Córdoba no es una marca ni una impresión grabada en la memoria, ni un sello de origen que se extingue por tensión de la piel: es mi configuración, es decir, mi lengua.
Tununa Mercado
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Tiene la Docta un río, y es un hilo
de agua apestosa que se arrastra lento;
la Catedral, confuso monumento
y la Universidad, que es un asilo.
Ciudad que pone en fobia al más tranquilo,
ciudad de “metejón” y aburrimiento:
tu virtud fue el “estrilo” de Sarmiento.
¡Ciudad de todo lo que causa “estrilo”!
Ir al cine, chismear, dormir la siesta,
hacer sobre política una apuesta,
contarle el abolengo al peluquero
¡Esa es tu vida cultural y artística!
¡Cuando te perderé, Docta, de vista!
¡Cuándo saldrá, Doctor, de este agujero!
Emilio Pizarro
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Las ciudades argentinas tienen la fisonomía regular de casi todas las ciudades americanas: sus calles cortadas en ángulos rectos, su población diseminada en una ancha superficie, si se exceptúa a Córdoba, que, edificada en corto y limitado recinto, tiene todas las apariencias de una ciudad europea, a que dan mayor realce la multitud de torres y cúpulas de sus numerosos y magníficos templos.
Córdoba era, no diré la ciudad más coqueta de la América, porque se ofendería de ello su gravedad española, pero sí una de las ciudades más bonitas del continente. Sita en una hondonada que forma un terreno elevado, llamado Los Altos, se ha visto forzada a replegarse sobre sí misma, a estrechar y reunir sus regulares edificios. El cielo es purísimo, el invierno, seco y tónico, el verano, ardiente y tormentoso.
En la plaza principal está la magnífica catedral de orden gótico, con su enorme cúpula recortada en arabescos, único modelo que yo sepa que haya en la América del Sur de la arquitectura de la Edad Media. A una cuadra, está el templo y convento de la Compañía de Jesús, en cuyo presbiterio hay una trampa que da entrada a subterráneos que se extienden por debajo de la ciudad, y van a parar no se sabe todavía adónde; también se han encontrado los calabozos en que la sociedad sepultaba vivos a sus reos. Si queréis, pues, conocer monumentos de la Edad Media y examinar el poder y las formas de aquella célebre Orden, id a Córdoba, donde estuvo uno de sus grandes establecimientos centrales de América.
En cada cuadra de la sucinta ciudad, hay un soberbio convento, un monasterio o una casa de beatas o de ejercicios. Cada familia tenía entonces un clérigo, un fraile, una monja o un corista; los pobres se contentaban con poder contar entre los suyos un betlemita, un motilón, un sacristán o un monacillo. Cada convento o monasterio tenía una ranchería contigua, en que estaban reproduciéndose ochocientos esclavos de la Orden: negros, zambos, mulatos y mulatillas de ojos azules, rubias, rozagantes, de pierna bruñida como el mármol; verdaderas circasianas dotadas de todas las gracias, con más, una dentadura de origen africano, que servía de cebo a las pasiones humanas: todo para mayor honra y provecho del convento a que estas huríes pertenecían.
Esta ciudad docta no ha tenido hasta hoy teatro público, no conoció la ópera, no tiene aún diarios, y la imprenta es una industria que no ha podido arraigarse allí. El espíritu de Córdoba hasta 1829 es monacal y escolástico; la conversación de los estrados rueda siempre sobre las procesiones, las fiestas de los santos, sobre exámenes universitarios, profesión de monjas, recepción de las borlas de doctor.
La ciudad es un claustro encerrado entre barrancas; el paseo es un claustro con verjas de fierro; cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes; los colegios son claustros; la legislación que se enseña, la Teología; toda la ciencia escolástica de la Edad Media es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia, contra todo lo que salga del texto y del comentario.
Córdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que Córdoba; ha oído, es verdad, decir que Buenos Aires está por ahí; pero si lo cree, lo que no sucede siempre, pregunta: “¿Tiene Universidad?, pero será de ayer; veamos: ¿Cuántos conventos tiene? ¿Tiene paseo como éste? Entonces eso no es nada”
En verdad que el viajero que se acerca a Córdoba busca y no encuentra en el horizonte a la ciudad santa, la ciudad mística, la ciudad con capelo y borlas de doctor. Al fin, el arriero le dice: “Vea ahí…, abajo…, entre los pastos…”. Y, en efecto, fijando la vista en el suelo y a corta distancia, vense asomar una, dos, tres, diez cruces seguidas de cúpulas y torres de los muchos templos que decoran esta Pompeya de la España de la Media Edad.
Fragmento de Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento
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Llegaron al bar L`Aiglon por la Avenida Olmos. Vetusta por un lado, desigual por el otro. Ríspida de muros dentellados, al principio. Esbelta de edificios uniformes, al centro. Sucia de baldíos ahogados de afiches, al final.
Toda Córdoba era así: doble faz, doble expresión, como el atleta que llora y ríe de Scopas. Rémora y progreso. Beata agazapada tras la reja española y flapper en traje de baño que propaga su encanto. Ranciedad y plein air. Propaganda de vírgenes y piletas…
Habían contemplado desde la terraza del Parque Sarmiento la sky-line de la ciudad. Y quedaron taciturnos: Desigualdad. Desequilibrio. Desarmonía. Iglesias insolentes rodeadas de casuchas de barro. Molinos enormes rodeados de ranchos de lata. Palacios modernos rodeados de casonas de teja…
Anduvieron después por plazas y calles. Ciudad grasosa de frailes obesos. Ciudad enteca de enfermos sin cama. Ciudad avispada de chicanas y arzobispada de dogmas. Les dolió la tozudez de bronce de los próceres locales y la ausencia de estatuas, exceptuando San Martín, de los grandes operarios de la nacionalidad.
Toda Córdoba era así: contrastes, sin nexos en el contrapunto. Incongruencias, sin unidad en lo opuesto. Algo irrefragablemente contradictorio…
Vivieron horas amargas, decepcionantes. ¡No era posible! ¿Dónde estaba la atracción que enfatizan los prospectos de turismo? ¿Dónde la belleza que velis nolis incrusta en los ojos la propaganda de los ferrocarriles? ¡Nada! Toda Córdoba era así: abolengo y sans façon. Doctoralismo y usura. Rezos y cocaína. Ciudad atascada de conventos y clandestinos. Ciudad que aspira a elevar su columna mental soplando por la espita universitaria… y no consigue que su espíritu se vea fuera del cerco de las barrancas. Ciudad aplastada por el marasmo burocrático, el olor a santidad del vicio y el tufo de las congregaciones…
Tácitamente, ya habían dispuesto irse. Abandonar esa olla de sofocaciones de toda índole…
Fragmento de Caterva, de Juan Filloy
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Vengo de Córdoba, vengo de una trinchera donde un grupo de hombres prieto y fuerte, con avizor sentido de las realidades históricas y con aguda comprensión del drama social y político que se desarrolla en América, y especialmente en este país, cree que esta América del Sur es el campo propicio de tremendos y cercanos desenlaces.
Deodoro Roca
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En Córdoba te debe atender el Diablo. Allá todo se hace a pulmón: escribís un libro y no sabés si alguien te va a publicar o a leer, hacés una obra de teatro y no sabés quién la va a ir a ver. Cualquier hecho artístico en Córdoba es un salto al vacío.
Camila Sosa Villada
