Ocurre que, en el mundo de los afectos, suele generarse un desgaste en el “amor incondicional y en la admiración mutua”, entonces aparecen insatisfacciones, frustraciones y reproches. Por eso buscar y encontrar la felicidad no siempre resulta tan sencillo, y formar una familia, con hijos que necesitan y demandan, exige sacrificios y mucha voluntad, sumado a problemas que aparecen (económicos, enfermedades, etc.) que pueden complicar la convivencia. En algunos momentos el deseo y la pasión se marchitan, y diferencias que pasaban desapercibidas, se convierten en problemas difíciles de resolver. Por eso, la separación suele inicialmente aparecer como una idea que va creciendo hasta tomar forma. “No podemos seguir así, ya no te soporto más, ni proyectos tenemos, ya no soy feliz a tu lado…”, son sólo algunas de las tantas manifestaciones del malestar. ¿Y entonces? ¿Nos separamos? ¿Nos divorciamos? Sí, pero… ¿Y cómo sigue la vida a partir de ahora?
Recurrimos de nuevo, a la Psicoanalista Vincular Virginia Grosso, especialista en Psicoterapia de Parejas, con quien ya habíamos hablado en la nota “¡¡Socorro!! Amores breves y vínculos frágiles”.

Jorge Vasalo (J.V): Aunque sea una obviedad, ¿Qué significa y que implica una separación en la pareja?
Virginia Grosso (V.G): No me parece una obviedad la pregunta, pues no hay una respuesta unívoca a la misma. Considero que no siempre separarse implica desvincularse, y que a cada pareja le puede significar algo diferente. Muchas veces surge la idea de separación cuando ya no hay posibilidades de asombro en el encuentro cotidiano, cuando se pierde el aire, y aparece una sofocación que desvitaliza los espacios creativos del vínculo. Entonces la separación surge como última instancia para salir del malestar. Es muy probable que se esté habitando una lógica del “tú” o “yo”, destituyendo la posibilidad del “entre-dos” que contemple la complejidad de la situación, donde el otro ya no es una extensión de nuestros deseos. Oímos frases del tipo “lo conozco como si lo hubiese parido”, en un intento de no reconocer que un vínculo es un constante devenir. Por eso cuando el vínculo pierde el sentido, las diferencias se convierten en un obstáculo insalvable.
Escucho esto frecuentemente en la clínica y a modo de metáfora, intentamos pensarlo con las parejas del siguiente modo: “Imaginen que a su auto lo han tuneado y bajado para hacerlo deportivo. El problema, cuando está tan bajo, es que ante la primera lomada se dan cuenta que no pueden atravesarla sin que se rompa. Entonces, ustedes, que están conduciendo ese auto, ante el temor de salir lastimados, se bajan y lo dejan solo. Abandonan el vínculo por temor al daño y al sufrimiento”. Por eso muchas veces, una intervención posible frente a estos malestares, donde los reproches y los estados de irritación se volvieron cotidianos, es proponer que intenten separarse (lo que no significa desvincularse). La propuesta es recuperar el aire, que permita alojar lo diferente, reabrir la curiosidad del otro como otro, y no como proyección de mis necesidades. Si esto no es posible, entonces la desvinculación aparece como decisión, y entendida como la interrupción de un devenir con el otro y el desalojo de una pertenencia que sostenía ese vínculo.
J.V: ¿Es lo mismo separarse con hijos de por medio, o según las edades, o el tiempo de las parejas?
V.G: Aunque haya modelos similares, la manera de separarse de cada pareja tiene su propia singularidad y dependerá de los acuerdos con los que se constituyó e intentó sostener. Lamentablemente tenemos demasiadas representaciones de cómo es emparejarse o enamorarse, pero casi ninguna sobre separarse. Entonces, las parejas se separan como pueden, y en un proceso que no tiene una significación social amable, más allá de una sala de tribunales. Por supuesto, hay parejas que logran hacerlo con menor grado de conflictividad, pero en general separarse es muy doloroso y difícil. Cuando nos separamos de otro, también nos separamos de aquello que somos en ese vínculo: una pertenencia, una identidad que nos sostiene y nos da un lugar de reconocimiento social. Separarse implica un trabajo psíquico importante para armar una nueva imagen que contemple otras formas de estar con uno mismo y con los otros.
Cuando hay hijos de por medio, dependerá de las parejas si los ubican como baluartes de batalla o si pueden sostener la coparentalidad en un más allá de lo que fue la pareja amorosa. También las edades marcan algunas diferencias, ya que implican distintos mandatos, deberes y estereotipos de género difíciles de modificar, así como si la decisión fue conjunta o unilateral.
Tampoco es lo mismo separarse con una coyuntura socio economía que muchas veces no permite sostener la posibilidad de espacios diferentes, obligando a seguir compartiendo la casa por falta de opciones. No hay un tiempo cronológico para las separaciones: cada quien se separa cuando puede, aunque muchas veces esto no aparezca de manera clara en la conciencia, porque separarse es complejo y doloroso.
J.V: ¿Cuáles son las ganas, los mandatos y los miedos más frecuentes en quienes piensan en separarse?
V.G: En la clínica y en la vida cotidiana aparecen historias, confesiones y silencios que muestran que los vínculos amorosos y eróticos, especialmente en la mediana edad tienen una potencia enorme, pero a veces quedan rodeados de vergüenza, fantasmas, mandatos o cansancio. Una mujer me cuenta que en una cena alguien la cargó diciendo: “Che, a tu edad ya no empezás de cero, empezás de saldo”. Ella se rió hacia afuera, pero por dentro algo se quebró. Tenía cincuenta años recién cumplidos, y estaba comenzando una vida nueva, sola, sin las etiquetas de “esposa” y “madre” en primer plano. Con miedo y con dudas, pero también con una libertad que le ardía en el pecho. “Hasta que la muerte nos separe” solía ser una jaula algodonada, pero nadie decía en cambio “mientras dure el buen amor”. La mirada social sigue siendo punitiva y condenatoria. A muchos les cuesta acompañar a personas que se están separando porque encarnan la evidencia de que los vínculos no son para siempre. El miedo a la soledad, a quedar en los márgenes, a no poder volver a amar o a ser deseados, a ser cuestionados, “no luchaste lo suficiente, no aguantaste algunas cosas”, son planteos frecuentes. Y esto trae un inmenso sufrimiento que se quisiera borrar rápidamente. En estos momentos es fundamental acompañar los procesos con las demoras que requieren los duelos. No hay recetas universales, ni la justicia puede resolver aquello que pertenece al sufrimiento vincular. Muchas veces el orden judicial, necesario para algunos aspectos, pero limitado para otros, entra, ordena, clasifica, y al hacerlo, también manosea la intimidad.
J.V: ¿Es lo mismo la separación para los hombres y para las mujeres?
V.G: No sé si es lo mismo. Depende de los acuerdos que se establezcan, de cómo se transiten las contradicciones y dificultades cuando el desencuentro ha hecho zócalo en el vínculo. Si pensamos en cuestiones de género, encontramos un abanico amplio de posibilidades. Hay mujeres con independencia económica y varones que sostienen modos de coparentalidad más equitativos. Sin embargo, observo que la culpa aún hace estragos en mujeres que desean abrirse a nuevas posibilidades vinculares y de pareja, especialmente cuando hay niños pequeños, algo que suele vivirse con más liviandad en los varones. Creo que aún persiste una autorización social implícita, que habilita a los varones a transitar la separación con menos restricciones. En cambio a las mujeres, se las sigue cuestionando severamente si desean nuevas experiencias, colocando en primer plano su rol materno, como si debiera ser absoluto e incondicional.
J.V: ¿Y qué pasa con las parejas sexualmente diversas?
V.G: No podría generalizar y sólo hablo desde la finitud de mi clínica. En las separaciones, los sufrimientos ligados al desamor, la falta de deseo, el dinero y el rompimiento de proyectos suelen ser similares. Lo que si observo, es que aquellas parejas diversas que no lograron correrse del molde hetero-patriarcal presentan una complejidad mayor, en la medida en que no pudieron deconstruir aquello que la diversidad misma habilita. Si no pudieron hacer pareja desde lo diferente, como resistencia frente a los mandatos, esa misma lógica puede volverse en contra y transformarse en una resistencia a lo vincular.
J.V: ¿Hay “conductas salvadoras” como dejar de compartir las camas o vivir en diferentes lugares?
V.G: Creo que no hay conductas ni recetas que “salven” a las parejas, ni tampoco que las parejas necesiten ser salvadas como entidad a sostener. Se construyen cada vez, en la medida que se sostenga la posibilidad de conversar, lo cual implica no sólo decir, sino también escuchar de manera activa aquello del otro que no nos resulta cómodo, para que la diferencia no se vuelva una herida insalvable, sino una fuente de novedad que complejice el vínculo. Aclaro que conversar no implica anular el mal entendido, que es estructural a todo vínculo, sino intentar una sintonía recíproca. Entendiendo que el amor no es suficiente, y que después del “fueron felices y comieron perdices” empieza el verdadero trabajo: compartir la vida y convivir. Y mientras la presencia del otro no sea vivida como una afrenta, y haya tiempo y deseos para habitar un más allá de las exigencias productivas, y exista la posibilidad de alojarse por fuera de los mandatos y por supuesto, mientras dure el buen amor.
J.V: ¿Amar es perder?
V.G: Si entendemos la vida y los vínculos desde la tensión entre ganar o perder, en términos mercantilistas, volvemos a la lógica propuesta por el capitalismo. Suele decirse que hay que aprender a estar solos para luego estar en pareja. Nada más absurdo que esa premisa. La soledad puede entrenarnos en soltar y dejar, pero la pareja nos exige sostener, hacerle lugar al mundo interno del otro sin sentir la pérdida del propio. La clínica del dolor es la que implica haber amado y haber perdido. La de la separación en cambio, muchas veces, remite al rompimiento de los lazos sin amor, a una crueldad encarnada de difícil tramitación. Cuando amamos sabemos que no podemos hacer nada para garantizar ser amados y a pesar de ello, decidimos amar igual…a pura pérdida.
J.V: ¿Y después de la separación?
V.G: Recuerdo un libro muy hermoso “¿Y mañana que…?” de Elisabeth Roudinesco, donde se aborda la incertidumbre misma del vivir. Después, hay tantos “después” como separaciones. Se abre un abanico de opciones, de lugares y de roles que hay que ensayar. No hay un después único, pero si la posibilidad de ir construyendo algunos sentidos en otro espacio y en otro tiempo, y mientras todavía procesamos lo que hemos atravesado y vivido.









