Esta es la historia de mi amiga Anna Nitchenko (33), una ucraniana “incorrecta”. Así se definió al reflexionar sobre su identidad y su nacionalidad, atravesadas por disputas y guerras que la llevaron a reconstruir su vida a miles de kilómetros de distancia, en Córdoba.
Anna nació en la península de Crimea, actualmente en el centro de uno de los conflictos geopolíticos más intensos del siglo XXI entre Rusia y Ucrania. Aunque la comunidad internacional la reconoce mayoritariamente como parte del territorio soberano ucraniano, Rusia ejerce el control político y militar de facto tras su anexión en marzo de 2014.
“La mayoría de las veces respondo que soy ucraniana, pero no porque realmente me considere así, sino porque para la gente es más fácil de asimilar. Yo me considero crimea. Nací en Crimea y, para mí, la historia de Crimea nunca ha estado asociada a la historia de Ucrania. A lo largo de su historia, Crimea ha sufrido tantas conquistas y tiene una cultura tan rica… Además, la gente nunca hablaba ucraniano. Solo la televisión hablaba siempre en ucraniano. Desde pequeña lo entendía, pero no sabía hablarlo. Es extraño ser parte de Ucrania y, al mismo tiempo, sentirse separada”, explicó Anna en una entrevista con Hoy Día Córdoba.
La distancia con la identidad ucraniana no significa, sin embargo, que desconozca esa cultura. Por el contrario, Anna creció familiarizada tanto con lo ruso como con lo ucraniano. “Sé ruso porque mi madre lo hablaba, conozco la literatura, las canciones y a las celebridades. Pero también conozco el idioma ucraniano, la literatura, las canciones, el himno y la historia. Todo esto lo sé porque en Crimea había suficiente tanto de uno como de otro”, señaló.
Pero conocer y convivir con ambas culturas no evitó que, a lo largo de su vida, atravesara distintas situaciones en las que sintió que otras personas intentaban decidir por ella si era más ucraniana o rusa.
Identidad bajo sospecha
En 2010, cuando salió de Crimea para estudiar en Ternópil, una de las principales ciudades del oeste de Ucrania, comenzó a experimentar esa tensión de manera más directa. Sus compañeros la cuestionaban por no hablar ucraniano, no seguir la situación política y no sumarse a las protestas. Para ellos, recuerda, no era “suficientemente ucraniana”.
Cuatro años después, mientras cursaba el cuarto año de Pedagogía y estudiaba Filología Ucraniana y Literatura, Crimea fue anexada por Rusia. “Dijeron que hubo un referéndum, que la gente decidió, que todo fue voluntario. Sin embargo, no hubo nada voluntario allí”, señaló. Amigos militares le contaban lo que estaba ocurriendo: hombres armados tomaban las unidades ucranianas mientras sus jefes les ordenaban a los soldados que no intervinieran. “En esencia, fue una entrega de Crimea, rápida y planificada”, sostuvo.
Pero sus compañeros de facultad lo veían de otra manera. Según la entrevistada, para ellos, que Crimea pasara a formar parte de Rusia también era responsabilidad suya, simplemente por ser crimea y no haber hecho nada para impedirlo.
“Empezaron a amenazarme de muerte. Unos chicos me mostraban manoplas y decían que vendrían a golpearme hasta matarme. En la residencia de estudiantes empecé a acostarme con un cuchillo al lado de la cama”, recordó.
Si bien Anna destaca que no todos eran así y que se trataba de personas aisladas, salir se convirtió en una situación de peligro para ella, que, al no soportar ese ambiente hostil, decidió trasladarse a una universidad en Crimea.
“Cuando me fui, escuché palabras sobre traición y no sentí culpa, sino ira. El Estado nos traicionó, entregó Crimea tranquilamente a Rusia. El Estado no pudo proteger a sus ciudadanos y la culpable era yo”, expresó.
La sensación de estar permanentemente bajo sospecha continuó incluso en su regreso a Crimea. En la frontera que se estableció entre la península y el resto de Ucrania, un guardia fronterizo comenzó a interrogarla: “¿Sos separatista? ¿Vas a ver a traidores? ¿Sos una traidora? ¿Hablás ruso?”. “Empecé a hablar en un ucraniano impecable y él se calló. Me dejó pasar sin más preguntas estúpidas”, recordó. Sin embargo, aquel episodio le dejó una pregunta que todavía resuena en sus pensamientos: “¿Soy una traidora por ir a mi casa?”
“Soy una ucraniana ‘incorrecta’”, afirma Anna. No habla ucraniano en su vida cotidiana, tampoco les enseña el idioma a sus hijos ni les transmite las tradiciones ucranianas. Dice que otras personas ya se lo han señalado, pero ella reivindica la identidad con la que creció: “Crecí en Crimea y ahora les transmito a mis hijos lo que me rodeaba precisamente allí, además de estudiar las tradiciones, el idioma y la cultura de Argentina, porque vivimos aquí. ¿Soy una traidora por llevar a mis hijos, en mi opinión, a un lugar seguro y enseñarles lo que necesitarán precisamente aquí? Si es así, llevo ese título con orgullo”, destacó.
Crimea, entre Rusia y Ucrania
Y es precisamente esa Crimea en la que creció la que Anna recuerda como un lugar muy distinto al que se convertiría después de 2014. La describe como una península turística que se llenaba durante los meses de verano y permanecía bastante tranquila en invierno. Según ella, “todo estaba en abundancia”. Sobre las semanas de la anexión, cuenta que la mayoría de la gente estaba desconcertada, pero tranquila. Sin embargo, quienes intentaban salir a protestar eran duramente reprimidos y, con el tiempo, dejaron de hacerlo. “Todos entendían que ir en contra de las personas que, en un par de días, dijeron ‘Crimea es nuestra’ era como firmar su propia sentencia de muerte”, afirmó.
Para Anna, uno de los primeros indicios de que Crimea ya no volvería a ser como antes llegó en noviembre de 2015, cuando la península quedó sin electricidad. “La gente, por supuesto, se adaptó rápidamente, pero fue una gran bandera roja de que ya no volvería a ser como antes. A partir de ese momento, fue peor cada año”, recordó.
Sobre la identidad de la población, Anna asegura que, antes de 2014, nadie a su alrededor se planteaba si era ruso o ucraniano. La idea de pertenecer a Rusia, dice, tampoco estaba presente en su familia. Todo cambió en los días previos al referéndum, cuando comenzó a instalarse la posibilidad de formar parte de Rusia y cada vez más personas empezaron a manifestar su apoyo a esa opción. “Antes de eso, a la gente le daba igual”, afirmó.
También destaca que, en los días previos a la anexión, Rusia logró atraer a parte de la población con promesas de libertad, prosperidad y estabilidad. Luego, se realizó el referéndum y, tras anunciarse los resultados, se les comunicó que “por mayoría de votos ahora eran rusos”. Según su relato, Rusia les quitó las armas a los militares y les exigió que aceptaran el nuevo poder, mientras que Ucrania amenazó con juzgarlos por traición a la patria.
Actualmente, sostiene que en su círculo íntimo no hay personas con un perfil patriótico que quieran que Crimea vuelva a formar parte de Ucrania. “En este momento ya nadie quiere nada, solo quieren que terminen los bombardeos. Personalmente, jamás vi que alguien me dijera: ‘quiero que Crimea vuelva a unirse a Ucrania’. Pero antes tampoco escuché a nadie decir que quería que Crimea se uniera a Rusia”, expresó.
Anna sabe que esto no suena muy patriótico, pero esta es la historia de una ucraniana “incorrecta”. “Cuando fui a Georgia después de la guerra, no podía entender quién era. Porque me acuerdo de las chicas en Ternópil, de cómo amaban a su país, con qué orgullo hablaban. Y yo amo Crimea. Antes se llamaba República Autónoma de Crimea. De chica pensaba que era un país independiente”, recuerda. “Para sentirse ucraniana en Crimea se tienen que dar muchas condiciones que no se cumplieron”, sostiene.
En este marco, la entrevistada expresó que desde 2014 todo lo que siente es incomprensión y una enorme desilusión. “En ese momento Ucrania no tenía fuerzas para dar pelea y había personas en el poder que, por un lado, permitieron todo esto y, por otro, estaban en connivencia con el gobierno ruso, pero después le exigían a la gente común que resolviera todo. Yo me mantuve al margen tanto del Estado ruso como del ucraniano. Ni allí, ni allá, el Estado me protegió”, consideró.
Asimismo, para Anna, esa historia no terminó en 2014. El conflicto actual, iniciado con la invasión rusa a gran escala en febrero de 2022, tiene en realidad su punto de partida en ese año, sostiene. En esa línea, considera que Crimea es el punto decisivo de la guerra. “Quien se quede con ella habrá ganado la guerra”, opina.
Acerca de la guerra, afirma que Ucrania lucha por su supervivencia, mientras que Rusia lo hace por su reputación, aunque considera que ya la perdió hace mucho tiempo. “Para Ucrania, esta invasión es una tragedia enorme; para el Estado ruso y la propaganda, es una payasada. Lo que dicen es tan contradictorio e inhumano que todavía no puedo entender qué está haciendo Rusia”, manifiesta.
En cuanto al futuro, Anna espera una capitulación completa de Rusia, reparaciones, arrepentimiento y una rectificación, aunque reconoce que “eso es algo del orden de los sueños”.
Mientras tanto, la guerra también atraviesa a su familia. Tiene familiares en Crimea y en otros territorios afectados, para quienes los ataques, las muertes, el estrés y la incertidumbre se han vuelto parte de la vida cotidiana. “Han aprendido a vivir con eso. Es una forma de sobrevivir”, afirma.
Un nuevo hogar lejos de la guerra
Al mirar hacia atrás, Anna confiesa que es difícil volver a recorrer ese camino. La Crimea de su infancia, ese lugar con el que se identificaba y que siempre adoró, ya no existe para ella como antes.
Atravesada por la guerra y por una identidad que nunca terminó de encajar, decidió reconstruir su vida muy lejos, en Córdoba, Argentina. Y en ese proceso, también tuvo que redefinir su idea de hogar.
“Para mí, el hogar son mis hijos y mi esposo. Hace mucho que abandoné la idea de que puedo regresar y que todo estará bien. Mi tarea es proporcionarles a mis hijos seguridad y un buen futuro, lo cual no veo en mi país”, explica.
Esa decisión también está atravesada por la sensación de que lo ocurrido ya no tiene reparación. Anna afirma que el Estado destruyó su vida y la de muchas otras personas, y que hay cosas que jamás se arreglarán.
“A veces me invade la melancolía por lo que me arrebataron descaradamente, pero si me quedo en ese sentimiento, me quitarán también el futuro. El hogar está donde estamos mi familia y yo”, concluyó.
