Es común encontrar admiración por la actitud y el éxito argentino en futbol –en especial su selección nacional-, pero que se extiende a muchos otros deportes –básquet, vóley, hándbol, hockey sobre césped (femenino y masculino), sobre ruedas, rugby (de 15 y 7), polo, algunas disciplinas atléticas, automovilismo, etc.- a pesar de su precariedad económica, su inestabilidad y nuestra aparente anarquía.
Muchos periodistas extranjeros lo atribuyen a “la actitud”, “la defensa de los ídolos deportivos”, lo que en realidad es superficial, ya que es el efecto de la identidad y pertenencia que comienza en las familias que acompañan a sus hijos en las competencias escolares, sigue en su registro federativo en clubes, su asociación en ligas amateurs (federadas, comerciales, barriales, etc.) que proporcionan identidad, pertenencia y la fantasía de “tener éxito colectivo”.
Todas ellas son entidades de la economía social –Asociaciones Civiles, Mutuales o simples asociaciones-, sin fines de lucro y la enorme mayoría de ellas sostenidas con trabajo voluntario. Aunque algunas, especialmente las más rentables, concentren el poder de decisión en algunos pocos que suelen enriquecerse. Parece ser el caso de la AFA.
También es verdad que ante ellos se oponen empresas lucrativas que han obtenido por años rentas monopólicas en base a contratos con la AFA que secuestraron las transmisiones televisivas e inclusive su reproducción informativa.
En ese camino, algunos de los involucrados en esos “negocios”, fueron condenados a poco que otros más poderosos, por ejemplo cuando EEUU se puso a investigar los manejos como en el FIFA-Gate por lo que en estos días Norte América albergará el Campeonato Mundial.
Así se puede entender parcialmente –en algunos casos hay un miedo fundado a ser perjudicado deportiva o financieramente-, porqué la mayoría de los clubes que participan de la AFA sostienen a la actual conducción, su condición de Asociaciones Civiles en lugar de Sociedades Anónimas Deportivas (SAD), torneos de muchos equipos y una distribución más igualitaria de los ingresos que distribuye la AFA.
La experiencia comparada con países que tienen clubes que son Sociedades Anónimas muestra en los países desarrollados, experiencias exitosas –la Premier Ligue británica, la Ligue 1 francesa, la Serie A italiana o la MLS estadounidense- aunque con casos de corrupción, lavado de activos, mala administración y descensos sucesivos.
Sin embargo, su éxito no garantiza que el deporte siga creciendo, ya que el lucro limita el desarrollo de una base amateur o de categorías formativas, donde los jóvenes son postergados por “promesas” de otros países que se pagan millones, aun cuando son muy pequeños. El caso de Francia y otros países que fueron colonialistas son excepciones a la regla, ya que suman jugadores inmigrantes o sus descendientes.
En los países desarrollados con modalidades mixtas como España, con entidades sin fines de lucro como el FCBarcelona –su “masía” es célebre por el aporte que hace a su primer equipo- los resultados son variados. Mientras que en países menos desarrollados los clubes convertidos en SA pendulan entre éxitos iniciales y caídas estrepitosas, cuando agotan los talentos del club por su venta obteniendo beneficios para los socios capitalistas, que se sustraen de las divisiones inferiores.
En los países subdesarrollados, aún con infraestructura y economía sólida –como México o Chile- las entidades lucrativas y sus ligas no logran resultados importantes para sus equipos y selecciones nacionales, ya que no solo les dan poca importancia a las categorías formativas, sino que tampoco tienen la red de miles de clubes, cientos de ligas amateurs, etc. que promuevan y seleccionen a sus mejores talentos, como ocurre en Argentina.
En el resto de los deportes, la formación en clubes sin fines de lucro, es clave en especial en ciudades grandes y con infraestructuras, sea de las entidades o estatales. En poblaciones más pequeñas los clubes con mutuales -o constituidos como tales-, especialmente en la pampa húmeda, han desarrollado infraestructuras sólidas y de bajo costo para los deportistas, con las familias invirtiendo allí una buena parte de los beneficios obtenidos de otras actividades, especialmente de ayuda económica con captación de ahorro local.
También son destacables los casos en que dirigentes audaces se proponen construir infraestructuras a puro trabajo voluntario, sin mucha planificación pero con gran impulso, que terminan proporcionando infraestructuras mínimas desde la solidaridad y el compromiso de vecinos, familias y pequeños o medianos empresarios que crecieron en y con esas entidades.
Los Estados –nacional, provinciales y municipales- han invertido en infraestructuras que si son utilizadas y/o gestionadas por organizaciones sociales, maximizan su eficacia y eficiencia en la promoción deportiva.
Así es entonces que se obtiene identidad por la divisa deportiva, inclusive en entidades profesionalizadas en sus equipos, que han protegido a sus asociados más cercanos, barriales, etc. –River, Boca, Vélez, Lanús, Belgrano y tantos otros- y que las continúan más allá de los resultados deportivos. Mientras tanto, las experiencias de incluir capitales lucrativos no han sido exitosas y en algunos casos han derivado en descapitalizaciones de los talentos de inferiores que pusieron en crisis a esas administraciones.
Es evidente que no se trata de un proceso planificado, que muchas veces se interrumpe cuando los Estados y algunas empresas lucrativas procuran controlar las fuentes de generación de ingresos, pero es extremadamente resiliente en la generación de capital social que se mide en relaciones ganar-ganar de cooperación.
También es evidente que los campeonatos con muchos equipos disminuyen la calidad de los espectáculos que producen ingresos lucrativos. Pero también es verdad que amplía la penetración territorial, la competitividad de equipos que pueden acceder a campeonar, algo que no sucede en campeonatos largos, todos contra todos y a dos ruedas, que repiten sus campeones por décadas.
En definitiva, lograr identidad y pertenencia tiene ventajas y costos. Elegir por las primeras -producir un gran número de deportistas competitivos a escala global y una gran actividad social y amateur que la sostenga- parece ser más válida en países subdesarrollados como el nuestro, que aun así sigue sorprendiendo al mundo por sus logros deportivos, especialmente en disciplinas colectivas.
