Cada 9 de mayo se conmemora el Día de la Victoria sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. En esa fecha, la mayoría de las antiguas repúblicas soviéticas realizan desfiles militares en conmemoración de la rendición de Alemania. Ese día no solo simboliza el final de un conflicto devastador en el frente oriental, sino también el enorme sacrificio humano que hizo posible la victoria.
Dentro de este esfuerzo colectivo, el papel de las mujeres soviéticas fue fundamental, pero infravalorado. En el ejército soviético participaron cerca de un millón de mujeres. Miles de ellas sirvieron como francotiradoras, pilotos, médicas, operadoras de comunicaciones, cocineras, lavanderas y muchas otras funciones que son esenciales en un contexto de guerra.
Ellas no fueron un simple adorno de la resistencia, ellas combatieron con valentía y una entrega sin límites. Eso nos muestra la escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, en su obra La guerra no tiene rostro de mujer (1985).
Cuando hablamos de la guerra, nuestra imaginación nos lleva a pensar en los hombres. Ellos suelen ser representados en libros y películas como héroes o villanos. Las mujeres, a lo sumo, son madres, hermanas o novias que dejan atrás para ir a la guerra.
Todo lo que sabemos sobre las guerras lo hemos aprendido a través de una voz masculina que las narró. En este sentido, Svetlana, vencedora del Nobel de Literatura en 2015, centra su obra en la experiencia íntima de las mujeres, cuya perspectiva fue omitida por la historia oficial.
La escritora comenzó su labor a partir de la recuperación y el registro de la memoria de aquel un millón de mujeres soviéticas que combatieron en el frente (y detrás) de batalla. Svetlana viajó por toda la Unión Soviética para conocer y hablar con estas mujeres. A pesar del tiempo transcurrido y la edad avanzada de todas ellas, tenían muchísimo para contar y nunca nadie las había escuchado con tanta atención.
En esa jornada, Svetlana visita casas, asilos y granjas donde se encontraban; comparte el té y escucha los ideales que las movieron: jóvenes que no estaban hechas para la guerra, pero que lucharon con una voluntad y una fe inquebrantables.
La guerra no tiene rostro de mujer desmitifica los relatos gloriosos de cualquier contienda. En palabras de la autora, en lo que narran las mujeres no hay casi nada de lo que estamos acostumbrados a leer o escuchar: cómo unas personas matan a las otras de forma heroica y finalmente vencen, o cómo son derrotadas. No importan las técnicas ni las figuras de autoridad. La guerra de las mujeres tiene sus propias palabras, sus colores, olores, iluminación y espacio.
“En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo seres humanos involucrados en una tarea inhumana”.
Cada mujer vivió su propia guerra y en esto hay varias contradicciones: para muchas, recordarla es doloroso, tienen pesadillas y ni siquiera pueden mirar películas al respecto. Otras, en cambio, recuerdan los romances y momentos de felicidad fugaces. El amor fue la forma de evadir el horror de la guerra. Muchas mujeres lucharon junto a sus esposos, otras conocieron a sus parejas en este contexto. También hubo quienes se enamoraron de hombres casados y, aferradas a ese amor, lograron sobrellevar la guerra; pero después fueron abandonadas.
Los recuerdos que marcaron a estas mujeres no fueron los momentos épicos, sino aquellos en los que les cortaron las trenzas, se vistieron como hombres, calzaron botas que casi siempre les quedaban grandes y vieron cómo sus cabellos se teñían de blanco con una rapidez prematura, porque la guerra no estaba hecha para ellas.
“Recuerdo los sonidos de la guerra. Todo alrededor retumba y choca, crepita por el fuego… En la guerra, tu alma envejece”.
Cuando el Ejército Rojo venció a las tropas de Hitler y todo comenzó a recuperar cierta normalidad, apareció una herida compartida entre las mujeres soviéticas que habían combatido: el desprestigio social. Esa fue la segunda guerra que tuvieron que enfrentar durante años. Svetlana muestra cómo la sociedad —hombres y mujeres por igual— trató a las veteranas. Muchas no lograban casarse y eran discriminadas por aquellas que permanecieron en casa. Se las acusaba de haber “robado maridos” y de convivir en un entorno masculino, reflejo del profundo machismo de la época.
“(…) Transcurrieron por lo menos unos treinta años hasta que empezaron a rendirnos honores… A invitarnos a dar ponencias… Los hombres eran los vencedores, los héroes; los novios habían hecho la guerra, pero a nosotras nos miraban con otros ojos. De un modo muy diferente… Nos arrebataron la Victoria, ¿sabes? Discretamente nos la cambiaron por la simple felicidad femenina. No compartieron la Victoria con nosotras”.
El silencio fue impuesto por el Estado y también por los hombres y mujeres a quienes ellas salvaron y defendieron. Por eso, el trabajo de Svetlana Alexiévich adquiere un valor inmenso. La guerra no tiene rostro de mujer reivindica a mujeres anónimas que se vieron obligadas a asumir el papel de heroínas, aunque nunca pudieron sentirse como tales. En el 81° aniversario del Día de la Victoria, recordemos la contribución femenina en uno de los capítulos más trágicos de la historia reciente. Aunque la guerra no tenga su rostro, la victoria lleva sus manos.
