En muchos barrios del país, ubicados en zonas periféricas y con acceso limitado a servicios esenciales, aprender a leer y escribir no es un proceso lineal ni garantizado. Hay chicos que asisten a la escuela pero no logran incorporar herramientas básicas de lectoescritura, otros que alternan la escolaridad con ausencias prolongadas y muchos que crecen sin espacios seguros donde jugar, expresarse o ser escuchados. En ese escenario, distintas organizaciones sociales buscan cubrir vacíos que exceden lo educativo y alcanzan lo emocional, lo vincular y lo cotidiano.
Una de ellas es Expedición Sonrisa, una ONG con presencia en Córdoba y otros puntos del país que desde hace más de una década trabaja con niños, niñas y adolescentes en contextos de vulnerabilidad, apostando al juego, la alfabetización y la prevención de violencias como ejes centrales de intervención.
Todo empezó como un viaje personal, y sin saberlo, terminó convirtiéndose en una ONG con presencia en varias provincias y experiencias internacionales. Así nació Expedición Sonrisa, ligada a la historia de vida de Facundo Schenone Mattos, pero con el paso de los años se consolidó como una organización que promueve y atiende los derechos de niños, niñas y adolescentes en contextos de vulnerabilidad, con un enfoque claro: el juego, la educación y el cuidado como pilares del desarrollo integral.
“Facundo, su fundador y director ejecutivo, comenzó en 2005 un viaje, primero en bicicleta y después en camioneta, llevando alegría, juegos y todo lo que es Expedición Sonrisa a diferentes comunidades vulneradas alrededor del mundo”, explica Micaela Kordován, coordinadora ejecutiva de la organización, en diálogo con Hoy Día Córdoba.
Ese recorrido se dio primero bajo el proyecto Pedal por la Paz, cuando Schenone Mattos pedaleó desde Argentina hasta Ecuador promoviendo la educación en valores. Tras un grave accidente en 2008, que lo obligó a atravesar una extensa rehabilitación, la idea de unir viaje, juego y compromiso social volvió a tomar forma algunos años después.
“A partir del 2014 se consolida el proyecto de Expedición Sonrisa, una vuelta al mundo en camioneta llevando un castillo inflable a los lugares más vulnerados que nos podemos imaginar”, relata Kordován. En un inicio, el viaje fue en solitario y luego junto a su pareja, Carina Belofiglio. “Así recorrieron cuatro continentes y 50 países cumpliendo esa misión”, agrega.
El punto de inflexión llegó en 2019, cuando el proyecto dejó de ser un viaje solidario para convertirse en una organización con estructura y programas propios. De ese proceso surgió el primer programa formal: Expedición a Jugar. “Es un programa de intervenciones lúdicoeducativas que tiene como objetivo transmitir valores y herramientas para la gestión de emociones a niños y niñas en situación de vulnerabilidad”, explica. A partir de allí, la organización comenzó a crecer en complejidad y alcance territorial.
Con el trabajo sostenido en barrios populares, merenderos y hogares infantiles, aparecieron nuevas necesidades. “Después se crea un segundo programa dedicado a la alfabetización de niños, niñas y adolescentes: Expedición Aprendizaje”. Más adelante, el trabajo en territorio dio lugar a Expedición Proteger, enfocado en la prevención de violencias sexuales.
Actualmente, Expedición Sonrisa articula su labor a través de tres programas principales, todos atravesados por una lógica lúdica y de cuidado.
Algo simple como el juego, a veces no tiene lugar
En muchos de los barrios donde trabaja la organización, el derecho a jugar no es algo dado. Falta de espacios, de tiempo adulto disponible, de materiales o de condiciones básicas hacen que el juego quede en segundo plano en las infancias. Frente a eso, Expedición Sonrisa desarrolló Expedición a Jugar con intervenciones lúdico-educativas que recorre merenderos y hogares infantiles.
Las actividades están diseñadas por equipos interdisciplinarios y son llevadas adelante por voluntarios acompañados por coordinadoras. El objetivo no es solo el entretenimiento. A través del juego se trabaja el respeto, la solidaridad, el reconocimiento del otro y la expresión emocional. En muchos casos, es el primer espacio donde los chicos pueden jugar sin exigencias ni urgencias.
Leer y escribir: una deuda persistente
Con el avance del trabajo territorial, apareció una necesidad más profunda: chicos que, aun asistiendo a la escuela, no lograban leer ni escribir con fluidez. “Lo que nos encontramos en el territorio es que había muchos problemas de alfabetización”, explica la coordinadora. Ese hecho dio lugar a Expedición Aprendizaje, el programa que hoy concentra la mayor expansión territorial de la ONG.
Se trata de un dispositivo de alfabetización, que funciona todos los sábados en merenderos y espacios comunitarios. Allí los chicos reciben acompañamiento psicopedagógico, materiales educativos diseñados específicamente para ese contexto, alimentación y un espacio estable de referencia.
Sobre Expedición Aprendizaje, Micaela cuenta: “El objetivo es alfabetizar niños, niñas y adolescentes por lo que se requiere de una actividad sostenida, por eso lo hacemos todos los sábados”. Cada jornada incluye momentos de lectura, actividades lúdicas y celebraciones que fortalecen el sentido de pertenencia.
En 2025, el programa alcanzó a 851 niños, niñas y adolescentes. Muchos de ellos llegaron con trayectorias escolares interrumpidas o con grandes dificultades para sostener la escolaridad. Para algunos, ese espacio se convirtió en el único acompañamiento educativo personalizado que reciben.
Necesidades básicas que no siempre están cubiertas
El trabajo cotidiano también expuso carencias que suelen darse por sentadas. “Una de las necesidades tenía que ver con la cuestión de la higiene”, cuenta Kordován. La falta de hábitos y de elementos básicos como jabón, cepillos de dientes o pasta dental motivó la creación de Expedición Higiene.
“No solamente era necesario capacitarlos en hábitos de higiene a través de talleres lúdicos, sino también ofrecerles los recursos para cuidar su salud”, explica. En 2025, esta campaña alcanzó a 791 chicos.
Algo similar ocurrió con el acceso a útiles escolares. “Llegaba el momento de ir a la escuela y los chicos no tenían los útiles necesarios”, recuerda. Así nació Expedición Vuelta al Cole, que entrega mochilas completas, pensadas según la etapa educativa de cada niño.
La prevención y el valor de ser escuchados
Otras campañas ponen el foco en lo simbólico y afectivo. En Expedición Niñez y Expedición Navidad, los niños eligen qué regalo desean recibir. “No es que todos reciben el mismo juguete sino que cada uno elige. Es muy personalizado. Para muchos, es la primera vez que alguien les pregunta qué quieren. Hay chicos que nunca habían tenido un juguete nuevo, o nunca habían recibido un regalo en Navidad”, asegura Micaela. En 2025, Expedición Niñez alcanzó a 1.055 niños y Expedición Navidad a 1.333.
El programa Expedición Proteger trabaja de manera lúdica conceptos como consentimiento, límites del cuerpo y personas de confianza. “Todo se hace desde el juego, enfocados en cada una de las edades. Hacemos prevención de violencias sexuales contra niños, niñas y adolescentes”, explica. Las actividades se desarrollan en dos encuentros y están a cargo de equipos con formación específica.
Voluntariado y padrinazgo
Expedición Sonrisa cuenta con un staff de 30 personas y una red amplia de voluntarios. Solo en 2025, más de 580 personas participaron de capacitaciones. El voluntariado está abierto a mayores de 18 años, sin requisitos académicos, a excepción del programa Expedición Proteger.
Gran parte de este trabajo se sostiene gracias al padrinazgo de un niño o niña del programa Expedición Aprendizaje. A través de una donación mensual, los padrinos garantizan acompañamiento educativo, alimentación, materiales escolares y seguimiento psicopedagógico, siempre cuidando la integridad de los menores.
Cada padrino recibe informes trimestrales sobre el avance educativo del niño o niña y boletines mensuales con las actividades del merendero. “Tratamos de que ese padrino con ese ahijado tengan la relación más cercana posible”, señala la coordinadora.
Hoy Expedición Sonrisa trabaja en Buenos Aires, Córdoba y varias provincias del norte argentino. La elección de los territorios no es casual. “Investigamos y conversamos con las comunidades para ver dónde hay más necesidad”, explica Kordován.
El objetivo, insiste, no es solo pensar en el futuro: “Lo hacemos para que más chicos puedan tener un presente más ameno, más cuidado y más feliz, y un futuro con más oportunidades”. En contextos donde muchas infancias crecen con derechos vulnerados y descuidados, este presente puede marcar la diferencia.
