Ser adulto hoy en Argentina implica habitar un territorio de tensión permanente. Una generación entera quedó atrapada en una pinza invisible que aprieta por los dos extremos del reloj. Hablamos de hombres y mujeres que promedian los 50 años, un bloque etario que oscila entre los 45 y los 65, y que hoy ocupa el centro de una morsa social. Un grupo llamado también generación sándwich. Por un lado, sostienen a padres que viven más tiempo pero bajo una dependencia física y administrativa que el sistema de salud no resuelve. Por el otro, apuntalan a hijos que no logran el despegue definitivo por culpa de una economía que les clausuró el crédito y el techo propio.
Este grupo carga con un fardo doble que no figura en ninguna estadística oficial de empleo. Ya no existe el concepto del nido vacío porque el nido está sobrepoblado. Los hijos o hijas no se van o regresan al hogar paterno/materno porque el sueldo no alcanza para el alquiler, mientras que los abuelos demandan cuidados, remedios y trámites que el Pami o las obras sociales burocratizan hasta el hartazgo o definitivamente no pagan. El living de la casa se transformó en una oficina de logística y una sala de enfermería donde la intimidad es un lujo del pasado.
El agotamiento no es solo físico, es un desgaste financiero y emocional que quema las reservas de quienes deberían estar pensando en su propio retiro. En este escenario, el tiempo personal desaparece por completo. Esta franja de los 50/60 y algunos años más también, posterga su propia salud, sus ahorros y sus deseos para evitar que la estructura familiar se desmorone. Son el sostén de un país que no ofrece redes de contención, mientras el reloj corre y la presión aumenta entre el pibe o la piba que no arrancan y el viejo que se apaga.
La carga cae con más fuerza sobre las mujeres, quienes todavía cargan con el mandato social del cuidado no remunerado. Ellas gestionan turnos médicos, administran medicaciones complejas y contienen las angustias de los dos bandos, muchas veces relegando su carrera profesional al segundo plano. Es una militancia silenciosa en una sociedad que premia el éxito individual pero se olvida de quienes ponen el cuerpo para que la vida siga andando.
Romina P. tiene 46 años y es una de las mujeres que integran la generación sándwich. “Tengo 46 años, mamá de 6 hijos, abuela de dos mellizas y tengo a mi madre de 88 años viviendo en casa. Mi marido trabaja en Santa Cruz 14 días y 14 días en un taller en Córdoba para poder solventar al grupo familiar, porque un solo sueldo no alcanza. No tenemos casa propia porque un crédito personal es imposible de pagar y para el Procrear no cumplíamos con los requisitos. Fui madre a los 21 años, en un principio postergando estudiar alguna carrera y hoy resignando por la carga horaria entre pañales de las mellis, cuadernos y apuntes de los que siguen en el cole y completar pastilleros de remedios para mi mamá, que desde la pandemia vive en casa. Con todo lo que eso demanda, nunca tuve un trabajo formal, por ende no tengo aportes. Los hijos más grandes que necesitan colaboración o ayuda económica y la dependencia de un pequeño o una anciana, no me dieron el tiempo para lo mínimo y básico para sentirme realizada: un estudio y mi casa”, cuenta Romina, que multiplica esfuerzos para atender los requerimientos de los más grandes y los más chicos y darle forma a un sándwich familiar en el que ella queda en el medio, entre dos panes.
En medio de esta tormenta, la clase media argentina se desangra tratando de cubrir los baches que el Estado y el mercado laboral ignoran. No hay una política pública que piense en el cuidador, en ese eslabón que sostiene la cadena para que no se corte por lo más delgado. El resultado es un «burnout»(trabajador quemado) generacional, un cansancio del alma que se mastica en silencio en cada mesa familiar de domingo, donde el sándwich aprieta y el margen de maniobra se reduce cada vez más.
