Argentina volvió a ganar y volvió a hacerlo de la mano de Lionel Messi. Cuando atraviesa sus últimos días con 38 años –el miércoles celebrará su cumpleaños número 39–, el astro rosarino recuerda una vez más que es un genio inagotable. Ayer marcó un doblete que rompió el récord del alemán Miroslav Klose para subirse en soledad a la cima de los máximos artilleros en los mundiales. Además, fue otra vez la figura de un equipo que, si bien no está deslumbrando, maneja un temple inigualable para atravesar los escenarios complejos.
Porque el desarrollo en el estadio de Dallas presentó un panorama adverso desde el amanecer del encuentro. A los ocho minutos, el penal fallado por el número diez actuó como un bloqueador anímico. Ante la mirada desafiante del arquero Alexander Schlager, la pelota se fue ancha y, con ella, los dirigidos por Lionel Scaloni parecieron sumergirse en un estado de confusión temporal.
Durante un largo tramo de esa etapa inicial, el conjunto europeo que dirige Ralf Rangnick sacó a relucir las acciones de la “gegenpressing”, administró la pelota y merodeó con cierto peligro el arco de Emiliano Martínez.
Sin embargo, los equipos que marcan época son aquellos que logran mutar cuando el plan original no fluye. Pasada la media hora, Argentina ajustó las líneas, recuperó su habitual red de pases y empujó a su rival contra el área. A los 38 minutos, una asociación por izquierda, como lo fue aquella que tuvo con Jordi Alba, ahora cambió de intérprete: fue el ex Talleres Facundo Medina quien centró; Almada, con ojos en la espalda, la dejó pasar; y el 10, siempre en el lugar donde pide la jugada, apareció por el centro del área y cruzó un remate preciso contra el palo para abrir el marcador, destrabar el nudo táctico y empezar a escribir su nueva página dorada. La vasta rutina de lo extraordinario. Es que como bien dijo el DT Scaloni post partido: “Es impresionante. Ya no sé qué más decir”. Todo lo que se puede decir está en su fútbol.
Ese remate cruzado contra el palo no fue un grito más; fue la reconfiguración de la historia. Con esa conquista, el rosarino rompió el empate que mantenía con el alemán Miroslav Klose y, un rato más tarde, con el rebote del segundo tiempo, elevó la vara a 18 tantos para subirse en absoluta soledad a la cima de los máximos artilleros. Un competidor insaciable que, en su sexta Copa del Mundo y a horas de soplar 39 velas, sigue devorando marcas con la vigencia de quien conoce todos los secretos del área.
Jerarquía para sellar la clasificación
Ya en el complemento, la tesitura del compromiso adquirió otra fisonomía. Con la ventaja en el marcador y el reloj como aliado, la selección durmió el partido bajo la suela, apelando a la tenencia de la pelota para apaciguar el ímpetu austríaco, que incomodó al “Dibu” con un tiro libre lejano de Marcel Sabitzer. El banco de suplentes funcionó como una inyección de oxígeno: los ingresos de Nicolás Otamendi, Julián Álvarez y Nicolás González sirvieron para blindar la estructura y defender la diferencia en un encuentro de mucho roce.
Los embates desesperados de Austria, traducidos en una lluvia de pelotas largas, chocaron de frente contra una última línea que se erigió como una muralla. Y en el cierre de la historia, cuando el mediodía de Dallas amenazaba con bajar el telón, el destino le tenía guardado un último guiño al rosarino. Oportuno y voraz, la Pulga capitalizó una serie de rebotes en el área chica para firmar el 2 a 0 definitivo. Un grito de desahogo para una selección que no brilla, pero que destaca por la estela luminosa de Lionel Andrés Messi.
Esa misma luz es la que ahora le permite a la Argentina mirar el horizonte con la tranquilidad de tener el pasaje asegurado a los dieciseisavos de final. El próximo sábado, frente a Jordania, el equipo buscará dar el último paso de esta primera etapa para adueñarse del primer puesto y confirmar que, ya sea desde la tenencia o desde el “saber sufrir”, la autoridad sigue intacta.
