La sintonía fina del mundial

Entre la nostalgia de México 86 y los sensores de alta tecnología en 2026, el Mundial cambia sus pantallas pero mantiene intacta la pasión argentina.

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Comienza el mundial de fútbol y acto seguido nos empezamos a mandar mensajes para organizar una juntada que puede incluir, desde unos modestos mates, hasta un asado pantagruélico cuyo costo -igual de pantagruélico- puede ser pagado al carnicero con figuritas. Todo muy parecido desde hace décadas: Quien compra el fernet o el carbón, son un tema excluyente porque amamos ver la celeste y blanca corriendo detrás de la redonda. Se trata de una costumbre que se remonta a cuando Adán convenció a Eva que le deje invitar a sus amigos para ver el partido.

Cada Mundial trae cambios e innovaciones, pero todos terminan convertidos en una anécdota que permanecerá tatuada, a perpetuidad, en nuestras memorias.

Un golazo de la tecnología

Esta copa del mundo 2026 consolida avances tecnológicos inverosímiles, especialmente si los comparamos con las ediciones anteriores.

De la mano de la inteligencia artificial podremos acceder a análisis de datos en tiempo real. También habrá pelotas inteligentes, con un sensor que ayuda al arbitraje enviando datos quinientas veces por segundo, mientras que los gritos de “está en offside” serán silenciados por el sistema de Fuera de Juego Semiautomático, que establece la situación de cada futbolista en milisegundos. Por su lado, el VAR -ese enemigo de los debates posteriores en el bar con “B”- viene con avatares 3D de cada oponente y, como si fuera poco, los árbitros tendrán, muy a la manera de robocop, una cámara en su rostro. Los equipos, por su parte, implementarán estrategias apoyadas, también, en modelos generados por IA.

Los espectadores deberemos cuidarnos de no naufragar en un mar de información con muchas olas falsas, pero no serán todas malas noticias: habrá mayor accesibilidad y traducción inmediata del campo de juego para diferentes tipos de aficionados con discapacidades.

Partidos en alta definición cortados en pedacitos

Se trata del mundial más caro de la historia, un problema menos para quienes le veremos en casa. Acá podremos ver cada gota de sudor, así como la explosión de pequeñas hebras de pasto elevadas por un zurdazo certero, gracias a las tecnologías de alta definición en la transmisión. Las imágenes llegarán nítidas y prolijas a nuestros grandes televisores planos sin demora. Por su lado, las redes sociales irán invadiendo nuestra atención de forma simultánea y, para muestra, alcanza con mencionar que la FIFA invitó a 48 tiktokeros para que vayan haciendo sus pedacitos de pasión con sabor a pantalla, aptos para una población con mínima capacidad de atención.

Antes todo cabía en 20 pulgadas

No está en TikTok y la IA tampoco lo ha descubierto, pero el primer mundial que recuerdo fue México 1986. Nos acabábamos de mudar lejísimo, a las profundidades de la Recta Martinoli. Nuestra casa hoy ha sido demolida y convertida en estación de servicio. Aquel living donde Maradona hizo el gol más mágico de la historia hoy está habitado por surtidores de Shell y los lectores que vayan podrán optar por nafta premium donde ese niño que fui miraba los partidos en un televisor Hitachi de 20 pulgadas.

Ese aparato de tubo cambiaba los canales con botones mecánicos que hacían “clak!”, e indicaba que el Canal 10 estaba sintonizado, con una ventanita naranja. Antes de un acontecimiento de esta magnitud se procedía a una sintonización fina con una perilla que alguien, hábilmente, había puesto en la frecuencia justa. Calibrar la imagen era, sin que lo supiéramos entonces, un amoroso proceso de conexión muy profundo entre toda la platea familiar.

Como vivíamos lejos teníamos mala señal y la antena, además de poseer un extraño suplemento de aluminio, podía sufrir interferencias si alguien se movía, así que todo el mundo se quedaba más o menos quieto hasta el momento de los abrazos.

Los jugadores eran puntitos de colores muy similares a la tarea de puntillismo con papel glasé que nos obligaba a hacer la seño de Plástica, pero su magnetismo era igual o más poderoso que el actual.

A esa final de México 1986 la vimos calefaccionados con una estufa de kerosene que también servía para mantener la pava a temperatura mundialista. La expectativa era electrizante y como todos miraban el televisor, fui él único que notó un suceso inusual. La Renoleta de mis viejos, atraída por ese momento histórico, salió sigilosamente del garaje y sin que nadie lo percibiera, se asomó por la ventana para ver los últimos 10 minutos de ese histórico partido, cuando la Argentina batallaba contra Alemania Federal. Nuestro auto había elevado la trompa y sus faros redondos pudieron observar cómo Diego Armando Maradona hacía historia asistiendo al tercer gol que enloqueció al mundo entero.

Mientras llorábamos abrazados, después de contener la respiración hasta el final, nadie notó que la renoleta volvía a su lugar de origen esperando que la llevemos a celebrar nuestra alegría a la calle albiceleste.

Salimos tocando la bocina y saludando a los vecinos mientras la señal del televisor se volvía un sarpullido de hormigas grises y blancas. En ese momento no miramos por la luneta trasera cómo el tiempo demolía la casa en una proyección color sepia porque nos dirigíamos a este futuro tan nítido e instagrameable, tan falto de sintonía fina.

 

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