Hoy se cumplen 25 años de los atentados que provocaron un cambio radical en la seguridad y la defensa de Estados Unidos y del mundo: el 11 de septiembre de 2001.
Ese día, cuatro aviones comerciales fueron secuestrados por miembros del grupo terrorista Al Qaeda y utilizados para atacar las Torres Gemelas y el Pentágono. En total, 2.977 personas murieron en una jornada que conmocionó al mundo y marcó un antes y un después en la historia de Estados Unidos.
Todo empezó a las 8.46 (hora local), un Boeing 767 de American Airlines impactó contra una de las Torres Gemelas de Nueva York. A las 9.03, un segundo avión se estrelló contra la Torre Sur del World Trade Center. Minutos después, otros dos aviones fueron secuestrados: uno impactó contra el Pentágono, en Washington, y el otro, que tenía como objetivo el Capitolio, terminó cayendo en Somerset, Pensilvania, luego de que los pasajeros intentaran recuperar el control de la aeronave.
El pánico paralizó al país: el espacio aéreo de Estados Unidos fue cerrado y todos los aviones en vuelo fueron obligados a aterrizar. La Casa Blanca fue evacuada de emergencia, mientras uno de los grandes íconos de la potencia y el poderío estadounidense se desplomaba ante los ojos del mundo. Las imágenes atravesaron generaciones y quedaron grabadas en la memoria colectiva: las tareas de rescate convivían con una enorme nube de humo, polvo, sustancias tóxicas, escombros e incendios, en medio de un nivel de desesperación nunca antes visto.
El mundo no volvió a ser el mismo después de ese día. En las horas posteriores al atentado, Estados Unidos identificó a Osama bin Laden y a la red terrorista Al Qaeda como responsables de la planificación. En un discurso televisado, el entonces presidente George W. Bush (2001-2009) anunció el inicio de una guerra global contra el terrorismoy aseguró que Estados Unidos no distinguiría “entre los terroristas que cometieron estos actos y quienes les amparan”. La lucha contra el terrorismo dejó de ser concebida únicamente como una cuestión policial y pasó a ocupar un lugar central en la política exterior y militar estadounidense.
Veinticinco años después, muchas de las estructuras creadas para impedir que volviera a producirse un ataque como aquel siguen funcionando, aunque el enemigo haya adquirido diferentes rostros a lo largo de los años. Las medidas de vigilancia, el análisis de los datos personales de quienes buscan ingresar al país, los controles aeroportuarios, el endurecimiento de las políticas migratorias y las guerras e invasiones posteriores quedaron incorporados en la sociedad estadounidense y en Occidente en general.
La transformación de la amenaza
Afganistán fue el primer escenario de esa nueva guerra. El 7 de octubre de 2001 Estados Unidos dio inicio a su operación más larga en el extranjero, que culminó el 31 de agosto de 2021. El objetivo era destruir las estructuras de Al Qaeda y expulsar a los talibanes del poder. Sin embargo, la intervención no logró eliminar la amenaza terrorista ni impedir que grupos extremistas volvieran a reorganizarse con el paso de los años.
El asesinato de Bin Laden en 2011 tampoco significó el fin de Al Qaeda. La organización continúa existiendo, aunque ha cambiado su forma de operar. Ya no tiene un mando único tan centralizado como antes y funciona mediante ramas locales y grupos afiliados.
Algo similar ocurrió con los talibanes. A pesar de dos décadas de intervención militar estadounidense, el grupo nunca fue verdaderamente derrotado. Tras la retirada de las tropas de Estados Unidos, los talibanes retomaron el poder y gobiernan nuevamente el país. La experiencia de Afganistán mostró así uno de los principales límites de la estrategia adoptada después del 11 de septiembre: la eliminación de determinados líderes o estructuras no necesariamente implica la desaparición de la amenaza.
Con el paso de los años, además, el terrorismo comenzó a adoptar formas cada vez más descentralizadas. Los grupos dejaron de depender exclusivamente de una estructura central y comenzaron a organizarse mediante células, ramas locales, redes digitales e individuos radicalizados. Este proceso puede verse con claridad en el surgimiento del Estado Islámico (también conocido como ISIS), una división radical de Al Qaeda que surge tras la invasión de Estados Unidos a Irak.
La guerra preventiva
Y ya que mencionamos a Irak, es importante reflexionar sobre su caso. Tras el 11 de septiembre, Bush instala la lógica de la guerra preventiva: una acción armada iniciada para neutralizar una amenaza antes de que el adversario concrete la ofensiva.
Estados Unidos justificó la intervención a partir de la acusación de que el régimen de Saddam Hussein (1979-2003) ocultaba supuestas armas de destrucción masiva. A su vez, se argumentó un supuesto apoyo a organizaciones terroristas como Al Qaeda. Con el tiempo, se comprobó que los pretextos eran falsos y nunca se encontraron pruebas de dichas armas ni de los vínculos entre Hussein y Al Qaeda.
Consecuentemente, la invasión a Irak generó un escenario de violencia, insurgencia y fragmentación que favoreció el surgimiento de nuevas formas de terrorismo. A su vez, las peores secuelas las sufrió la población civil: además de la muerte de miles de personas, la caída de Hussein desató una profunda crisis humanitaria y un vacío político, junto con una inestabilidad que repercutió en todo Medio Oriente.
Pasadas más de dos décadas desde estos acontecimientos, la lógica de la guerra preventiva continúa presente en numerosos conflictos actuales. A modo de ejemplo, desde hace varios años Estados Unidos e Israel acusan a Irán de poseer armas nucleares con fines de destrucción masiva. Entre diálogos y negociaciones que no evolucionaban de la forma deseada, el 28 de febrero de 2026 ambos países dieron inicio a la llamada Operación Furia Épica, con el objetivo de destruir el poderío militar iraní, incautar el uranio enriquecido y debilitar el régimen teocrático.
Los límites de la seguridad
La política de seguridad abierta tras el 11 de septiembre plantea una pregunta que hoy se mantiene más vigente que nunca: ¿hasta dónde puede llegar un Estado en nombre de la seguridad?
La lucha contra una amenaza considerada excepcional llevó a adoptar medidas excepcionales, pero el problema aparece cuando esas medidas dejan de ser temporales y pasan a formar parte de la normalidad. La seguridad es necesaria para proteger una democracia, pero también puede convertirse en una amenaza para los derechos que busca preservar.
En este marco, quizás el mayor legado del 11 de septiembre sea una transformación cultural. Las sociedades occidentales aprendieron a vivir en estado de anticipación, esperando el próximo atentado, ciberataque o sabotaje.
La seguridad dejó de ser una condición que simplemente se garantiza y pasó a convertirse en un proceso permanente de vigilancia y prevención. El desafío consiste ahora en encontrar un equilibrio: proteger a los ciudadanos frente a amenazas reales sin permitir que el miedo convierta las medidas excepcionales en parte permanente de la vida cotidiana o en la excusa perfecta para encubrir intereses geopolíticos y económicos.
