El cine tiende naturalmente a ser una herramienta de resguardo de la historia, arma de memoria que puede conjurar los planes de destrucción masiva que, cada tanto, orquesta el Estado cuando queda en manos de facciones autoritarias que pretenden imponer una única visión del mundo a toda la sociedad. Esta vocación supo ser parte de su naturaleza, al menos en la era analógica, donde un plano equivalía a proponer un encuentro con el mundo, ofrecer una mirada fugaz -pero potencialmente perenne- de la realidad en la que todo podía suceder, ya que el paso del tiempo tiende a resignificar las imágenes que un día alguien decidió filmar.
Hoy, como ayer, el cine argentino se encuentra bajo ataque de parte del Estado nacional pero también está demostrando una capacidad inusitada de respuesta ante sus planes sistemáticos de desaparición forzada. Al menos, es lo que está pasando en Córdoba, donde este año hemos visto algunas de las películas más ingeniosas y hermosas que se hayan registrado en nuestro suelo, donde el jueves se estrenará una obra imprescindible para pensar nuestra historia y sus reflejos en este presente acosado por la incertidumbre y la precariedad social planificadas nuevamente desde el Estado.
Se trata de “Para hacer una película sólo se necesita un arma”, de Santiago Sein, que se proyectará hasta el próximo miércoles en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49). Gesto de justicia poética que cruza el tiempo y las generaciones para rescatar vidas e imágenes que la última dictadura militar quizo desaparecer, el filme de Sein ofrece un acercamiento lúcido y emotivo a nuestro pasado cultural, cinéfilo y político a partir de un evento casi fortuito, que fue el hallazgo de decenas de latas con películas realizadas por estudiantes de cine entre los años ‘60 y ‘70 en el entonces Departamento de Cine de la Escuela de Artes de la UNC. Un material que se creía que había sido totalmente destruido por los genocidas, que en 1976 ocuparon, intervinieron y finalmente cerraron la institución tras perseguir, secuestrar y asesinar a parte de los docentes y estudiantes que la poblaban. Profesor de la misma casa de estudios y director del Centro de Conservación y Documentación Audiovisual (CDA) que se aloja en su ceno, Sein se propuso crear una película que hiciera justicia a los autores y protagonistas de esas filmaciones, cuyas historias particulares eran una verdadera incógnita, ya que todo el material estaba desordenado, maltratado o incluso dañado intencionalmente.
Luego de años de trabajo, el resultado es verdaderamente excepcional: una película que tiene la audacia de recurrir a la ficción para construir un puente hacia un pasado que los poderosos intentan sistemáticamente demonizar y rescatar del olvido a vidas maravillosas que el Gobierno más obtuso que haya dirigido nuestro país quiso cegar. A través de un diario ficticio que cuenta la vida cotidiana de los autores y protagonistas de las cintas, especialmente los estudiantes Rodolfo Wratny y los franceses Pierre Vigier y Gerard Guillemot, la película reconstruye no sólo los sueños, anhelos y peripecias que se ocultan detrás de las imágenes rescatadas sino que ofrece un viaje en el tiempo para que toda una época histórica se exprese a partir de ellas.
No resulta arriesgado afirmar que el encuentro con esa Córdoba bohemia, soñadora y rebelde, así como también con sus protagonistas -varios de ellos siguen desaparecidos-, resultará revelador para muchos espectadores, así como también los acompañarán perpetuamente en su memoria emotiva.
HDC: Empecemos por el hallazgo del material, ¿Cómo fue esa historia?
Santiago Sein (SS): El material fue hallado en Medios Audiovisuales, un sector del Pabellón Azul, en Ciudad Universitaria, durante una reforma edilicia en una zona en donde había boxes que se desarmaron para utilizar el espacio como un aula. Las películas estaban en cajas de cartón, algunas en latas, otras sueltas. Luciano, integrante del CDA, pasó por el lugar y vio que estaban separando eso junto a equipos y elementos en desuso. Se llevó las cajas con películas y las guardó en un depósito del CDA. Cuando empezamos a inspeccionar el material, nos encontramos con la sorpresa de que algunas latas tenían nombres de cortometrajes realizados por el Grupo Piloto -un histórico colectivo cinematográfico fundado en 1964 en la Escuela de Artes de la UNC-. Ahí nos dimos cuenta de la importancia que tenían esas películas.
HDC: ¿Cuál fue el rol del Centro de Conservación y Documentación Audiovisual (CDA) de la Facultad de Artes?
SS: EL CDA nació como un proyecto para recuperar el archivo fílmico de los SRT. En 1994 se trasladó el acervo de Canal 10 al Departamento de Cine y TV de la facultad. Años después se creó el centro y se destinó un espacio que incluye una bóveda climatizada para conservar fílmico. Con el tiempo, se fueron incorporando otras colecciones y materiales en diferentes soportes. En los últimos años estamos intentando recuperar obras cinematográficas producidas en Córdoba.
Para recuperar esos materiales, como era un gran volumen (aunque no todo el material era relevante), armamos un equipo con ayudantes alumnos (muchos del Centro de Producción Audiovisual -CPA-) para trabajar en un primera etapa de limpieza e inventario, antes de llevar las películas al CDA. Gran parte de las películas tienen una patología conocida como “síndrome de vinagre”, por lo que no podemos guardarlas en el mismo espacio que las películas “sanas”. Luego de ese primer proceso, se hizo una limpieza más profunda y se montaron los rollos, reemplazando empalmes. Realizamos la digitalización en baja de los materiales que podíamos reproducir en la máquina de telecine. Esto nos permitió ver buena parte del contenido. En paralelo iniciamos un trabajo de investigación para identificar las obras y sus autores, y contextualizar el periodo, para conocer las condiciones de producción, tanto materiales como históricas. Ese trabajo lo realizamos como parte del proyecto de investigación “Artes, memorias y proceso creativos: Investigación/producción y divulgación de memorias locales de procesos artísticos y luchas políticas”. Nos concentramos específicamente en las obras que pertenecieron a la Cinemateca de la Escuela de Artes, que se encontraba en el Pabellón México hasta el cierre del Dpto. de Cine y TV. En el CDA se conservan ahora esas películas y una parte de lo que cuenta la película es el hallazgo, la investigación y el proceso de trabajo para recuperarlas.
HDC: ¿Cómo surgió la idea de hacer esta película?
SS: Desde un primer momento fuimos registrando todo el proceso de trabajo. Hay imágenes incluso del primer día, acomodando las cajas, armando un espacio de trabajo. También cuando Oscar Moreschi, profesor de la casa de estudios, reconoce las latas con los documentales del Grupo Piloto. Pero esos registros se hicieron pensando en documentar las actividades que llevábamos adelante. La idea de hacer una película surgió al descubrir una serie de rollos que contenían imágenes de actos políticos, manifestaciones, protestas. Era un material totalmente desconocido para mí y a partir de esas imágenes fuimos descubriendo la historia de un grupo de estudiantes y docentes de cine que habían formado parte de distintas experiencias de cine militante como Cine de la Base y Cine Liberación. Por otro lado, fue igual de sorprendente descubrir que había existido una cinemateca en la Escuela de Artes y que una parte de sus obras habían sido destruidas o saqueadas durante la dictadura militar. La película surgió de esos dos descubrimientos. En un principio era una especie de ensayo, que hablaba sobre el clima de época y la historia de esos materiales. Con el tiempo se fue transformando, aparecieron algunos personajes que tomaron centralidad en el relato y también la idea de dividir la película en tres capítulos, cada uno con elementos diferentes desde lo formal y lo narrativo.
HDC: Precisamente, la gran pregunta tiene que ver con la creación de esa voz ficcional que termina organizando la película y reconstruyendo la historia de los protagonistas detrás de esos materiales, ¿cómo construiste ese personaje ficcional?
SS: Los rollos que encontramos con cine político, en su mayoría, no tenían sonido. Y gran parte del material sonoro, las cintas abiertas, el magnético perforado que apareció, estaba en muy mal estado de conservación, prácticamente irrecuperable. De esa frustración y del hecho de ver constantemente a una persona en los márgenes del encuadre grabando sonido, surgió la pregunta de ¿quién era aquel sonidista? y ¿qué hubiéramos encontrado en esas cintas? La primera pregunta pudimos contestarla, el sonidista era Rodolfo “Rudy” Wratny y la respuesta de la segunda pregunta intentamos contestarla construyendo la narración que imaginamos podía existir en esas cintas. El límite es la verosimilitud que nos delimita el universo que pudimos reconstruir a partir de los testimonios y los documentos que recopilamos.
HDC: ¿Qué investigación hubo detrás de esa construcción? ¿Cómo buscaste hacerles justicia?
SS: Para la investigación realizamos alrededor de 20 entrevistas. Por otro lado escaneamos los libros de actas de la Escuela de Artes del periodo, buscamos en otros archivos de la universidad y recopilamos folletos, catálogos, fotografías y todo tipo de documentos vinculados a ese grupo de estudiantes y docentes. A partir de esos materiales, pero especialmente de los testimonios, pudimos conocer los intereses, las ideas, las actividades de un grupo de jóvenes que amaban el cine, especialmente los integrantes de la primera promoción de la carrera de cine, posterior al Grupo Piloto. Me sorprendió que a muchos de ellos no los había escuchado nombrar nunca, a pesar de que habían tenido una trayectoria incluso como docentes del Departamento de Cine y TV. Me pareció que era un acto de justicia contar su historia y que esos fragmentos de películas, muchas sin terminar, vean la luz y sean la materia prima para construir ese relato.
HDC: ¿Qué buscaste lograr con ese relato ficcional? ¿Cuáles fueron tus objetivos?
SS: Por un lado, me interesaba reflejar ese momento de cambio que se produce en algunos de estos cineastas, especialmente a partir del Cordobazo, de abandonar el cine de ficción y comenzar a militar y trabajar sobre un registro documental que ponía el acento en las luchas obreras, la represión, los levantamientos populares. Por otro lado, fue una forma de encontrar más libertad a la hora de trabajar con los fragmentos de películas e intentar construir a partir del montaje una obra que estuviera a la altura cinematográficamente de esos materiales tan potentes y tan bellos a la vez.
HDC: El otro gran desafío de la película es el montaje, ya que trabajan con muchos materiales, contanos ¿cómo fue ese proceso?
SS: Fue un proceso complejo, por el volumen de los materiales y por el hecho de que mientras trabajábamos en el montaje, seguíamos con la investigación y aparecían datos que podían resignificar algunas imágenes: algo que antes nos había pasado desapercibido ahora adquiría otra importancia. Hubo dos grandes etapas y muchos cortes, en la segunda etapa la película tomó la forma que tiene actualmente. También con esos cortes fuimos a varias instancias de wips (instancias de presentación de proyectos en curso tituladas Work in Progress) como el del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, el Finaliza Lab (Bolivia) o el FICER. En general fue un trabajo de escritura y selección de materiales, que se retroalimentaba, en paralelo al montaje. Pruebas, construcción de secuencias, descartes, hasta que en un momento la película, que siempre fue muy indócil, empezó a tomar forma y cada parte empezó a acomodarse en la estructura que íbamos construyendo con Lucía Torres Minolo, la montajista.
HDC: La película reivindica un pasado de Córdoba que resulta antagónico respecto al presente que vivimos, ¿qué búsquedas hubo al respecto?
SS: Durante todo el proceso sentimos que la película dialogaba con el presente. Los protagonistas de la película, los autores de esas imágenes, eran un grupo de jóvenes que amaban el cine y lo intentaron hacer bajo las circunstancias más difíciles. Y esa experiencia se vio frustrada por la persecución política, por la cárcel, por el exilio e incluso la muerte. En una época en que el avance de la derecha ha puesto en discusión algunos temas que creíamos saldados y desde el propio Estado se promueve el negacionismo con respecto a los crímenes de la última dictadura, nos pareció necesario poner el foco en la dimensión política de esos materiales. Si al proyectar las imágenes recuperadas nos encontramos con decenas de personas desaparecidas, si los responsables todavía siguen en silencio y se identifican restos y se recuperan nietos apropiados, está claro que es necesario traer el tema una y otra vez al presente. Ni siquiera traerlo, porque 50 años después esas historias aparecen, están ahí, en un rollo de película, en un legajo, en un fragmento de hueso. No nos van a dejar tranquilos. No termino de sorprenderme del empeño que ha puesto la dictadura en la tarea de hacer desaparecer una parte de nuestra cultura: su historia, las obras, los nombres de sus autores y hasta los cuerpos. Y en algún momento fue muy efectiva. Pero estamos acá para conjurar ese destino. Es interesante volver a ver las imágenes de una Córdoba movilizada, combativa, en la que las palabras socialismo y revolución generaban entusiasmo.
HDC: Hay un personaje nefasto de esa historia que aparece en la película y es Federico Alegre, un estudiante que delató a sus compañeros, ¿por qué decidiste incluirlo?
SS: Porque ese personaje era clave para comprender lo que había pasado con las películas de la Cinemateca, con los equipos de la Escuela de Artes y también con el destino de muchos de sus autores. Cuando era estudiante, había escuchado que los militares se habían llevado la moviola de la escuela y habían destruido las películas que habían producido los estudiantes, pero parecía una especie de leyenda. Lo que sucedió es que a partir de documentos y testimonios, pudimos ponerle un nombre propio a uno de los responsables y comprobar que es una persona vinculada a las fuerzas de seguridad que efectivamente había quedado a cargo de la Cinemateca luego del cierre de la carrera y que el Tercer Cuerpo de Ejército se había llevado los equipos para hacer una película de propaganda.
HDC: Por último, en la parte final incluís entrevistas a algunos de los protagonistas sobrevivientes, ¿por qué los elegiste y qué aportan a la película?
SS: Elegí esos testimonios porque me pareció que permitían sintetizar el clima que se había vivido en la Escuela de Artes y en Córdoba en los meses anteriores y posteriores al golpe de Estado. Pero sobre todo porque en sus relatos aparecía el personaje de Alegre como una figura central en la Escuela en medio de ese estado de paranoia, de miedo, de delación que se vivía durante la intervención de la Escuela y su cierre posterior. Me interesaba desarrollar ese tema a partir de quienes lo habían vivido de cerca y también de los documentos que daban cuenta de algunos de los sucesos que se relatan. Fue muy importante encontrarme y poder conversar estos temas con ellos, especialmente con quienes habían sido luego docentes míos en la carrera de cine. Esas charlas me permitieron comprender la dimensión de la tragedia que habían vivido y también que hay algo que nos une a las distintas generaciones de cineastas cordobeses, una serie de dificultades y ciclos que se repiten, y cierta cohesión alrededor del cineclubismo que mantiene latente las intenciones de hacer películas hasta que aparece la oportunidad o se generan las condiciones para hacerlas.
