Tirria: una comedia fuera de lo previsible sobre el fracaso de sostener las apariencias

La obra protagonizada por Diego Capusotto, Graciela Stefani y Rafael Spregelburd regresó al Teatro Ciudad de las Artes con una segunda temporada que combina lo absurdo, la sátira social y homenaje a las comedias de teléfono blanco del cine argentino.

Tirria: una comedia fuera de lo previsible sobre el fracaso de sostener las apariencias

Tirria volvió a desplegar una de esas experiencias teatrales que parecen antiguas y contemporáneas al mismo tiempo. La obra dirigida por Carlos Branca abrió su segunda temporada en Córdoba reafirmando algo poco habitual en tiempos de fórmulas previsibles: todavía existe un teatro que, saliéndose de lo mainstream, es capaz de hacer reír mientras incomoda.

Desde el comienzo, la pieza juega con ese delicado equilibrio entre lo ridículo y lo perturbador. Los Sobrado Alvear, una familia patricia venida a menos, sostienen una mentira: cada verano aparentan viajar a Europa cuando, en realidad, sobreviven escondidos dentro de los baúles de su propia mansión, alimentándose de arroz con leche y recuerdos de una grandeza extinguida. Afuera quedan las postales inventadas, los relatos armados y el simulacro social; adentro, el derrumbe.

El espacio elegido no es un detalle menor. El Teatro Ciudad de las Artes recibe a la compañía con sus líneas imponentes, una acústica que convierte cada susurro en acontecimiento y una comodidad que permite al espectador entregarse por completo al mundo que se despliega en escena.

El elenco que comanda Diego Capusotto, Graciela Stefani y Rafael Spregelburd es una máquina de precisión cómica y dramática. Capusotto, interpreta a Hilario, desde una devoción inquietante. El actor, encarna con maestría ese humor y tensión entre lo patético y lo entrañable. Stefani aporta una contención que explota en los momentos exactos y redirige constantemente.

Otro personaje a destacar es el de Daniel Berbedés, que habita un personaje de retirado, y preocupado por el honor de la familia y su apellido, sabiendo exactamente donde aflojar y rematar. Los acompañan Juano Arana, Eva Capusotto, y Galo Politti, conformando un ensemble que no tiene eslabones débiles. 

 

El título de la obra no es casual. La “tirria” es ese rechazo persistente, esa antipatía profunda que muchas veces se vuelve obsesiva. Y justamente ese sentimiento atraviesa toda la pieza: la tirria hacia la decadencia, hacia el fracaso, hacia la pobreza y, sobre todo, hacia la posibilidad de aceptar la realidad tal como es.

Los personajes viven atrapados entre el odio a lo que se han convertido y la necesidad desesperada de seguir fingiendo una vida que ya no existe, pero que todavía podría existir para aquellos que no lo saben. Esa es su esperanza y su premisa aferrada. Esa tensión constante convierte a la obra en algo mucho más oscuro de lo que aparenta detrás de sus momentos cómicos.

La premisa podría sonar disparatada si no estuviera atravesada por una fibra profundamente argentina: la obsesión por aparentar incluso cuando ya no queda nada que sostener. Allí es donde Tirria encuentra su mayor potencia. La obra nunca cae en el golpe fácil ni en la caricatura vacía; utiliza el absurdo como un espejo deformante donde el público termina encontrando algo demasiado familiar.

La pregunta que atraviesa la obra aparece entonces inevitable: ¿los Sobrado Alvear están atrapados por la ruina o por la necesidad de seguir creyendo en la ficción que inventaron?

La obra se inscribe deliberadamente en la tradición del grotesco criollo y le rinde homenaje a las comedias de «teléfono blanco» del cine argentino de los años cuarenta y cincuenta: ese universo de salones elegantes, conflictos de clase disimulados con buenos modales y personajes que se destruyen sonriendo.

Nine y Giampaolo conocen esa herencia y la actualizan con guiños al presente que el público capta y celebra. Referencias históricas, alusiones a la Argentina de hoy, un juego permanente entre el pasado y el ahora que dota a la pieza de una vigencia que trasciende el mero ejercicio nostálgico.

La puesta de Branca incorpora recursos del cine dentro del teatro: pantallas, encuadres, una conciencia del dispositivo que hace que los personajes parezcan saber que están siendo observados. No es un recurso decorativo: esa mirada duplicada potencia la pregunta central de la obra: ¿quién sostiene la ficción para quién? ¿Los Sobrado Alvear engañan al mundo o se engañan a sí mismos? ¿Hilario cuida a la familia o la tiene atrapada?

En tiempos donde gran parte del teatro comercial apuesta a fórmulas seguras y relatos previsibles, Tirria decide correrse de lo mainstream para recuperar algo clásico y reinventarlo. Y justamente ahí radica su mayor novedad.  Hay algo profundamente refrescante en una comedia que no tiene miedo de incomodar, que se permite el absurdo sin perder el rigor, que hace reír sin renunciar a la pregunta.

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