“El desafío es construir comunidad en este régimen de la confusión en que vivimos”

Entrevista a Liliana Córdoba, vicedecana de la Facultad de Ciencias Sociales y especialista en comunicación política, quien analiza los nuevos escenarios que abre la era digital.

“El desafío es construir comunidad en este régimen de la confusión en que vivimos”

Liliana Córdoba.

Todos lo sabemos, de una u otra manera, que vivimos una época donde la naturaleza de lo público está mutando a causa de la tecnología. Lo palpamos en nuestra vida cotidiana, en cada encuentro que tenemos con los otros, en nuestras interacciones sociales, en las formas de experimentar la política, cada vez más atravesada por la violencia discursiva y la intolerancia hacia los demás. Intuimos que no se trata solamente de un tiempo de transformaciones, estamos ante una digitalización radical del mundo que reconfigura los lazos sociales, las formas de hacer política y los modos en que los ciudadanos nos relacionamos con el poder. Un medio ambiente digital que parece haber trastocado los cimientos mismos de la democracia, donde la ola de ultraderecha que sacude al mundo parece encontrar un campo fértil para sus experimentos políticos, económicos y sociales. La licenciada en Comunicación Social, doctora en Ciencias Sociales e investigadora de la Universidad Nacional de Córdoba, Liliana Córdoba, define a este escenario como un «régimen de la confusión»: un estado de aturdimiento y saturación informativa general donde las certezas se desdibujan, la verdad se pierde entre las fake news y las plataformas tecnológicas imponen lógicas guiadas exclusivamente por la captura de la atención, el extractivismo de datos y el objetivo de vendernos productos hechos a medida.

En este diálogo con Hoy Día Córdoba, la también vicedecana de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNC analiza los modos en que este ecosistema tecnológico afecta nuestros vínculos con la política y cómo es aprovechado por las nuevas derechas, cuyo caso paradigmático a nivel global es el presidente Javier Milei, que ha hecho de las redes sociales su campo de “batalla cultural” y de los llamados “discursos de odio” su principal herramienta de acción política.

¿Cómo ves el campo de la discursividad de la política contemporánea?

Liliana Córdoba (LC): Se suele decir que estamos viviendo una época de cambio, pero creo que en realidad vivimos un cambio de época, donde la digitalización del mundo y su incidencia en nuestras maneras de ser sujetos, de ser comunidad, de ser sociedad, de trabajar, etcétera, está siendo transformada de manera sustantiva. La comunicación política es uno de los ámbitos donde podemos ver este cambio de época de manera más decisiva, en tanto están mutando nuestras formas de relacionarnos entre nosotros, las formas de relacionarnos con el poder, con los Estados, las formas de construir legitimidades desde el poder.

Hay una crisis en diversos en diversos planos, por eso a la hora de pensar el régimen actual de la conversación pública a mí me interesa nombrarlo como un “régimen de la confusión”. Así como hace unos 20 años hablábamos del régimen de la mediatización por la importancia que habían adquirido los medios en la organización de nuestras formas de comunicación pública y política; hoy pienso que vivimos en un “régimen de la confusión” porque estamos asistiendo a procesos de conversación pública donde lo que percibimos fundamentalmente es un estado de desorden, de caos, de mucha dificultad a la hora de jerarquizar temas, problemas, hablantes y legitimidades. También en el sentido de que las cosas se confunden al punto de que muchas veces es difícil distinguir qué es verdad o qué es real de lo que no lo es.

¿Cómo impacta esto en nuestras vidas cotidianas?

LC: Lo vivimos como un aturdimiento. A veces ni siquiera recordamos dónde vimos una información; los temas se suceden a una velocidad enorme y lo que hoy parece central mañana desaparece. También se vuelve más difícil construir algo en común. Hoy las dinámicas de los algoritmos, las burbujas que construyen las redes sociales en la conversación pública, hacen que cada uno de nosotros perciba, cada vez más, una sola forma de la realidad, una sola mirada de los problemas, unos temas específicos y acceda a informaciones muy diferentes, casi personalizadas. Eso está orientado de manera casi exclusiva por la única intención que tienen hoy las plataformas: que es vendernos, vendernos productos, extraer nuestros datos y vender nuestra atención a quienes hacen esos productos.

¿Cómo se vincula este estado de cosas con la representación política?

LC: El concepto de “tecnopolítica” permite pensar cómo el entorno digital transforma la política, nuestras subjetividades y el vínculo con las instituciones. Hay una afinidad entre las nuevas derechas y una conversación pública basada en el caos: cuestionan la legitimidad de instituciones como la ciencia y buscan instalar a la cultura como un campo de guerra.

El gobierno de Javier Milei es un caso muy visible de estas prácticas. Habla de milicias digitales y utiliza las redes sociales como un territorio de confrontación. Eso se distancia de una concepción democrática de la comunicación, que supone escuchar argumentos, admitir que la diferencia puede mejorar una posición y reconocer al otro como interlocutor, no como enemigo que debe ser eliminado. En ese sentido, hay algo profundamente antidemocrático en estas nuevas formas de comunicación y por eso erosionan también las instituciones que caracterizan a la democracia.

También hay que considerar el descontento con democracias que no han cumplido muchas de sus promesas. Entonces, hay cierto descontento, cierto resentimiento, ciertos enojos en la población que se terminan canalizando en una apuesta por personajes que irrumpen en la escena pública y que tienen un rasgo en común que es muy interesante pensar en términos de discurso: proclamarse como voceros de una “verdad” para decir lo que supuestamente muchos pensamos y nadie se anima a decir. Por eso parecen personajes tan disruptivos. En una época de tanta confusión como la que describimos, obviamente que hay una sed de verdad: todos necesitamos certezas para existir personal y colectivamente. Entonces, todo el discurso político que durante muchos años, en las lógicas de las campañas, tuvieron la idea de construir un candidato, construir una narrativa, construir un discurso, cuando los públicos se van educando y van viendo que eso es una construcción, irrumpe algo que aparentemente, porque también está diseñado, pero parece ser genuino y despojado, por lo que se le otorga cierto halo de verdad y genera ciertas adhesiones.

El celular como instancia de mediación también juega su rol…

LC: Sí. Dependemos del celular para cada vez más actividades y eso también moldea nuestras expectativas. En Argentina hay más de un celular por persona y cada vez pasamos más horas y hacemos más cosas con ese dispositivo. Éric Sadin habla de un “cetro de cristal”: el dispositivo nos hace sentir que podemos obtener una respuesta inmediata a cada deseo. Eso va generando unas formas de subjetividad que esperan eso de todas las instituciones y de todos los vínculos y la vida no es así: ni las relaciones con las otras personas son así, ni las relaciones con las instituciones son así y mucho menos con el mundo de la política, que necesita mediaciones, tramitación de conflictos, intereses diversos, temporalidades de trabajo, de proyecto. Entonces, ahí se va generando una tensión que es interesante pensar en términos de época. Fíjate que todo lo que supone una conversación democrática, la construcción de consensos, el planteo de una diferencia, el pluralismo, es absolutamente opuesto a una temporalidad del instante, del “yo quiero”, del “es así porque yo creo que es así”, que privilegia la reacción afectiva por sobre la conversación razonada. Todo eso hace que muchos de los procesos y procedimientos en los cuales nosotros sustentábamos el funcionamiento de nuestras instituciones políticas se vean tensionados o estén directamente en crisis.

Al mismo tiempo, da la sensación que la ultraderecha sabe aprovechar esas formas de la política del caos para llegar al poder, pero luego se quedan sin herramientas para sostener su legitimidad cuando no pueden ofrecer soluciones concretas a los problemas de la sociedad….

LC: Yo creo que estás señalando un punto que es muy importante sobre el que no creo que haya una respuesta clara. Me parece importante decir que no podemos descansar en esa cuestión, en creer que porque estos programas económicos van a fracasar, nos garantizamos un futuro mejor. Entre otras cosas porque esas propuestas tienen el respaldo de hombres como Elon Musk o Peter Thiel, una élite mundial que quiere adueñarse del planeta y gobernar incluso por encima de los Estados. Entonces me parece que si bien es obvio que estos proyectos económicos no van a responder las necesidades materiales y culturales de las grandes mayorías, el tema es qué oponemos a eso porque no creo que la tramitación del malestar se oriente a restituir el sistema político y democrático necesariamente. Se podría orientar en contra de la idea de la política en general, en contra de la idea de democracia, que produzca procesos de desafección del sistema, de mayor aislamiento social.

Hay muchos estudios políticos y sociológicos en curso igualmente que están mostrando que nuestras raíces culturales, nuestros valores compartidos, son mucho más fuertes y persisten e incluso atraviesan generaciones pese a estos procesos de fuerte erosión de nuestras instituciones. Que no son algo tan fácil de destruir y de romper, pero no es una situación que sea irreversible. Creo que tenemos que tener esto en claro y que la respuesta que podamos imaginar tiene que ser múltiple. En esto coincido mucho con Lucrecia Martel y que es que la cultura no es un territorio de guerra o de batalla. Sí podemos pensarla como un territorio de disputa de sentidos, de orientaciones, pero hoy lo que necesitamos sobre todo son abrir espacios de conversación y de escucha plural, que la invitación no esté orientada a generar más malestar. Me parece que hoy una apuesta profundamente democrática es una apuesta al reconocimiento recíproco en la diferencia, el reconocimiento recíproco de esas necesidades. En ese camino tenemos que ir construyendo un futuro deseable, porque lo que sí está quedando en claro es que la utopía tecnológica que ofrecen estos sectores de ultraderecha como futuro deseable es para un porcentaje muy pequeño de la población mundial. Aunque ahí se sostienen, vendiendo ese futuro.

¿Y por dónde imaginas que puede ir una comunicación política que sirva para construir comunidad y restablecer ciertos valores de la democracia?

LC: Hay una consigna que atravesó toda nuestra vida desde la recuperación democrática que es que “sin comunicación democrática no hay democracia”. Lo que hay que pensar es qué significa eso en cada momento. Creo que hoy mas que nunca necesitamos reivindicar a la comunicación como un derecho humano. Es muy importante sostenerlo porque significa el derecho a la palabra propia, a la libertad de expresión, al acceso a la información, a la visibilización de temas y problemas, a la construcción de un mundo común. Y revisar qué contiene hoy ese derecho o de qué habla hoy ese derecho a la comunicación, porque el despliegue de las plataformas, las nuevas formas de acumulación y acopio de la información, las formas de hacer visible las cuestiones, cómo los algoritmos van marcando lo que cada uno ve o no ve, son problemas que tenemos que poder integrar para pensar ¿de qué hablamos hoy cuando hablamos del derecho a la comunicación?

Esto a nivel general, en particular sobre la comunicación política, para mí se trata fundamentalmente de entender que hoy tenemos que trabajar sobre tres registros. Uno es el de la disputa por la interpretación de las cosas y volver a dar entidad a la verdad como algo que importa, porque la verdad importa. Me parece que ahí la cuestión de la interpretación de los hechos, de cómo contamos las historias, de qué historias contamos y cómo interpretamos lo que nos pasa, es muy importante. La otra dimensión es de la visibilidad: dónde tenemos que circular para que esos discursos lleguen a muchos y muchas. Ahí hay que pensar en que ya no podemos hablar como hace un tiempo de grandes públicos. Hoy hay una microsegmentación del mensaje donde hay que pensar a quién le queremos hablar, con quiénes queremos hablar. Y después hay otra dinámica que es la de la atención. Hay que ver cómo hacemos para que genere atención de tal modo que alguien se quede más de 5 segundos viendo lo que tenemos para decir. Hablo de la comunicación política digital, pero todo esto también se traduce en la territorial, digamos, hay que tenerlo siempre como norte. Entonces, me parece que es un momento de mucha imaginación en la comunicación política, de salirnos de las recetas clásicas y volver a animarnos a la imaginación, que es algo muy importante en política, volver a recuperar la idea de riesgo, animarnos a hacer cosas aunque parezca que puede ser costoso, que es algo que ciertas corrientes fueron perdiendo.

Algo que los espacios de ultraderecha lo tienen naturalmente…

LC: La derecha no tiene ningún miedo. No digo que tengamos que ser así, por supuesto. Porque yo creo que hay una dimensión ética que hay que añadir a esas tres que te comenté, la interpretación, la visibilidad y la atención. La cuarta es nunca desligar los procesos políticos y comunicacionales de su dimensión ética. Toda comunicación política, toda política supone una ética. Entonces, ahí me parece que cualquier cosa que nosotros hagamos debe apuntar a esto, a pensar desde la verdad, a abrir conversaciones desde el pluralismo y las distintas posiciones, a no apuntar a la violencia, a no estigmatizar a grupos a partir de la diferencia. Y todo esto hace que apuntemos a unas formas de conversación pública que son contrarias a la construcción de fake news, de discursos de odio, de violencia simbólica, que después se traduce en otros tipos de violencia.

Respecto al tema de los discursos de odio, ¿cómo entendés este concepto?

LC: Me parece que se popularizó la expresión de “discursos de odio” para significar algo que crece y no para de crecer, que son ciertas formas muy violentas de la conversación pública, donde el insulto, el agravio, la agresión tienen un lugar central, sobre todo desde figuras institucionales de poder. Aquí en Argentina tenemos tipificado en nuestra legislación el delito del “discurso de odio”, pero es muy difícil de aplicar porque uno tiene que probar que ha habido un ataque sistemático contra un grupo específico por características que tienen que ver con su condición de clase, de raza o de género, y que eso ha significado para ese grupo algún tipo de disminución o vulneración de sus derechos. Entonces, no todo insulto, no toda agresión podría ser tipificada legalmente como discurso de odio. Pero sí me parece, más allá de esta cuestión técnica, que lo que está diciendo hoy en nuestra sociedad con esa categoría es una cierta manera de hablar entre nosotros muy atravesada por la intolerancia, por la falta de escucha, por la agresión y el insulto. Una forma de la comunicación política que llega hasta la máxima autoridad institucional del Estado, el presidente Javier Milei, quien cotidianamente practica estos discursos y va corriendo sistemáticamente los límites de lo decible. Me resultó interesante la reacción de las familias después de su discurso en la Escuela ORT. Señalaron la contradicción entre el trabajo escolar contra el bullying y a favor del respeto y la diversidad, y que un presidente se expresara mediante insultos. Esa reacción muestra que estas formas de hablar chocan con valores y prácticas que la sociedad busca sostener.

En clase suelo proponer un ejercicio: leer en voz alta publicaciones del Presidente o de otros dirigentes. A veces a los estudiantes les cuesta hacerlo, no por un rechazo moral a las malas palabras, sino por la violencia que sienten en esos mensajes. En las redes, en cambio, esa incomodidad puede diluirse y convertirse en un “me gusta” o un retuit. Necesitamos trabajar sobre esta dimensión en pos de recuperar algo que es muy importante de pensar en la conversación pública, que es la responsabilidad que yo asumo frente al otro por lo que digo o no digo, por lo que hago y no hago, que es algo que las redes licúan y debilitan porque los otros no están ahí y aparentemente no hay consecuencias.

¿Cómo te posicionas frente a la idea de performatividad?

LC: El discurso es performativo per sé, no hay un ámbito donde la idea de que decir es hacer sea más potente que en política. No hay un lugar, no hay un ámbito de la sociedad donde eso no sea más efectivo, claro y evidente que en la política. Tomemos como ejemplo la promesa. En la política, prometer es un acto performativo y lingüístico, es de hecho uno de los registros del discurso político que produce expectativas, compromete y define relaciones. Entonces, me parece que eso es obvio: todo discurso construye mundo, construye ideas sobre quiénes somos y quiénes son los demás. Es imposible que nosotros pensemos al mundo y a los otros si no es mediados por el lenguaje y por los discursos. Además me parece muy cínico cuando desde la ultraderecha cuestionan esta verdad, porque por un lado se afirma la importancia de la “batalla cultural” y se hace todo un despliegue de guerra cultural y por otro dicen “no soy responsable” ante las consecuencias que generan esos discursos. Lo que creo es que son un tipo de posiciones ético-políticas a las cuales no les importa lo humano, mucho menos les importa el lenguaje. En realidad, no creen en las palabras, sino que piensan que son meros instrumentos para hacerle creer a los otros lo que ellos quieren que crean. No son lugares de encuentro, de construcción de mundo, de algo común, de expresión de algo genuino, de algo que yo quiero que el otro sepa. Son instrumentos que usan para hacer que los demás hagan y crean lo que ellos quieren… Eso que es instrumentalizar el lenguaje y lo llevan a su máxima expresión.

¿Cuál debería ser la apuesta de la comunicación política en este contexto?

LC: Nos queda todavía un camino a trabajar, no solamente desde el mundo académico, sino sobre todo desde las prácticas políticas para reconocer algo que es obvio: no hay procesos políticos sin comunicación y no hay comunicación que se produzca en el espacio de lo público que no tenga inferencias o consecuencias políticas. O sea, hay una relación intrínseca ahí. Durante mucho tiempo hubo un registro muy instrumental, como si fueran mundos paralelos. Por acá va la política y ahora llamamos a los asesores o a los técnicos de la comunicación para que cuenten esto. Creo que eso se ha ido desarmando fuertemente, que la propia época invita a que no hay manera de pensar una cosa desvinculada de la otra. Y las derechas nos llevan un poco de ventaja en esa comprensión. El campo nacional, popular o progresista, como queramos llamarlo, tuvo dificultades para reconocer esto. Creo que no se puede pensar política, comunicación y cultura separadas. Y hoy te diría que le sumaría a esa tríada la tecnología.

Entonces, es una tarea que tratamos siempre de hacer cuando trabajamos en el ámbito de la investigación, de la extensión, de la academia, entender que la comunicación no se piensa después, sino que es parte de la política en todos sentidos. Un movimiento donde no circula la información y donde no circula la palabra internamente no va a poder mostrarse como un movimiento democrático hacia afuera, por más que tenga un gran “community manager” de redes sociales y un buen generador de contenidos y de narrativa. Creo que hoy la apuesta es a trabajar con coherencia sobre la comunicación, coherencia entre lo que creemos, lo que decimos y construimos y lo que mostramos y compartimos con los demás. Fíjate que hoy hay muchos discursos políticos que les cuesta posicionarse porque no tienen una posición política clara, entonces no sabes a quién le hablan, ni qué dicen. Además creo que hay una sed de verdad en los públicos, en los ciudadanos: hay sed de autenticidad, hay sed de verdad en la comunicación política.

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