Entre el apoyo escolar, los reproches y el fin de las vacaciones

Para muchas familias, febrero se convierte en una carrera contra el reloj para salvar el ciclo lectivo. La presión de los exámenes transforma el descanso en una etapa de estrés, gastos extras y reacomodamientos logísticos.

Entre el apoyo escolar, los reproches y el fin de las vacaciones

Se acabó lo que se daba. El calendario pegado en la heladera, antes lleno de planes de ocio y recordatorios de salidas, ahora empieza a poblarse de fechas de exámenes y horarios de clases. Comenzó el tiempo de los apoyos, pero también de los reclamos, los reproches y esos arrepentimientos tardíos que florecen bajo el calor del verano. Para muchos jóvenes en edad del secundario, febrero no es el mes del carnaval o la despedida de la temporada, sino el momento en que se corta abruptamente el período de vacaciones para volver a los libros, los apuntes y las fotocopias que quedaron olvidadas en el fondo de la mochila desde diciembre.

Con el regreso de las fibras de colores, los lápices, las gomas de borrar y los correctores líquidos, se produce un cambio de guardia emocional. Con ese arsenal de elementos se terminan las trasnochadas con amigos, las tardes interminables en la pileta, las juntadas en la plaza o las maratones de juegos en línea que se extendían hasta la madrugada.

Para muchas chicas y chicos, febrero es el mes de la “redención escolar”. Algunos deben rendir materias pendientes para asegurar el pase de año, evitando la repitencia; otros buscan simplemente alivianar la carga para comenzar un nuevo ciclo lectivo sin la pesada mochila de las “previas”.

El escenario se vuelve más dramático para quienes finalizaron sexto año en el 2025. Para ellos, febrero es la última frontera. Es el momento de ponerle un punto final definitivo a la etapa secundaria y cerrar un ciclo vital. Sacarse de encima esas materias no es solo una cuestión académica, sino un requisito administrativo urgente: la universidad no espera. Con un tiempo límite que vence en julio para presentar el certificado de estudios completos, el estudiante se encuentra ante la presión de no hipotecar su futuro profesional por un par de exámenes malogrados.

Este movimiento tectónico no afecta solo al alumno, genera grietas y reacomodamientos en todo el núcleo familiar. La dinámica del hogar se altera por completo. Para aquellas familias que aún tienen la posibilidad de salir de vacaciones, la organización se vuelve un rompecabezas logístico: todo debe comprimirse en el mes de enero. El ocio se planifica a contrarreloj porque se sabe que, al cruzar el umbral de febrero, la casa se convierte en un centro de estudio permanente.

Los horarios de las comidas, los ruidos ambientales y hasta los viajes compartidos se subordinan a las horas pactadas con los profesores particulares o a las reuniones de los grupos de estudio. El ritmo de la casa ya no lo marca el sol, sino el cronograma de las clases de apoyo.

El costo de las oportunidades

Prepararse para rendir también tiene un impacto directo en el bolsillo, un impuesto al examen que muchas familias deben afrontar en medio de una economía ya tensionada. El costo total es una variable que depende de la cantidad de materias, la complejidad de la asignatura (matemáticas, lengua y física suelen encabezar el ranking de demanda) y la modalidad elegida.

Hoy, la oferta es diversa: clases presenciales (el formato tradicional que busca el contacto directo), clases en línea (una opción que creció tras la pandemia, ideal para evitar traslados), formato híbrido (un mix de consultas virtuales y refuerzos presenciales.

En el mercado actual, las tarifas se manejan en un rango que va de los $10.000 a los $15.000 por hora. Si calculamos que una materia difícil requiere al menos de dos a tres encuentros semanales, el presupuesto familiar se ve seriamente afectado, convirtiendo al apoyo escolar en una inversión forzada para recuperar el tiempo perdido.

Palabra de madre y psicóloga

Paola Herrera es madre de una joven que finalizó el secundario en el 2025 y, además, psicóloga. Respecto al tiempo de apoyo escolar y el impacto de las materias adeudadas, ella afirma: “Cuando un hijo se lleva materias a febrero, creo que genera un fuerte impacto en la dinámica, no solo del hogar, sino también de toda la familia, no solamente por los gastos, sino porque modifica las vacaciones de los miembros de la familia. He tenido casos en que familias no salieron de vacaciones o se volvieron antes porque los chicos tenían que rendir. Porque las vacaciones, luego de un largo año escolar, se supone que deberían ser un período de descanso, de relajación, ya de no horarios, de no estudio, de no libros dando vueltas, pero cuando hay hijos que se llevan materias a febrero se convierte como en una etapa de estrés”.

Ni hablar si sabemos que todavía no pasó de año, porque la cantidad de materias también influye en cómo se vive esa situación. No es lo mismo estar tranquilo que se llevó una materia o dos, pero ya pasó de año, a estar pendiente y si se llevó cuatro y tiene que rendir una sí o sí bien. Todo eso es una etapa importante de estrés que vivimos a nivel familiar, nos llenamos de nervios, de miedos, de ansiedades, porque le va afectando el día a día a todos los miembros de la familia”, explica Paola.

“¿Por qué afecta? Porque pueden empezar a surgir discusiones, como que hay gastos extras porque se tienen que pagar profesores particulares o academias. También nos pasa que cuando lo vemos relajados, o a veces especulan con los días de estudios, también suelen desesperarnos… eso nos suele decepcionar porque vemos que hay falta de interés. Y como papás, también suele desmotivarnos, porque no es cómo queremos que ellos actúen en la vida, no queremos que procrastinen, que dejen todo para el último momento”, amplía con tono crítico la mamá.

A veces nos sentimos frustrados o a veces resignados o con culpas, porque nos preguntamos: ´¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Cómo no hice algo al respecto y dejé que llegara hasta acá?´. Hasta a veces nos podemos sentir perdidos en cómo ayudarlos a entender que la educación es necesaria y que, por lo menos según lo veo yo, el título secundario es innegociable para el futuro. Me parece que la clave es transformar el estudio en un hábito organizando horarios claves. Los papás no debemos caer en la trampa de ´salgo con los chicos y después estudio´, sino decirles ´no, primero estudiá, primero hacés las cosas y luego el disfrute´. No se trata de prohibir el disfrute, sino de ordenarlo y asociarlo a responsabilidades. Podemos ayudarlos a organizarse, pero manteniendo el hábito de estudio durante el año y estando presentes como papás, porque si bien es responsabilidad de ellos, nosotros también formamos parte de su educación acompañando desde la práctica y desde el vínculo”, cierra Paola a modo de consejos.

Lección de vida

Más allá del rigor de los horarios y el impacto en la economía familiar, este febrero de estudio termina funcionando como un espacio de maduración forzada. El balance no se mide solo en la cantidad de hojas aprobadas o en los casilleros completados en la libreta, sino en la capacidad del estudiante para gestionar la frustración y asumir las consecuencias de un año de postergaciones. Es, en definitiva, la primera gran negociación que el joven tiene con sus propias responsabilidades adultas.

Para las familias, el saldo suele dejar una mezcla de alivio y cansancio. Si bien el costo económico es alto y la logística resulta agotadora, el éxito en los exámenes se vive como un triunfo colectivo. Se aprende, de una manera un tanto ruda, que el tiempo de descanso es un derecho ganado, pero que la estabilidad del año escolar que comienza depende de la disciplina con la que se cierran las etapas anteriores.

Al final del día, cuando el último profesor particular cierra su carpeta y el alumno guarda su lapicera, queda la esperanza de que el próximo verano sea distinto. Febrero se despide así: entre el alivio de los que zafaron y la promesa -muchas veces renovada, pero siempre necesaria- de que en el nuevo año las cosas se harán de otra manera desde el primer día de clases.

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