Los primeros indicios de ese sonido sin origen conocido provienen de un piano y una guitarra que nunca jamás nadie ha tocado de tal forma. Ese piano y esa guitarra disparan melodías populares por todos conocidos, pero nadie entiende de dónde vienen. ¿Es Juana Azurduy y su revolución oliendo a jazmín, es la misa criolla, es la luna tucumana o son los ejes de mi carreta?
Cuando la Santa Fe se cruza con la Castro Barros y la gran avenida cambia su nombre por Palestina y Providencia se convierte en barrio San Martín y la plaza Rafael Nuñez le da aire a una zona siempre congestionada, cuando todo eso pasa, el sonido de la guitarra y el piano se hace más claro y evidente y atronador y encantador y uno no puede dejar de preguntarse de dónde viene esto que, ante la posibilidad de abstraerse del mundo, es capaz de cautivar y enceguecer.
Es cierto: no todos lo sienten. Hay que salirse de lo mundano y terrenal y pararse en la vereda de Palestina al 31, a metros de la esquina, al frente de la plaza, y hacer silencio y no mirar ni hablar y, si se puede, levitar. En Palestina al 31 ya no está la gran casona con cuartos de pensión para estudiantes que venían del interior a hacer la Córdoba. En aquellos años ’40, Córdoba era la América de entonces para la juventud que hacía de nuestra Universidad la gran tabla de salvación de generaciones enteras. En Palestina al 31 ya no está la gran casona de cuartos de pensión. Ahora hay un moderno edificio. Se llevaron puestos los ladrillos, pero no el sonido. Presten atención. Se escucha. Lo digo en serio.
En Palestina al 31, en aquellos años ‘40, había cuartos de pensión para estudiantes del interior. Muchos tucumanos. Por caso, los hermanos Raúl y Félix Mothe, destacados militantes reformistas, futuros dirigentes radicales. Por los hermanos llegaron dos jóvenes que no buscaban la Córdoba universitaria, sino la Córdoba nocturna que generaba la misma Córdoba universitaria: si hay juventud, hay noche y si hay noche, hay peñas y guitarreadas hasta el amanecer. Y así llegó un día Atahualpa Yupanqui, que no era tucumano pero que había andado por allá. Llegó Yupanqui, que había sido radical y que por entonces ya era comunista pero lo que le importaba era tocar la guitarra después de haber sido perseguido y exiliado por su condición de yrigoyenista. Y a esos cuartos de pensión llegó, otro día, otro jovencito que venía de Santa Fe, que se llamaba Ariel Ramírez y tocaba el piano, y que sabía que en Córdoba había noche y que había pianos y más que nada había oídos para ese piano.
Y de esta manera se logró algo único e irrepetible a nivel mundial que sólo Córdoba puede mostrar pero que se empeña en ocultar: los jovencitos Atahualpa Yupanqui y Ariel Ramírez, futuras glorias de la música a escala mundial, tocando juntos en un cuarto de pensión de la calle Palestina de barrio San Martín, inundando con su música la plaza Rafael Nuñez rumbo al Suquía, para viajar a través de los años y que hoy, cuando uno se abstrae por un momento del ruido del 24 que dobla en esa esquina, pueda escuchar la melodía de Alfonsina y el mar, combinado con el punteo del payador perseguido.
Pasa en Córdoba nomás. Sólo hay que tener la capacidad de abstraerse por un momento e imaginar aquella Córdoba, tan otra Córdoba, con los jovencitos Yupanqui y Ramírez tocando hasta el amanecer en ese cuarto de pensión.
