Hace algunas semanas escribí una columna que nació a partir del caso de Agostina Vega. Más que escribir sobre ese doloroso hecho, sentí que necesitábamos hacer algo que pocas veces hacemos cuando una tragedia nos conmueve: detenernos a escuchar cómo estaban viviendo los propios adolescentes aquello que tanto preocupaba a los adultos.
La conversación tomó un rumbo inesperado.
Hablamos del alcohol, de los vapeadores, de las redes sociales, de la pornografía, del control en las relaciones, de las cargadas, del manoseo que muchas veces se vive como una broma y de la dificultad que encuentran para hablar con los adultos cuando sienten que cada conversación termina convirtiéndose en un interrogatorio.
Mientras escuchaba, iba ordenando mentalmente cada tema como si fueran problemas diferentes. Algo muy frecuente que lleva a grandes errores de compresión y de intervención.
Hasta que, en un momento, me dijo una frase que cambió por completo mi manera de entender aquella conversación.»
“Todo va de la mano”.
No pude dejar de preguntarme qué era eso que iba de la mano. Esa frase siguió trabajando en mí…
No porque el alcohol fuera igual que la pornografía.
Ni porque una cargada fuera igual que una relación de control.
Había un hilo que unía todas esas escenas de la vida cotidiana.
Cuando le pregunté cuál era, respondió:
“Hay problemas dentro de la naturalización. Mientras las cosas estén naturalizadas y no pongamos el foco ahí, no las vamos a solucionar”.
Volví muchas veces sobre esas palabras.
Y empecé a preguntarme si aquella conversación ya no hablaba solamente de los adolescentes.
Tal vez estaba hablando de nosotros.
Porque mientras solemos preguntarnos qué les está pasando a ellos, quizás hace falta hacernos otra pregunta.
¿Qué estamos haciendo tan seguido que ya dejamos de preguntarnos qué estamos enseñando?
Cuando hablábamos del alcohol me dijo:
“Salir y tomar se volvió una costumbre. Todo inicia en lo social. Si todos toman alcohol, vos empezás a tomar alcohol”.
¿Qué aprenden nuestros hijos cuando gran parte de nuestros encuentros entre adultos también se organizan alrededor del alcohol? ¿Qué les estamos enseñando sobre celebrar? ¿Sobre relajarnos? ¿Sobre pertenecer?
Más adelante habló de las relaciones.
“Conozco chicas que tenían novios que empezaban a controlar con quién se juntaban, cómo se vestían o adónde podían ir. Esas cosas empiezan de a poco”.
Otra vez la pregunta volvió hacia nosotros.
¿Qué aprenden cuando entre adultos también escuchan que revisar el celular de la pareja “no tiene nada de malo”, que los celos son una demostración de amor o que controlar al otro es una forma de cuidar?
¿Qué formas de vincularnos estamos mostrando como si fueran naturales?
Después habló del cuerpo.
“Pasa alguien y por ahí lo manosean o le hacen una cargada. Eso es muy común. Se ve todos los días. Muchas veces uno se ríe, pero siempre hay alguien al que le molesta y no lo dice por vergüenza o porque después lo cargan más”.
Otra vez aparecía la misma lógica.
Una práctica repetida hasta parecer normal.
¿Qué estamos enseñando cuando entre adultos también naturalizamos comentarios sobre el cuerpo, invasiones disfrazadas de humor o situaciones incómodas que resolvemos diciendo “era un chiste”? ¿Quién aprende que debe cambiar? ¿Quién invade? ¿O quien siente vergüenza de decir que algo le molestó?
También hablamos de la pornografía.
“Hoy es muy frecuente. Muchísimo más de lo que los adultos creen”.
Y otra vez la pregunta.
¿Qué lugar ocupa la sexualidad en nuestras conversaciones familiares?
¿Estamos disponibles para hablar de deseo, consentimiento, intimidad y vínculos?
¿O esperamos que internet o la escuela ocupe ese lugar mientras nosotros seguimos callando?
Hacia el final de la entrevista le pregunté cómo le gustaría que un adulto se acercara a conversar.
Su respuesta fue tan simple como profunda.
“No me gusta que sea: ‘decime qué te pasa, decime, decime’. Me gustaría que un adulto se acerque, me cuente alguna situación que vivió cuando tenía mi edad y desde ahí empiece una charla”.
No pidió especialistas.
Pidió otra condición para conversar.
¿Cuándo fue la última vez que hablamos con un adolescente sin convertir ese encuentro en un interrogatorio?
¿Construimos condiciones para que quieran hablar con nosotros?
¿O esperamos que hablen solamente cuando nosotros necesitamos respuestas?
Mientras volvía sobre esta conversación comprendí algo que hace tiempo vengo investigando.
No aprendemos solamente de aquello que alguien decide enseñarnos.
Aprendemos de aquello que vemos repetirse.
De aquello que se celebra.
De aquello que se tolera.
De aquello que se calla.
De aquello que deja de sorprendernos.
Las condiciones también enseñan.
Enseñan qué parece normal.
Qué parece inevitable.
Qué termina siendo aceptable.
Quizás por eso este adolescente pudo unir cosas que nosotros seguimos mirando por separado.
“Todo va de la mano».
Quizás por eso el verdadero desafío no sea solamente preguntarnos qué están aprendiendo los adolescentes.
Quizás el desafío sea otro.
¿Qué estamos enseñando nosotros mucho antes de abrir la boca?
