso, en medio de la opcionalidad de nuestras creencias y comprensiones del mundo, en medio de la ruptura de lo mágico, subsisten relaciones que no se reducen a lo instrumental. Espacios, experiencias y situaciones que nos conmueven y llevan a evitar una idea reduccionista de lo secular.

Otros rituales: felicidades, gratitudes, esperanzas, consuelos

Joas dice que no es lo mismo “desmagificar” que “desacralizar”, porque podemos perfectamente entender al mundo en clave científica sin por ello dejar de sentir esas experiencias conmovedoras que nos invitan a salir de sí.

La pérdida de credibilidad de las entidades mágicas no es lo mismo que la eliminación de las formas de sacralización, que pueden subsistir en la autotrascendencia ante el nacimiento, la belleza, un gesto de fraternidad, etc. También es cierto que las sacralizaciones de nación o raza tienen, según él, la misma estructura.

Es interesante que la conmoción de esa sacralización puede verse en momentos de felicidad colectiva, donde se pierde de alguna manera la individualidad. Donde gente muy diversa y desconocida se fusiona, abrazándose. Por ejemplo, después de una victoria futbolística.

Como toda sacralización, es siempre un riesgo salvaje. Aunque es un riesgo peor pasar la vida sin sentirse atravesado por esa fuerza. Porque, además, la fuerza apunta a lo que nos es simplemente dado, como un regalo, ante lo que sólo corresponde la gratitud.

También la derrota conoce esa conmoción. No es casual que entre las experiencias más fuertes de la sacralización esté el consuelo. O al menos la búsqueda del consuelo en medio del duelo (algo que algunos incluso atribuyeron – discutiblemente – a la filosofía).

Tanto la felicidad como el consuelo pueden proyectarse en el tiempo. Es un elemento ulterior de las sacralizaciones, que claramente hoy están buscando nuevas formas de expresión. Es que sin algún tipo de ritualización, esa experiencia corre riesgo de interrumpirse. Por eso, quienes la han sentido intentan proyectarla en el tiempo (¿no son rituales los “banderazos”? ¿las cadenas de reels?).

En su libro sobre los moribundos, Norbert Elias afirmaba que ya no sabemos qué decir en los momentos de duelo. Nos sentimos liberados de las tradiciones que nos encorsetaban, pero sentimos al mismo tiempo que se incrementa la angustia, porque finalmente los rituales y fórmulas ponían cierto orden y límite a la desazón.

Quizás por eso la gente inventa todo el tiempo “ritualitos que tiene uno para vivir”, como dice la canción de Marta Gómez.

El final de la película de Kalatózov tiene todas las características del surgimiento de un ritual que quiere preservar un modo de trascendencia. Los sobrevivientes han vuelto e irrumpe la conciencia de los que no volverán. El duelo se impone, pero se reviste de canción, imágenes y palabras, en una gratitud colectiva.

 

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