“Lo que sé es una mezcla de lo que leí después y lo que viví de chica. Mi abuela me contaba cosas que te ponen la piel de gallina”, recordó Anna Nitchenko (33), ciudadana ucraniana oriunda de Crimea, que reside en Córdoba desde 2024. ¿A qué se refiere? A una de las grandes catástrofes del siglo XX: el accidente nuclear de Chernóbil.

Ocurrió un 26 de abril de 1986 y este domingo se cumplen 40 años. Un mundo conocido se volvió desconocido. El hecho en sí fue a causa de un error humano durante una prueba de seguridad en el reactor número cuatro de Chernóbil, en el norte de Ucrania, que en ese entonces formaba parte de la Unión Soviética.
Sin embargo, por detrás del error humano, existieron fallas en el diseño del reactor, además de la ambición desmedida del Estado. El desastre fue un síntoma de un sistema que priorizaba el prestigio sobre la vida de su población. Se ocultó la gravedad del accidente para mantener la imagen de la Unión Soviética como una potencia científica inigualable, especialmente en el contexto de la Guerra Fría.
“En esa época, la propaganda decía que el átomo era ‘totalmente seguro’, así que la gente no tenía miedo. Por eso, cuando pasó el accidente, el gobierno se calló. Mi abuela recordaba algo muy surrealista: de repente, empezaron a lavar las calles y los árboles con espuma, y nadie entendía por qué tanta limpieza de golpe; era una amenaza invisible”, explicó Anna.
Según testimonios y análisis, la arrogancia de los supervisores y la falta de consideración por las opiniones de los técnicos subalternos, provocaron que se forzara el reactor RBMK-1000 más allá de sus límites durante un experimento de seguridad no autorizado.
La explosión destrozó el interior del edificio y lanzó una nube de humo radiactivo a la atmósfera. En los días siguientes, Ucrania, Bielorrusia y Rusia fueron contaminadas gravemente, antes de que la nube se expandiera por toda Europa. La primera alerta pública se conoció dos días después, el 28 de abril, cuando Suecia detectó un pico en los niveles de radiación en su territorio.

Asimismo, el ocultamiento de la verdad impidió que las consecuencias sobre la población se comunicaran adecuadamente en las horas críticas tras la explosión. La evacuación de Prípiat -ciudad fundada para los trabajadores de la planta, a pocos kilómetros de la central de Chernóbil- se retrasó cerca de 40 horas, priorizando la burocracia sobre la seguridad de los ciudadanos.
En este sentido, Anna destaca: “Incluso después de la explosión, en Kiev sacaron a todo el mundo a la calle para el desfile del Día Internacional de los Trabajadores, el 1° de mayo. Imagínate, el reactor estaba quemándose y la gente estaba ahí marchando con niños bajo el viento radiactivo solo porque el gobierno no quería ‘generar pánico’ ni arruinar el festejo”.
El combustible nuclear siguió ardiendo durante más de 10 días, mientras la Unión Soviética convocaba a los hombres para frenar el desastre. Miles de toneladas de arena, arcilla y lingotes de plomo fueron lanzados desde helicópteros para contener la fuga radiactiva. El escenario fue descrito como una guerra, pero ¿una guerra contra quién? Había muchas armas, pero ¿qué iban a ametrallar? ¿La tierra contaminada?
“Muchos sacrificaron sus vidas para evitar que la catástrofe fuera mucho peor. Por ejemplo, están los ‘buzos de Chernóbil’, que se metieron debajo del reactor para drenar el agua y evitar otra explosión que hubiera sido fatal para toda Europa”, indicó Anna.
Asimismo, afirmó que lo que más le impacta es que muchísimos de los liquidadores -nombre que se le dio a los hombres que ayudaron a minimizar el desastre de Chernóbil- ni siquiera sabían la magnitud real de lo que estaba pasando. “No les decían toda la verdad sobre el peligro o la radiación, y ellos igual fueron y pusieron el cuerpo. Muchos eran muy jóvenes y terminaron dando su vida o perdiendo su salud para salvarnos a todos, sin saber realmente a qué se enfrentaban”, destacó Anna.

Chernóbil fue un antes y después para miles de personas. La vida que conocían quedó atrás y el presente y futuro fueron totalmente condicionados por este suceso. Las personas evacuadas de Prípiat y otros pueblos cercanos a la central dejaron sus casas creyendo que volverían pronto. Sin embargo, nunca pudieron regresar. Para muchos, no solo perdieron la ciudad, perdieron sus vidas.
Una ciudad llena de vida se transformó en un lugar fantasma. Quedaron los muebles, las ropas, los juguetes, las comidas, las mascotas. “Me quedó muy grabado lo que me contaba mi abuela sobre el saqueo. Tras la evacuación, hubo gente que entró a robar. Vendían alfombras y muebles contaminados en los mercados a personas que no tenían ni idea de que estaban comprando radiación”, recordó Anna.
Algunos de los liquidadores tenían la misión de destruir y enterrar plantaciones enteras. Otros, mataban a las mascotas que habían quedado atrás, y que aún esperaban a sus dueños. No toda la población accedió a abandonar sus hogares, y muchos siguieron viviendo dentro de la zona de exclusión de Chernóbil. Para muchos, era difícil entender los riesgos y las consecuencias de permanecer en este territorio. A diferencia de la guerra, la radiación no se ve, no se escucha.
Sin embargo, sus consecuencias son reales. Si bien las cifras oficiales de la Unión Soviética contabilizan solamente 31 muertes directas e inmediatas, el impacto total es ampliamente cuestionado. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), 4.000 personas fallecieron por cáncer a largo plazo, mientras que otras organizaciones proyectan hasta 100.000 casos.
Uno de los países más afectados fue Bielorrusia. Parte de su territorio comparte frontera con Chernóbil y para ese pequeño país, este suceso representó un cataclismo nacional. Bielorrusia, una tierra agrícola, tuvo parte de su territorio contaminado, afectando de lleno a su economía. A su vez, debido a la constante acción de pequeñas dosis de radiación, en los años siguientes al accidente, se disparó el número de enfermos de cáncer, así como personas con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas y mutaciones genéticas.
“Yo viví unos cuatro años en Bielorrusia y allá se nota mucho el impacto: hay muchísima gente con problemas de tiroides y cáncer, porque la nube tóxica descargó todo ahí”, señaló Anna.
Las cicatrices y marcas que dejó el desastre nuclear de Chernóbil son una herida abierta que estará siempre presente en el recuerdo de los ciudadanos de la antigua Unión Soviética. En un país donde lo importante no son las personas, sino el poder y el aparato burocrático, la prioridad del Estado no puede ser cuestionada. Y el valor de la vida humana termina reduciéndose a cero.

En este sentido, Chernóbil es considerado uno de los principales motivos que provocó la caída de la Unión Soviética en 1991. Por un lado, debido al enorme gasto que significó enfrentar las consecuencias de un desastre de tal magnitud: la explosión liberó una cantidad de material radiactivo equivalente a 500 bombas atómicas como la de Hiroshima. Y, por el otro, porque se convirtió en uno de los síntomas más fuertes de un sistema de organización (política, económica y social) corrompido y deficiente.
Han pasado 40 años y Chernóbil quedó detenido en el tiempo, en una pausa interminable para la vida humana. Volver a habitar su territorio central demandará unos 20.000 años; en las zonas periféricas, alrededor de 180.

En las últimas décadas, la naturaleza recuperó parte del territorio, convirtiendo la zona en un espacio extraño, donde conviven ruinas soviéticas, memoria histórica y una amenaza que siempre será invisible. En este sentido, ¿qué somos, sino el aire que se respira?











