La pregunta no es nueva, pero está volviendo al debate cultural: ¿estamos perdiendo la capacidad (y también el deseo) de leer libros? En un reciente newsletter de Proyecto 451, el especialista en industria editorial Daniel Benchimol retomó esta inquietud a partir de un episodio del podcast del diario británico The Guardian. Allí, la escritora y académica de Oxford Katherine Rundell plantea que el mundo atraviesa una “crisis de atención” que afecta tanto a niños como a adultos.
Según el análisis que cita Benchimol, el diagnóstico no responde a una mirada nostálgica sobre el pasado sino a cambios que están modificando las condiciones culturales de la lectura. La expansión de los dispositivos tecnológicos, la fragmentación digital y la irrupción de herramientas de inteligencia artificial generativa en el ámbito educativo están alterando la forma en que las personas se acercan al conocimiento.
Rundell menciona que en el Reino Unido, estudios del National Literacy Trust muestran que en las últimas dos décadas el porcentaje de niños que dicen disfrutar de la lectura cayó un 36%. A esto se suma el cierre de más de 800 bibliotecas públicas en los últimos años, lo que redujo la presencia cotidiana de los libros en muchas comunidades.
Para la autora británica, la lectura extensa, como terminar una novela en pocos días, dejó de ser una práctica habitual incluso en ámbitos universitarios de alto nivel. Al mismo tiempo, la aparición de herramientas como ChatGPT plantea nuevos desafíos para la enseñanza y la evaluación académica. Algo que mencioné en mi última nota para este espacio, contrastando las diferencias entre el uso de la IA en estudiantes y las escasas capacitaciones que reciben los docentes.
Pero volviendo al debate, que no se limita a la cantidad de libros leídos, sino que también involucra la pregunta por lo que se pierde cuando la lectura literaria reduce su centralidad cultural, diversos especialistas coinciden en que leer ficción no es solo una actividad recreativa: es un ejercicio cognitivo y emocional que fortalece la concentración, expone a estructuras narrativas complejas y amplía la capacidad de interpretar matices, ironías o ambigüedades.
Frente a este diagnóstico, surge otra pregunta: ¿estamos ante una pérdida irreversible o simplemente ante una transformación en las formas de leer? Les preguntamos a Laura y Stella, dos especialistas en permanente contacto con la temática.
El deseo de leer
Una de las dudas centrales sobre la lectura es si realmente está disminuyendo el deseo de leer o si, más bien, están cambiando las formas en que las personas se relacionan con los textos. La expansión de las pantallas, la circulación constante de contenidos breves y el tiempo cada vez más fragmentado parecen haber transformado el modo en que se accede a la información y al entretenimiento. Sin embargo, entre especialistas no existe un diagnóstico único.
Para la escritora, psicóloga y especialista en promoción de la lectura Laura Escudero, miembro del Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil (CEDILIJ), la discusión sobre el deseo de leer requiere evitar conclusiones rápidas.
“Me parece que el deseo es un enigma. Para una misma y para los demás. Se puede constatar algún efecto, pero concluir demasiado rápido qué causa ese deseo nos ha llevado a proponer ‘recetas’ invasivas, que reducen al otro a una situación de falta. Señalar una falla en el deseo de leer nos pone en un lugar de superioridad moral y deja a los otros sin agencia sobre el asunto. Porque la lectura es una práctica modesta, íntima, en la que cada quién descubre su sentido profundo”, asegura.
“Por supuesto, nadie desea lo que no conoce, alguien tiene que mostrar esa disponibilidad: hay algo ahí que puede ser para vos. Después, lo que aumenta o disminuye es indomesticable y está atravesado por la contingencia”, agrega.
La profesora y licenciada en Lengua y Literatura Stella Navarro Cima, proporciona su mirada desde las aulas, y expone que se percibe con claridad un cambio generacional en el vínculo con los libros.
“Son pocos los que te comentan un libro que están leyendo. Fue tan importante para las generaciones anteriores haber leído, esto marcaba una gran diferencia social. Llevaba al diálogo y al aprendizaje directo compartir lecturas”, cuenta. “Las bibliotecas eran los pulmones de esta marcha que hizo crecer nuestra sociedad argentina que legó una avalancha de grandes intelectuales y escritores reconocidos hoy en el mundo. Hoy, la mayoría de los estudiantes a lo mejor te habla más de una serie que está viendo”.
Scroll constante y el no querer perderse nada
En los últimos años, el concepto de “crisis de atención” se instaló con fuerza en los ámbitos educativos y culturales. La multiplicación de estímulos digitales y el diseño de plataformas orientadas a captar la atención permanente con videos cortos parecen haber transformado la forma en que se procesa la información.
Pero Escudero propone mirar ese fenómeno desde otra perspectiva: “En todo caso creo que hay una exacerbación de la atención a la inmediatez de quienes tenemos más poder político: la gente adulta. Digo, porque esa sensación de no querer perderse nada hace que estemos distraídos con todo”. Para la especialista, muchas veces son los propios adultos quienes modelan ese vínculo con las pantallas desde los primeros años de vida.
En ese sentido, explica: “Si estamos con un nene de tres años que se sale de la vaina por conocer el mundo y, en lugar de acompañar a un encuentro con lo vivo (plantas que se mueven, tierra, insectos, viento) lo ponemos frente a una pantalla de celular, predecible y programada, proponemos una atención mecánica. ¿Qué posibilidades le damos de expandir su universo de lectura?, ¿de moverse con lo impredecible?, ¿de salir de las narrativas empaquetadas todas iguales?”.
Por su parte, Navarro Cima considera que la crisis de atención es evidente tanto en la vida cotidiana como en el ámbito educativo. “Hasta afecta la conversación regular también. Comienza en la actitud de jóvenes adultos y se está pasando a las generaciones más nuevitas que ven conducirse a los mayores de esta manera”.
Para ejemplificarlo, menciona escenas habituales en espacios públicos: “La evidencia está, tomo por ejemplo una sala de espera, algo tan común que llevaba antes a dialogar, a conversar quizás con desconocidos, a realizar el sencillo ejercicio de la cordialidad. La gente hoy entra allí, si saluda es mucho y que te respondan raro”. Y describe lo que ocurre después: “Inmediatamente, se arrinconan en un asiento y comienzan a ver su celular. No se acuerdan ni dónde están, pueden esperar hasta dos horas y ni cuenta se dieron. No saben quién los rodea, ni se detienen a pensar, scrollean horas, tampoco es que lean algo, posiblemente logren leer un título o una oración”.
Impacto del celular en el aula
Al analizar la relación entre la atención y la lectura, claramente aparece como uno de los factores más evidentes el uso de teléfonos inteligentes, que ya se está discutiendo en el ámbito educativo de Córdoba, uno de los temas abordados en las jornadas de Formación Situada.
Desde su experiencia docente, Stella sostiene que los dispositivos móviles modificaron profundamente la dinámica dentro del aula. “Una clase es un diálogo pedagógico y hoy pasa que los estudiantes si te descuidás, están con su celular”, cuenta.
Según explica, el problema no es solamente la presencia del celular, sino la forma en que interrumpe las prácticas tradicionales de estudio. Y complementa con su experiencia personal: “Voy a decir algo que nadie comenta, pero lo vivo como profesora de Lengua y Literatura: cada vez se escribe menos en el aula. Los estudiantes quieren anotar todo en el celular que ya tienen sin memoria y el colmo es que quieren sacar una foto al pizarrón de algo que no prestaron atención”.
La docente sostiene que las aplicaciones y redes sociales compiten de manera directa con el diálogo pedagógico dentro del aula. “El scrolleado, las app de juegos de apuestas y sobre todo WhatsApp: se llevaron puesta la clase”, afirma. Observa además que el uso del celular muchas veces se vincula con la exposición constante de la propia imagen. “Ni hablar cuando ves que las y los estudiantes se peinan y se sacan varias fotos de sí mismos mientras tienen que hacer la tarea. El colmo está aquí: van al baño donde hay un espejo a sacarse la famosa ‘selfie’. La madrastra de Blanca Nieves un poroto”, sentencia.
Qué cambios debería incorporar la escuela
Frente a este escenario, las especialistas coinciden en que la escuela sigue siendo un espacio clave para sostener el vínculo de niños y jóvenes con la lectura, aunque plantean enfoques distintos sobre cómo hacerlo.
Desde una perspectiva cultural, Laura subraya la importancia del trabajo cotidiano de los docentes y de los espacios de mediación con los libros. Pero también evidencia una triste realidad: “Este momento particular, esta época que vivimos es de una gran desesperanza política. Las bibliotecas populares están abandonadas, los planes de lectura desmantelados, en las escuelas los discursos empresariales del tipo coaching motivador reducen toda práctica a resultados tangibles e inmediatos. ¿Qué espacio queda para la literatura en un paisaje político semejante?: la micropolítica, el trabajo de hormiga de los miles de docentes que resisten, le ponen el cuerpo e inventan modos de vitalizar y hacer disponible la gran ocasión de proponer encuentros con libros de literatura y cultivar las techné del buen vivir”.
Stella coincide en que el sistema educativo necesita cambios más concretos y estructurales. “Todas las escuelas deben tener bibliotecas y personal idóneo que trabaje para que las infancias y las juventudes accedan al ‘universo lector’, aunque sea en las ciencias duras, pues los libros de matemática enseñan muy bien”, afirma.
También plantea la necesidad de fortalecer la enseñanza de Lengua y Literatura dentro de la currícula. A su juicio, además, el sistema educativo debería asumir de manera más clara el impacto de los dispositivos digitales en la atención de los estudiantes y promover estrategias que permitan recuperar el tiempo y el espacio para la lectura dentro del aula.
Leer fragmentos breves en redes vs. leer novelas extensas
Otro punto del debate tiene que ver con la diferencia entre los textos breves que predominan en redes sociales y la lectura prolongada que exige una novela.
Escudero señala las diferencias entre ambas: “Una novela te aloja por un tiempo en un mundo imaginario. Amplifica una experiencia de lectura: entrás, te quedás un tiempo, interrumpís, salís a otras cosas y volvés. Buscás continuidad, te establecés un rato ahí. Hacés un tipo de foco. En las redes hay de todo muy mezclado. Son espacios planos. A veces me hacen acordar a los manuales escolares: una fotografía y un texto ilustrativo. Una va por ahí como si paseara por un shopping”.
Navarro Cima, por su parte, destaca la profundidad que puede ofrecer la lectura literaria: “Muchos fragmentos breves pueden ser un disparador para buscar información para crecer y aprender algo nuevo, pero si sólo se desliza la pantalla descontinuando todo lo que se ve o copiar lo que dicen otros sin un sostén de más discurso, se cae la información, pues los estudios lingüísticos de la memoria hablan de que, para recordar y fijar contenidos, tienen que llenarse varios casilleros. La ficción ayuda a pensar, ponerse en la piel del otro, sufrir, reír y hasta llorar con los personajes. Entrás en otro mundo que te permite conectarte mejor con el tuyo”. Y concluye con emoción: “No encuentro otro lugar mejor en este universo que leer, lo confieso”.
