Imaginemos a Aristóteles en Atenas, levantando la vista en una noche cualquiera. Sin más herramientas que sus ojos y la curiosidad, advierte que la luna se eclipsa y, poco a poco, la sombra de la tierra comienza a dibujarse sobre su superficie. Se da cuenta de algo sorprendente. No es irregular sino curva. Aristóteles, prescindiendo de Internet, Google e IA, hace algo que hoy parecería revolucionario:observa y razona. Si la sombra es redonda desde cualquier ángulo, ergo, la tierra también lo es.
Ese episodio suele recordarse como un ejemplo temprano del valor del conocimiento basado en la experiencia y la argumentación. Sin embargo, contrasta fuertemente con ciertas tendencias actuales, en las que incluso evidencias ampliamente comprobadas son puestas en duda. Hoy disponemos de imágenes satelitales, misiones espaciales y un volumen de información sin precedentes. El programa Artemis representa uno de los desarrollos más ambiciosos de la exploración espacial reciente. Las imágenes de la superficie de la luna y de su lado oscuro, que muchos pudimos apreciar en estos días, poseen un impacto visual extraordinario. Se trata de registros de una nitidez tal que revelan la crudeza extrema de ese entorno, proyectando un contraste entre luz y oscuridad tan distante como real, y que nos dejan expuestos ante lo que el Nobel, filósofo y matemático, Bertrand Russell, llamaba la soledad cósmica.
A pesar de ello, y en particular de la belleza que también puede aportar la ciencia, convivimos cada vez más con fenómenos absurdos como el terraplanismo, que niega la esfericidad de la tierra, o con teorías que sostienen que el alunizaje a fines de la década de los 60 fue falso. Sondiscursos que han encontrado canales de circulación amplios y niveles significativos de adhesión sin distinguir clase social. Es más, suelen encontrar terreno fértil en sectores acomodados, donde el tiempo sobra y las urgencias escasean, entonces la negación de la evidencia funciona casi como un pasatiempo intelectual. Algunos estudian, se forman, se capacitan y otros prefieren descubrir que la tierra tiene la forma de un plato. Es una especie de lujo excéntrico, como un Rolex, pero en versión epistemológica, que consiste en desconfiar de todo aquello que, paradójicamente, permitió construir el mundo del que hoy podemos disfrutar.
Como señala Peter Burke en su recorrido por la historia de la ignorancia (Alianza, 2022), no todo desconocimiento es igual: hay uno que simplemente no ha llegado todavía al saber, y otro, más activo y contemporáneo, que decide prescindir de él. Es decir, se puede ignorar a Aristóteles sin necesidad de refutarlo. No existe más debate filosófico sobre la verdad, pero por innecesario, ya que ahora la verdad es uno mismo. La máxima de Protágoras que decía que el hombre es la medida de todas las cosas, se desvirtuó al extremo de que cada hombre convierte su propia medida en verdad.
Lo más inquietante de todo es que vemos como laignorancia se convierte en una posición, que muchosdefienden, exhiben y convierten en bandera. La desconfianza hacia el saber, cultivada durante años, transformó la ignorancia en una forma de autenticidad. La ignorancia como una forma de ser auténtico y no impostado es también un recurso de capital político. Lo vemos, especialmente, en quienes tienen la capacidad de incidir en el rumbo del mundo.
Proliferan diversas formas de ignorancia que son elegidas. Elegidas, incluso, con orgullo. Entender exige tiempo y el padecimiento de revisar constantemente lo que uno cree, así como aprender a convivir con la duda. Decidir no entender, en cambio, simplifica ya que uno confirma lo que pensaba, tal como ocurre con los algoritmos de las redes sociales. En ese sentido, la vida de un niño es más compleja. Al menos el niño conserva la costumbre de preguntar el por qué, como Mafalda.
La escena de Aristóteles mirando el cielo no es sólo una postal lejana. Es un recordatorio incómodo de que tratar deentender el mundo requiere algo más que tener una opinión sobre él.
