Morirse para llevar la contra

Ya no se trata sólo de elegir entre modelos políticos, como ocurrió en el siglo XX, sino de decidir qué tipo de humanidad queremos frente a tecnologías capaces de alterar nuestra relación con el tiempo, el cuerpo y la muerte.

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A uno, a veces, le dan ganas de morirse. No por una pulsión suicida, ni por cansancio del mundo, ni siquiera por la frustración de no poder cambiar lo que se percibe como injusto. Sino tan sólo para llevar la contra. Es que estamos transitando una época que ha decidido tratar a la muerte como algo que se puede arreglar.

Vivimos en un tiempo en el cual muchos están convencidos de que los límites no existen y de que, con suficiente inversión en comida y ejercicio, la vida puede estirarse indefinidamente, como cuando uno lo ve jugar a Djokovic. Vivimos rodeados de promesas de tiempo de descuentos, de discursos sobre la optimización del cuerpo y de una fe casi supersticiosa en la tecnología.

Morirse, en estos tiempos, empieza a parecer un acto de propia torpeza, como aquel viejo principio del derecho. Entonces la muerte surge como algo que podría evitarse con más disciplina, mejores hábitos o una versión mejorada de uno mismo.

Y en esto no se trata sólo de empresarios estadounidenses obsesionados con el tema, como Elon Musk o Bryan Johnson. Hace poco trascendió una conversación entre Xi Jinping y Vladímir Putin en la hablaban de la posibilidad de vivir ciento cincuenta años o incluso alcanzar formas de longevidad extrema gracias a trasplantes y biotecnologías avanzadas. Ahora también, se sumó un ex ingeniero de Google que afirmó que en tan sólo ocho años alcanzaremos la inmortalidad. La tecnología ha reemplazado a la alquimia y a la magia medieval como fuente de las grandes utopías contemporáneas. Hoy se llaman laboratorios.

Esta obsesión por la inmortalidad también dice algo sobre el clima político de la época. La democracia, en su sentido más básico, es un sistema construido sobre la aceptación de límites: mandatos que terminan, poderes que se controlan entre sí, la idea de que nadie puede quedarse para siempre. En ese punto, la fantasía de una vida indefinida se parece bastante a la fantasía del poder sin fecha de vencimiento. Cuando una cultura empieza a impacientarse frente a los límites biológicos, tampoco suele mostrarse demasiado paciente con los límites institucionales.

La inteligencia artificial ya permite, es cierto, nuevas formas de vínculo con quienes murieron de manera interactiva. Como muestra vale la serie de recitales de Soda Stereo en los que Gustavo Cerati está presente (dejamos las digresiones filosóficas para otro momento) en forma de holograma. Una lástima que aquellos que pagaron una entrada no se pudieron sacar una foto con el líder de la banda después del concierto. Es todo un espanto digital que nos hace creer eternos. Pero si la muerte puede ser parcialmente resuelta, la vejez no. Sigue siendo el último territorio del cuerpo, una experiencia incómoda y resistente. No es casual: la especie humana es la única que transita una vejez prolongada y consciente de sí misma.

En ese tramo final se acumulan no sólo los signos del deterioro físico y mental, sino también una experiencia del tiempo que ninguna tecnología logra domesticar. Allí se concentran muchos de los esfuerzos por retrasarla o neutralizarla. No se desea una vida alargada a cualquier precio, sino una continuidad sin deterioro, una vitalidad permanente. Se desea seguir viviendo con plenitud, sin renunciar al placer. El punto en cuestión es que todos elegiríamos ser eternamente jóvenes, pero no vivir para siempre envejeciendo.

La muerte no es, en sí misma, un problema. No se trata de vencer al tiempo, sino de no ser humillados por él. Vista así, la inmortalidad deja de parecer una conquista y se revela, más bien, como una desgracia.

Tal vez por eso, cuanto más se expande hoy el imaginario de la vida eterna, más visible se vuelve un cierto empobrecimiento espiritual de la época. Durante mucho tiempo, cada generación creyó que en su experiencia se jugaba el destino de la humanidad. Hoy, sin embargo, hay razones para pensar nuestra época como una verdadera encrucijada civilizatoria. Ya no se trata sólo de elegir entre modelos políticos, como ocurrió en el siglo XX, sino de decidir qué tipo de humanidad queremos frente a tecnologías capaces de alterar nuestra relación con el tiempo, el cuerpo y la muerte.

La vida digna y razonablemente larga sigue siendo un horizonte legítimo. Y también lo es la idea de una muerte antigua: integrada a la experiencia humana. No como derrota, sino como límite necesario para que la vida conserve su forma, su intensidad y su sentido.

Sin viaje con Caronte no hay final ni relato. Tal vez por eso, frente a tanto entusiasmo inmortal, a veces dan ganas de morirse. Sólo para poder cruzar el río.

 

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