Argentina ya debutó en el Mundial. Ganó, gustó y, como siempre, volvió a encender esa maquinaria colectiva que desafía cualquier lógica de la productividad. Este martes, rodeada de amigos y familia en las mesas de un bar que desbordaba de tensión y abrazos, la previa de mi cumpleaños se tiñó de esa fiebre que no se compra en ninguna tienda oficial. Con la vista clavada en la pantalla, el ruido cotidiano quedó en suspenso: Lionel Messi nos regaló tres goles, una actuación deslumbrante y, para los que estábamos ahí amontonados, el mejor comienzo de festejo posible. Fue el recordatorio perfecto de por qué millones de personas siguen acomodando horarios, postergando tareas y reuniéndose frente a una pantalla cada cuatro años.
Durante algunas horas, el país pareció entrar en un paréntesis. Los grupos de WhatsApp, las redes sociales y las mesas de café hablaron de lo mismo. En las calles, el debut dejó un aire eléctrico, parecido al de una previa de Año Nuevo; una marea humana respirando la misma ilusión. Y eso ocurre a pesar de que este Mundial llegó rodeado de cuestionamientos legítimos. La ampliación del torneo, la creciente influencia de los patrocinadores, las nuevas pausas de hidratación pensadas exclusivamente para la televisión y las polémicas de siempre muestran a una FIFA obsesionada con convertir al fútbol en un producto cada vez más global y menos popular. Son discusiones necesarias. Sin embargo, mientras el debate sigue abierto, el debut argentino dejó una imagen difícil de ignorar: la alegría colectiva que todavía puede producir una pelota.
Es un fenómeno que no corre solo. En el último tiempo, otros dos acontecimientos culturales compartieron esa misma mirada: los dos estadios Monumental que llenó Lali Espósito y el adiós definitivo al Indio Solari. No es casualidad que estas tres escenas se superpongan. Messi, Lali y el Indio son fenómenos distintos, atravesados por historias, estéticas y generaciones diferentes. Sin embargo, comparten algo esencial: la capacidad de convocar a miles o millones de personas alrededor de una emoción común. Eso, en tiempos de hiperindividualismo, es un hecho extraordinario.
Después de sus recitales en River, Lali eligió despedirse hablando del «derecho a gozar», de la euforia colectiva y de la felicidad compartida. «Eso no tiene precio», escribió en sus redes. La frase funcionó como una guía para sus shows. La segunda fecha, que tuve la suerte de vivirla desde la cancha, fue un despliegue de talento y alegría; el encuentro de miles de personas que celebrábamos el pop, pero también nuestro derecho a ser quienes somos y a poder disfrutar de eso. Lali, tras ser el blanco de duras críticas por la contratación de sus shows y recibir ataques directos desde la cima del poder político, respondió con tres horas de un espectáculo furioso, acompañada por una multitud que respaldó esa respuesta como una hinchada fiel.
Ahí es donde el fútbol y la cultura popular revelan el verdadero valor de lo «inútil». Vivimos en una época que exige que todo tenga una utilidad, que el tiempo sea productivo, que los hobbies se moneticen y que hasta el descanso se justifique con culpa. En ese contexto, las experiencias populares funcionan como un acto de resistencia. No porque sean revolucionarias en sí mismas, sino porque permiten algo cada vez más escaso: emocionarse junto a otros.
La artista cordobesa Camila Rezk planteaba recientemente que existe algo profundamente conmovedor en lo popular que excede los gustos individuales. No hace falta haber sido ricotero para comprender el dolor y lo que significó el Indio para generaciones enteras, del mismo modo que no hace falta ser fan de Lali para reconocer la potencia cultural de una artista capaz de convocar a más de 150 mil personas en un fin de semana. Hay una empatía histórica frente a las emociones colectivas, una capacidad de reconocer que ciertos fenómenos forman parte de una memoria común.
Quizás por eso las despedidas de los grandes ídolos populares calan tan hondo. No solo desaparece una persona; se despide una forma de narrar una época. En los últimos años, Argentina atravesó pérdidas durísimas. Vimos partir a Diego Maradona, a Mercedes Sosa, a Gustavo Cerati; despedimos al papa Francisco hace más de un año y, hace apenas una semana, lloramos la muerte del Indio Solari. Distintas generaciones empiezan a experimentar una sensación nueva: la partida de figuras que parecían permanentes. Con el vacío que dejan, aparecen también las preguntas sobre quiénes ocuparán esos lugares simbólicos en el futuro.
Una reflexión publicada por Revista Anfibia señalaba que, en tiempos de sentirnos cada vez más solos, los partidos de la Selección representan una oportunidad para juntarnos y creer en algo. La ilusión no se negocia, y las ganas de alegrarnos tampoco. El triunfo y el hat-trick de Messi no resolvieron ningún problema económico, político o social, pero sí produjeron algo que no debería subestimarse: una alegría compartida por millones de personas al mismo tiempo.
Hoy vivimos rodeados de experiencias personalizadas, atrapados en la burbuja perfecta del algoritmo. Cada uno tiene su serie, su playlist, su feed y su sesgo. Por eso las experiencias verdaderamente colectivas tienen una fuerza tan singular. Durante noventa minutos, millones de personas miramos, sufrimos y celebramos exactamente lo mismo. Por supuesto que el Mundial distrae, como distrae una película, un libro o una tarde en la plaza. La diferencia es que el fútbol logra algo que pocas expresiones culturales consiguen: convertir una emoción individual en una experiencia comunitaria. Y eso tiene un valor que no puede medirse únicamente en términos de rendimiento.
Hace algunos años, Sebastián Wainraich respondía a quienes cuestionaban la pasión futbolera diciendo que ser hincha no sirve para nada, y que justamente ahí radica su belleza. Hoy, cuando todo debe justificar su existencia y transformarse en utilidad, ser hincha es simplemente querer que gane tu equipo y ponerse contento cuando ocurre. Nada más y nada menos. Algo parecido sucede con la música y con las celebraciones populares: son espacios donde la emoción aparece sin necesidad de transformarse en otra cosa. Bilardo lo explicó alguna vez con la sencillez de sus mejores definiciones: «El fútbol es lo más fácil que hay. Los del mismo color de camiseta se la pasan entre ellos y patean al arquero». Pasarán los años, se crearán cooling break, pero lo que seguirá enamorando del fútbol es su sencillez.
Detrás de las estrategias de marketing, de las corporaciones globales y de las discusiones políticas, todavía queda un residuo inalcanzable para los CEOs: una pelota, una canción, una multitud y la posibilidad de sentirnos parte de algo. No se trata de negar las contradiciones del Mundial, ni las de la industria musical, sino de no abandonar esos espacios; de no regalarlos. Hay algo que sigue escapando a la lógica del consumo: el gol que nos hace saltar del sillón, la frase cantada al unísono por miles de desconocidos, el derecho a gozar y la decisión inquebrantable de no regalarle esas alegrías a nadie.
