Ross Douthat es un periodista del New York Times, que recientemente se viralizó en las redes cuando le preguntó a Peter Thiel: “Vos preferirías que la raza humana sobreviva, ¿verdad?”, a lo que Thiel por largos segundos contestó “ahh, ehh … bueno, ehh…”.
El mismo periodista había sostenido durante años una posición “libertariana” con relación a la salud, criticando los beneficios que proveía el Obamacare. Hasta que tuvo una enfermedad grave, dolorosa, larga … y cara. Con ese “diario del lunes” y su experiencia propia, comenzó a revisar sus posiciones.
Lotería natural, lotería social
En cuestiones de ética aplicada, particularmente en bioética, algunos han recurrido a las nociones de “lotería natural” y “lotería social”, para estudiar hasta dónde somos solidariamente responsables por los daños que otros padecen de modo involuntario.
La lotería natural son aquellas características que tenemos por nacimiento, sin intervención voluntaria directa, nuestra dotación genética, algunas capacidades o discapacidades, enfermedades congénitas, etc.
Por su parte, la lotería social tiene que ver con los resultados de los modos de configurar la sociedad con nuestras interacciones, como el marco económico, el entorno educativo, las redes de apoyo, etc. Nadie eligió en qué familia nacer. Y no es lo mismo nacer con ciertas enfermedades graves que sin ellas. No es lo mismo nacer en una familia rica que en una indigente. Y tampoco es lo mismo tener dicha enfermedad en una u otra situación.
En ambos casos, nadie es responsable de lo que le tocó en el “sorteo”. Pero la pregunta es si esos resultados que podemos describir implican la posibilidad de evaluarlos moralmente y la responsabilidad social de corregir los resultados que se derivan de ellos.
Recuerdo que en mis estudios de filosofía leímos detalladamente a los filósofos liberales (aunque no puedo explayarme aquí, recordemos que la palabra “liberal” quiere decir cosas muy distintas en distintos contextos, por ej. el norteamericano y el local). Pero recién me encontré con los “libertarios” o “libertarianos” (misma advertencia que el paréntesis anterior) cuando comencé a leer literatura bioética.
Por ese entonces, un libro influyente era “Fundamentos de bioética” de H. T. Engelhardt. Allí, basado en libertarianos como Nozick, Engelhardt defendía la idea de que muchas desigualdades (por ejemplo, en nuestras condiciones de salud) se derivaban de esas “loterías”, y por ende no había ninguna justificación moral para exigirle a la sociedad que contribuya en la mejora de quienes les tocaron esas circunstancias.
Para Engelhardt, alguien podía, conmovido por convicciones religiosas o sensibilidad humanista, apoyar económicamente a una persona enferma. La familia podía ir a mostrar su situación en televisión o redes para conmover donantes a la hora de la cena. Pero de ninguna manera consideraba justo derivar los impuestos de esas mismas personas para ayudar a esa situación.
Dicho de otro modo, para ese tipo de pensamiento, las únicas obligaciones realmente exigibles son aquellas que vienen de un contrato o una deuda que voluntariamente tomamos. Pero los sufrimientos o vulnerabilidades no implican responsabilidad social alguna que legítimamente pueda exigir una respuesta.
¿Era lotería?
Todavía me recuerdo leyendo ese libro y diciendo “¡pero esto está mal!”. Y si por entonces yo hubiera tenido el diario de hoy, podría haber anticipado que esas elucubraciones eran menos una reflexión abstracta que una propuesta normativa concreta, cuyos resultados están entre nosotros.
Nada más lejos de mis objetivos pensar que hay algo malo en la solidaridad voluntaria. Pero sí en la insolidaridad voluntaria que reniega de los instrumentos sociales, como los impuestos, para establecer cierta condición de equidad.
Sucede que aquí hay tres errores clave. Esos pensamientos libertarianos respecto de la salud creen que se puede describir una situación – las condiciones biológicas o sociales – sin incluir ya una posición crítica de cómo y por qué es así esa situación. Obviamente hay situaciones “naturales” que no están a nuestra disposición, pero son innumerables las condiciones que llamamos “naturales” y corresponden al modo cómo se dieron nuestras evoluciones sociales. Cómo llegó a ser aquello que estamos describiendo es parte de la descripción y del juicio moral mismo.
En segundo lugar, algo que esas posiciones no ven es que la salud es un entramado profundo. No solo porque me podría pasar a mí o a mis seres queridos la condición de necesitar ese apoyo social; tampoco solo por darse algo innato sino por las contingencias mismas de la vida (lo cual ya sería un argumento suficiente, como lo descubrió Douthat).
Ese entramado tiene que ver con la vulnerabilidad y la integridad de la dignidad humana, que resaltó la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos, para mostrar que nuestra fragilidad compartida incluye una demanda de protección. Lo que muestra el tercer error, que es pensar que todo tiene que ver con una especie de contrato, y no reconocer esos lazos básicos que nos anteceden y configuran.
Finalmente, hay algo descarnado en esas posiciones asociales. Quizás les serviría hablar con personas afectadas, profesionales, académicos, grupos comprometidos – como en nuestro medio, el Movimiento social por los derechos en salud y la Red por la defensa de la salud como derecho fundamental – que apuntan a pensar que la salud es un derecho, que debe pensarse de modo integral, y que nuestra propia humanización depende de la respuesta que demos.









