Muchos universitarios ya no pueden sostener la atención al momento de estudiar

La sobrecarga de información, las redes sociales y la ansiedad aparecen cada vez más vinculadas a las dificultades de concentración que manifiestan estudiantes universitarios. Especialistas analizan este impacto en el aprendizaje.

Muchos universitarios ya no pueden sostener la atención al momento de estudiar

Los estudiantes universitarios cada vez tienen más problemas para sostener la atención al momento de estudiar.

Muchas de las tareas que hasta hace algunos años podían parecer prácticas cotidianas en la realidad de los estudiantes universitarios, hoy se transformaron en un desafío al que hay que enfrentarse bastante seguido. Leer un capítulo completo sin revisar el celular, mantener la concentración durante una clase o sentarse a estudiar durante una hora seguida sin alternar entre apuntes, mensajes y scrolleo.

El querer estar permanentemente conectados por si pasa algo o para no querer perdernos de nada, expuestos a una cantidad inagotable de información y rodeados de estímulos que compiten por captar la atención forma parte de una experiencia cada vez más frecuente entre los estudiantes. Algunos optan por silenciar notificaciones, eliminar aplicaciones de redes sociales durante épocas de exámenes o mantener el celular bastante alejado del espacio de estudio.

Aunque no existe evidencia de una migración masiva hacia teléfonos analógicos o del abandono generalizado de las redes sociales, sí crece la preocupación por los efectos que la hiperconectividad puede tener sobre los procesos de aprendizaje. La dificultad para sostener la atención, la sensación de agotamiento mental y la tendencia a interrumpir constantemente las tareas de estudio aparecen cada vez con más frecuencia en conversaciones entre estudiantes y también en las observaciones de docentes y especialistas.

¿Qué está ocurriendo con la atención frente a miles de contenidos que compiten por unos pocos segundos de interés? ¿Se trata de un problema de hábitos individuales o de tecnologías diseñadas para captar cada vez más tiempo de permanencia? ¿Es posible recuperar la capacidad de concentración sin renunciar al mundo digital?

Hoy Día Córdoba habló sobre este tema con la psicopedagoga especializada en neuroaprendizaje Giselle Maccario y la docente investigadora de Métodos de Investigación Psicológica de la UNC Leticia Luque, quienes coinciden en que el fenómeno existe, aunque advierten que las explicaciones simplistas suelen quedarse cortas frente a un problema que en realidad es mucho más complejo.

La atención, una capacidad que también se entrena

Maccario sostiene que quienes trabajan en educación observan desde hace varios años esto, pero aclara que la transformación no debe interpretarse necesariamente como algo negativo. «Las redes sociales forman parte de la cultura actual, de las formas de comunicación y de acceso a la información. El desafío aparece cuando comenzamos a preguntarnos cómo estos modos de interacción pueden influir en los procesos cognitivos que intervienen en el aprendizaje«, explica.

La especialista señala que gran parte de los contenidos digitales están diseñados para consumirse de manera rápida, fragmentada e inmediata. Esa lógica puede tensionarse con las exigencias propias de la formación académica, donde comprender un texto complejo o elaborar una idea requiere tiempos más extensos y un esfuerzo cognitivo sostenido.

«Para sostener una idea durante un período prolongado intervienen distintas funciones ejecutivas, como la atención sostenida, la memoria de trabajo, el control inhibitorio y la capacidad de planificar y monitorear la propia actividad mental. Son habilidades que nos permiten mantener el foco, relacionar información, realizar inferencias y construir respuestas complejas frente a una tarea», detalla.

Una de las cuestiones más importantes es entender que estas capacidades no son innatas ni permanecen inalterables a lo largo de la vida, sobre lo que afirma: «Algo que muchas veces olvidamos es que la atención también se ejercita. Cada vez que leemos, reflexionamos, analizamos información o intentamos resolver un problema complejo estamos entrenando procesos cognitivos fundamentales para aprender. Del mismo modo que ciertas capacidades físicas necesitan entrenamiento, las funciones cognitivas también requieren práctica y condiciones adecuadas para desarrollarse».

Desde su perspectiva, los problemas de concentración que manifiestan muchos estudiantes no implican que hayan perdido esas capacidades, sino que encuentran menos oportunidades para fortalecerlas en un contexto de estimulación constante.

Giselle Maccario.

Lo que observan los docentes

La percepción de que algo está cambiando en la forma de estudiar también aparece en las aulas universitarias. Leticia asegura que cada vez son más los estudiantes que expresan abiertamente dificultades vinculadas con la atención, la ansiedad y el uso de redes sociales. «Yo creo que el problema viene desde hace bastante tiempo, pero antes aparecía de manera más aislada. Ahora hay más personas que reconocen sentirse ansiosas, abrumadas o con dificultades para manejar la necesidad constante de estar conectadas. Lo que cambió no es solamente el problema, sino también la posibilidad de ponerlo en palabras», señala.

La docente aclara que no tiene registro de una tendencia extendida de estudiantes que abandonen completamente las redes sociales o reemplacen sus teléfonos inteligentes por dispositivos más antiguos. Lo que sí observa es la búsqueda de estrategias para reducir interrupciones y mejorar el rendimiento académico.

«Hay estudiantes que aprendieron a silenciar notificaciones o a establecer momentos específicos para revisar mensajes. Buscan generar períodos de concentración de 45 minutos o una hora para poder avanzar con la lectura o preparar un examen. Pero generalmente se trata de jóvenes que ya tenían hábitos relativamente organizados y que necesitan optimizar su tiempo porque trabajan y estudian al mismo tiempo«, explica.

Pero las dificultades para sostener la atención aparecen también en momentos más críticos, sobre lo que advierte: «Hay situaciones donde los estudiantes no logran permanecer concentrados durante el tiempo que demanda una evaluación. A veces no les alcanza el tiempo para completar un examen no porque desconozcan los contenidos, sino porque les cuesta sostener durante 40 o 50 minutos una actividad que requiere atención continua y que no tiene los niveles de estimulación que encuentran en entornos digitales».

Leticia Luque.

¿Sirve eliminar las redes sociales?

Maccario explica que muchas redes sociales funcionan a partir de una sucesión permanente de estímulos breves, cambios rápidos de foco atencional y recompensas inmediatas. «El problema aparece cuando predominan formas de interacción que demandan poco esfuerzo cognitivo sostenido y que se apoyan en respuestas rápidas frente a estímulos breves. En esos casos, hay menos oportunidades para profundizar, analizar o elaborar críticamente la información», sostiene la psicopedagoga.

«Las tareas académicas exigen leer, relacionar conceptos, construir argumentos y sostener procesos de comprensión durante períodos prolongados. Si estas capacidades se ejercitan menos, es lógico que luego requieran más esfuerzo cuando vuelven a ponerse en juego», agrega.

Frente a este escenario, algunos jóvenes optan por borrar aplicaciones, limitar horarios de uso o establecer períodos de desconexión. Sin embargo, ambas especialistas coinciden en que la discusión no debería centrarse exclusivamente en los dispositivos.

Para Maccario, la pregunta más importante es cómo se organizan las condiciones para aprender. «Estudiar implica mucho más que dedicar horas a una tarea. Requiere organizar tiempos, planificar objetivos, seleccionar información relevante, comprender textos, monitorear el propio aprendizaje y sostener la atención. Son habilidades que forman parte de las funciones ejecutivas y que muchas veces no fueron enseñadas de manera explícita durante la trayectoria escolar«, señala.

Por eso considera que uno de los grandes desafíos educativos actuales consiste en enseñar a los estudiantes cómo aprenden. «Cuando una persona identifica las estrategias que le resultan más efectivas y comprende cuáles son las condiciones que favorecen su concentración, puede organizar su estudio con mayor autonomía. Reducir estímulos puede ser una estrategia útil en algunos casos, pero no necesariamente constituye la solución de fondo», afirma.

En ese sentido, destaca la importancia de desarrollar herramientas de autorregulación: «Es necesario aprender a organizar espacios de estudio, establecer objetivos claros, planificar tiempos de trabajo y descanso, reconocer los propios distractores y generar ambientes que favorezcan la concentración. La atención sostenida también puede fortalecerse cuando existen hábitos y rutinas adecuadas«.

La ansiedad detrás de la pantalla

Luque aporta otra aspecto al análisis: la relación entre las dificultades de concentración y la regulación emocional. Según explica, muchas veces el problema no está únicamente en las redes sociales sino en el papel que cumplen como mecanismo de escape frente a situaciones de estrés o ansiedad, y señala: «Hay estudiantes que se sienten muy sobrecargados frente al estudio y, en lugar de organizar una estrategia para avanzar con los contenidos, terminan recurriendo a las redes sociales sin un propósito específico. No necesariamente buscan información o comunicación; muchas veces buscan una forma de escapar momentáneamente del malestar que les genera la tarea».

Desde esta perspectiva, eliminar aplicaciones no siempre resuelve el problema de fondo. «Si una persona tiene dificultades para manejar la ansiedad, probablemente encuentre otras formas de distracción. Puede ser el teléfono, la televisión o cualquier otra actividad. Por eso no creo que estas situaciones se solucionen simplemente cambiando un dispositivo por otro o eliminando una red social», afirma la docente sobre las dificultades vinculadas con la regulación emocional, más allá de la tecnología.

El debate suele plantearse en términos de responsabilidad individual o influencia tecnológica. Sin embargo, ambas especialistas rechazan esa dicotomía.

«Detrás de las plataformas digitales existen algoritmos, desarrollos tecnológicos y estrategias de diseño orientadas a maximizar el tiempo de permanencia. Hay una intencionalidad clara en la manera en que se presentan los contenidos y en cómo se busca generar interacción constante», explica Maccario.

Pese a eso, considera que el desafío educativo está en formar usuarios capaces de relacionarse de manera crítica y consciente con esos entornos. «Muchas veces las personas reciben dispositivos y acceso a múltiples plataformas, pero no siempre cuentan con espacios para reflexionar sobre cómo administran su atención, cómo seleccionan información o cómo regulan su tiempo frente a las pantallas», advierte.

Luque coincide con esa mirada y considera que responsabilizar exclusivamente a los individuos puede conducir a interpretaciones moralizantes. En ese sentido, señala: «Lo que vemos es una combinación de factores donde intervienen el diseño de las plataformas, los intereses económicos que existen detrás de ellas y las herramientas que cada persona tiene para gestionar su atención».

Y agrega: «Las tecnologías están claramente diseñadas para capturar la atención de manera cada vez más eficaz. La rentabilidad depende de que las personas permanezcan allí el mayor tiempo posible. Pero eso no significa que la conducta humana quede determinada automáticamente por esos diseños. Hay muchos otros factores que intervienen».

El desafío excede a las redes sociales

Más allá de las diferencias de enfoque, las especialistas coinciden en que el fenómeno debe entenderse dentro de un contexto cultural más amplio. Vivimos en una época donde predominan la inmediatez, la velocidad y las respuestas instantáneas. Sin embargo, gran parte de los procesos asociados al aprendizaje funcionan con otra lógica.

«Muchos procesos vinculados con la comprensión lectora, la producción de conocimiento y el pensamiento complejo requieren tiempo. Requieren detenerse, elaborar ideas, revisar conceptos, cometer errores y volver a intentar. Son procesos que no pueden acelerarse indefinidamente porque forman parte de la propia construcción del conocimiento», sostiene Maccario.

La temática interpela directamente a las instituciones educativas y las formas de enseñar y construir entornos que permitan desarrollar este tipo de habilidades. Frente a miles de estímulos que compiten simultáneamente por captar unos segundos de atención, la capacidad de detenerse, concentrarse y profundizar en una idea se está convirtiendo en un recurso cada vez más valioso.

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