El 17 de septiembre de 1894 murió en Asunción del Paraguay José Manuel Estrada, docente, ensayista, legislador, rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, figura incómoda para los gobiernos de su tiempo. La efeméride lo recuerda no tanto por sus cargos como por lo que hacía con ellos. Sostener que enseñar era una forma de intervenir en la vida pública.
El segundo trata de la muerte de Jean Piaget, en Ginebra, el hombre que creó y desarrolló la Epistemología Genética y con evidencia y método, formuló el modelo de aprendizaje por excelencia. Dos años después, durante un encuentro de profesionales realizado en San Juan, quedó labrada el acta de fundación de la Federación Argentina de Psicopedagogos, y la fecha quedó asociada a su memoria. Desde entonces, los psicopedagogos argentinos festejan el mismo día en que los profesores reciben su saludo.
Una fecha con un día de corrimiento
La mayoría de las biografías registra la muerte de Piaget el 16 de septiembre de 1980, mientras que buena parte de las efemérides nacionales la ubica el 17. La discrepancia sobrevivió a décadas de repetición y hoy forma parte del folclore de la conmemoración. Conviene no corregirla con demasiada soberbia, que un dato viaje mal durante cuarenta años es, en sí mismo, una lección sobre cómo se transmite el conocimiento.
El chico de los caracoles
Jean William Fritz Piaget nació en Neuchâtel en 1896 y entró a la ciencia por la puerta de la biología. A los quince años ya publicaba artículos sobre los moluscos suizos; en 1918, con poco más de veinte, se doctoraba con una tesis sobre ellos. Lo que vino después fue un desvío decisivo. En París estudió psicología patológica, lógica y filosofía de las ciencias, y terminó trabajando en el laboratorio de Alfred Binet junto a Théodore Simon, donde se ensayaban los primeros tests de inteligencia.
Su tarea consistía en estandarizar una prueba con chicos parisinos. Pero Piaget se distrajo de la consigna, y esa distracción fundó una disciplina. En lugar de contar aciertos empezó a interesarse por los errores, porque advirtió que los chicos de una misma edad se equivocaban de maneras sistemáticas, no azarosas. Detrás de cada respuesta equivocada había una lógica; una lógica distinta de la adulta, pero lógica al fin. De ahí nació su formulación más subversiva para la escuela «importa más lo que un chico responde mal que el número de respuestas correctas.»
El método para averiguarlo fue el interrogatorio clínico. Observar, escuchar, repreguntar, seguir al sujeto en vez de conducirlo. Y el marco teórico fue la epistemología genética, una ciencia dedicada a explicar cómo se pasa de un estado de menor conocimiento a otro de mayor conocimiento. La lógica, concluyó Piaget contra buena parte de la filosofía de su siglo, no viene de fábrica, se construye.
La mecánica invisible del aprender
Todo organismo vivo hereda dos funciones invariantes, organizar y adaptarse, y la adaptación ocurre por dos movimientos complementarios. La asimilación incorpora lo nuevo a los esquemas que ya se tienen, es decir, el mundo se lee con los anteojos disponibles. La acomodación modifica esos esquemas cuando el mundo se resiste a entrar en ellos. Entre ambas se tensa el mecanismo del equilibrio, que Piaget tomó prestado de la física.
Conviene subrayar la consecuencia, porque es contraintuitiva para cualquiera que asocie el aprendizaje con la comodidad. No se aprende en el equilibrio, se aprende saliendo de él. El conocimiento avanza por desequilibrios sucesivos, por pequeños derrumbes de lo que creíamos resuelto y por reconstrucciones a un nivel, posiblemente, superior.
Hay un ejercicio clásico que lo muestra sin una sola definición. Se le entregan a alguien fichas sueltas y se le pide armar con todas ellas una figura geométrica conocida, sin superponerlas. Con dos fichas la tarea es trivial. Llega la tercera y obliga a mirar de nuevo; a veces obliga a deshacer lo ya logrado. Llegan dos fichas con un lado oblicuo y el desconcierto es visible. Cada entrega convierte un logro en un problema. Cuando por fin encaja la última pieza, lo que se armó no fue un rompecabezas: fue una estructura mental.
“Enseñar significa crear situaciones donde las estructuras pueden ser descubiertas.” Jean Piaget
Los que enseñan, o el oficio que nadie enseña
Del otro lado de la efeméride están los profesores. El pedagogo español José M. Esteve recordaba su primer día de clase, la seguridad superficial derrumbada por una voz a sus espaldas comentando su cara de chico, el miedo a quedarse sin material a mitad de hora, el esfuerzo por aparentar una sabiduría que todavía no tenía.
El diagnóstico que siguió es incómodo y sigue vigente. En la formación inicial abunda el relato de lo que el buen docente debe hacer y escasea el cómo: cómo organizar un grupo, cómo ganarse el derecho a ser escuchado, cómo administrar el conflicto sin elegir entre la indefensión y el matonaje. En el nivel secundario el problema se agrava, porque muchos profesores se formaron para otra cosa, químicos, historiadores, matemáticos, y deben reconvertir su identidad al descubrir que la esencia del trabajo no es la propia especialidad, sino el aprendizaje de los demás.
Contra la tentación de bajar los brazos frente a los que llegan con lagunas, Esteve propone un desplazamiento del oficio: rescatar, en cada tema, la pregunta original que alguna vez alguien se hizo. Porque no tiene sentido dar respuestas a quien todavía no se planteó la pregunta. Enseñar, en esa clave, es reconstruir la inquietud que dio origen al conocimiento, y el objetivo final no es la materia sino la humanidad que se transmite a través de ella.
La escuela como asunto político
El francés Philippe Meirieu, en su carta a un joven profesor, sostiene que la escuela es, a la vez, la institución del encuentro con la alteridad, la de la búsqueda de la verdad y la de una sociedad democrática. Su tesis es que aprender a verificar una fuente, a examinar un argumento por su coherencia y no por el prestigio de quien lo dice, a sostener una discusión y aceptar que el otro tenga razón, es el mismo acto por el cual alguien se vuelve ciudadano.
Meirieu describe un doble trabajo. Ayudar a cada alumno a escapar de todas las formas de tribalismo que imponen conformidad, y enseñarle a apartarse de sus intereses inmediatos para asociarse con otros. Ir a la escuela es salir de la esfera privada. Es pasar del capricho a la decisión elaborada con un grupo, del grupo a la clase, de la clase al barrio, del barrio a la humanidad. Por eso reclama que el derecho se enseñe como disciplina plena y que los debates sobre el trabajo común ocupen tiempo real de la jornada escolar, en vez de una hora suelta de formación cívica que a nadie convence del todo.
Profesores de escuela, “seréis creadores de humanidad”. Philippe Meirieu, en el cierre de su carta a los jóvenes docentes.
El psicopedagogo ya no vive en el gabinete
La otra mitad de la fecha se corrió de lugar. Durante décadas, la imagen del psicopedagogo estuvo pegada al gabinete escolar de una primaria. Hoy la profesión trabaja en hospitales, centros de salud mental, juzgados, hogares, comunidades terapéuticas, escuelas especiales y equipos interdisciplinarios, y acompaña procesos de aprendizaje en todas las edades, no solo en la infancia.
El campo cambió también porque cambió el problema. La literatura pedagógica reunió bajo el nombre de deprivación cultural un fenómeno que hoy se ve a diario: chicos sin acceso a los recursos que su desarrollo requiere, educación, salud, alimentación, vivienda, seguridad, y cuyo impacto se lee después en el lenguaje, en la lectura, en la matemática, en la posibilidad de concentrarse y de sostener un vínculo. Es un círculo que se hereda de generación en generación, y cuya causa y cuyo remedio están, a la vez, del mismo lado. La calidad de la mediación educativa. Ahí la psicopedagogía dejó de ser un servicio complementario para volverse una herramienta de reparación.
Un sentido
Quizá el sentido más profundo de este 17 de septiembre esté en esa coincidencia inesperada. José Manuel Estrada entendió la enseñanza como una forma de participar en la vida pública en sociedad; Piaget, como centro de su tesis. Entre ambos, y muchos años después, profesores y psicopedagogos siguen habitando una misma pregunta ¿qué necesita una persona para poder aprender?
De esta manera, podemos entender que no hay una sola respuesta. A veces enseñar es explicar; otras, escuchar, esperar, volver a preguntar o simplemente ofrecer una nueva pieza cuando todo parece desordenarse. Porque aprender también implica eso, perder por un instante el equilibrio para encontrar otra forma de mirar.
Y quizás ahí esté la vigencia de esta fecha, en recordar que detrás de cada clase, cada dificultad y cada descubrimiento hay alguien intentando comprender el mundo. Y alguien más dispuesto a acompañarlo.









