El orden natural del fútbol: los semifinalistas están donde tienen que estar

Cuatro proyectos, cuatro realidades y, sobre todo, cuatro razones indiscutibles para estar ahí. Bueno, tres razones fuertes y un milagro con algo de mística.

El orden natural del fútbol: los semifinalistas están donde tienen que estar

Mbappé, Yamal, Kane y Messi. Uno de ellos levantará la copa el domingo.

Terminaron los cuartos de final y el Mundial nos dejó un ‘póker de reyes’ sobre la mesa. Más allá de si la pelota entró rozando el palo o de si el VAR nos dio un dolor de cabeza, el cuadro de semifinales tiene una lógica aplastante. Los cuatro mejores: Francia, España, Inglaterra y Argentina, van a jugar ocho partidos en el certamen. Cuatro proyectos, cuatro realidades y, sobre todo, cuatro razones indiscutibles para estar ahí. Bueno, tres razones fuertes y un milagro con algo de místico.

Los tres que jugaron a la pelota

Si esto fuera una cuestión estrictamente académica, el orden de mérito arranca con Francia. Son insoportablemente buenos, merecidos número uno del ranking y con el PSG que acaba de levantar su segunda Champions consecutiva. Juegan a otra velocidad, en el césped y en la cabeza; mientras el resto intenta armar una estrategia, los franceses te clavan tres piques verticales y te liquidaron el partido. Son los candidatos de todos y juegan con la suficiencia del que se sabe el mejor de la clase.

A su lado está España. Quizás no te asfixian con esa verticalidad francesa y te duermen un poco con el pase horizontal, pero a la hora de cerrar la persiana son un frontón: es la selección que mejor defiende en todo el torneo. Además, el archivo les sonríe: la única vez que habían pisado una semifinal terminaron levantando la Copa. Ojo con el dato.

Por el lado de Inglaterra, esto es el estricto premio a la meritocracia ejecutiva. Tienen la mejor liga del planeta y a tres o cuatro futbolistas en el pico más alto de sus carreras. El plantel es tan obscenamente rico que Thomas Tuchel se dio el lujo de dejar nombres en el banco que en cualquier otro país serían candidatos al Balón de Oro. Les sobra billetera y les sobra recambio. Falta saber si pueden disputar su segunda final y la primera fuera de su país.

Si bien el Mundial tuvo varias sorpresas, como las eliminaciones tempranas de Alemania y Brasil, casi siempre ocurre que al último fin de semana llegan las selecciones más fuertes. Allí no hubo lugar para Marruecos, Bélgica, Noruega -podría sumar tal vez a Estados Unidos-, que hicieron un buen mundial, pero les faltó ese centímetro de chapa que se necesita cuando la pelota y las papas queman. Se volvieron a casa con el diploma de «participación destacada», pero las medallas se las quedan los grandes.

¿Y Argentina, por qué? Por Messi, diez más y 47 millones de psicóticos

Y así llegamos a nosotros. ¿Qué hace la selección argentina metida entre el selecto grupo de la disciplina europea? Si miramos el pizarrón, la respuesta es corta: Messi y diez más. Lionel, con la cinta de capitán y el manual de la eternidad bajo el brazo -haciendo goles o asistiendo en todos los partidos, como si tuviera 15 años menos-, secundado por un grupo de muchachos que dejan todo como si no hubiera un mañana.

¿Y los argumentos futbolísticos? Se los debemos. Lo nuestro pasa por otra cosa. Mientras los ingleses analizan métricas de rendimiento y los franceses optimizan la masa muscular, en Argentina basamos la clasificación en una arquitectura invisible pero implacable: las cábalas -con algo de esoterismo- y el delirio colectivo por cruzar argumentos y datos estadísticos para concluir con el ‘Elijo Creer’.

Somos 47 millones de personas repitiendo el mismo menú desde el debut, usando la misma camiseta sin lavar (un peligro biológico a esta altura) y congelando nombres de rivales en el freezer entre los hielos y las milanesas. No tenemos demasiadas explicaciones tácticas para dar, pero nos sobra fe. Nos reímos de nuestra propia locura porque sabemos que somos a veces insoportables: pasamos del borde del ataque de pánico al exitismo total en cuestión de minutos.

Porque así somos, como dice la canción: argentos de la cuna hasta el cajón. Los otros tres europeos tendrán la estructura, la verticalidad y los millones de sus ligas. Pero nosotros tenemos al 10 y un país entero empujando con el corazón y soñando -sin ninguna lógica científica- con la cuarta. Y con eso nos alcanzó para estar entre los cuatro mejores del mundo.

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