Con el comienzo del ciclo lectivo, los jóvenes que inician su último año celebran el Último Primer Día (UPD), una fiesta que ya se volvió tradición entre los chicos: remeras intervenidas, bombos, música fuerte y alcohol. La escena se repite cada año y abre los debates entre las familias que temen que sus hijos lleguen a la escuela bajo los efectos del alcohol.
Para la psicopedagoga y especialista en mediación y convivencia escolar Mariana Savid Saravia, el foco no debería estar en prohibir ni en desentenderse, sino en revisar el rol de los adultos. “Frente al UPD solemos oscilar entre dos extremos igual de inútiles: mirar para otro lado o aplicar una prohibición tajante. El ‘ellos sabrán’ y el ‘está prohibido y punto’ no construyen mucho”, afirmó.
Según explicó, los adolescentes “necesitan adultos presentes, pero no encima; que escuchen, no que espíen; que pongan límites claros, pero desde el afecto y no desde el miedo”. En ese sentido, insistió en que el debate está mal planteado cuando se formula en términos de control. “La pregunta no es cómo hacemos para que no festejen. La pregunta es cómo hacemos para que festejen mejor”, subrayó.
La especialista remarcó que la preocupación no radica en la celebración en sí, sino en ciertas prácticas que la atraviesan, especialmente el consumo excesivo de alcohol como forma de pertenencia. “Muchas veces se instala la idea de que una noche de excesos es el precio a pagar para divertirse o para formar parte. Y eso sí es peligroso”, advirtió.
A su vez, recordó que el alcohol en menores de edad “no es un juego”: sus cuerpos son más vulnerables y las decisiones bajo sus efectos pueden derivar en accidentes de tránsito, peleas, situaciones de violencia o en llegar al colegio en condiciones que les impidan disfrutar un momento significativo. “Las consecuencias, en algunos casos, no tienen vuelta atrás”, alertó.
Frente a este escenario, propuso anticiparse con diálogo genuino. “Transformar el UPD no es organizarlo nosotros. Es abrir espacios de conversación antes de que llegue la noche señalada”, explicó. Y sugirió preguntas concretas: “¿Cómo piensan celebrar? ¿Qué harían si alguien se siente mal? ¿Cómo se cuidan entre ustedes?”. Para Savid, acordar no implica imponer, sino encontrar puntos en común donde el cuidado colectivo sea prioridad. “Menos alcohol es menos riesgo. Menos excesos es más probabilidad de que al otro día todos estén bien”, sostuvo.
También fue clara respecto del rol institucional. “La escuela no es responsable del estado en que los estudiantes llegan después de sus festejos privados”, señaló. No obstante, destacó que las instituciones sí cumplen una función clave en la prevención, generando espacios pedagógicos para reflexionar sobre el cuidado entre pares y el consumo responsable. “No se trata de buscar culpables, sino de entender que cada actor tiene su lugar y su responsabilidad”, afirmó.
Para la especialista, la llamada “cultura del cuidado” no se construye con circulares ni sanciones aisladas, sino en la cotidianeidad. “Se construye mucho antes, en las conversaciones de todos los días, en la confianza que generamos y en los límites que sostenemos con amor”, explicó. Y añadió: “Cuando los chicos sienten que pueden contar con nosotros sin miedo a un sermón, empiezan a aparecer respuestas más responsables”.
Pero los jóvenes no empiezan los festejos del último año en el UPD, desde el año anterior vienen con celebraciones, entre ellas el Casi Sexto al finalizar su penúltimo año. Todas estas fechas ya forman parte del calendario simbólico adolescente. En ese contexto, Savid invitó a cambiar la mirada adulta. “Quizás el primer paso sea modificar la pregunta: no es ‘cómo controlamos esto’, sino ‘cómo acompañamos esto’”, planteó. Para ella, el desafío es correrse del enfrentamiento y fortalecer el vínculo. “Ellos necesitan saber que estamos del mismo lado, no enfrente. Que confiamos en ellos, pero que también ponemos límites claros porque justamente queremos verlos llegar bien al día siguiente”.
Así, más que erradicar el ritual, la propuesta apunta a resignificarlo: convertirlo en una experiencia de celebración y cuidado compartido, donde el cierre de una etapa no esté marcado por el exceso, sino por la responsabilidad y el acompañamiento.
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