En el mundo nunca dejan de pasar cosas. Guerras, conflictos, problemas “reales”. Pero a veces, no se puede hablar de otra cosa que no sea fútbol. Casi en el minuto final, Lautaro Martínez marcó el gol que clasificó a la Argentina a una nueva final del mundo. Miles de argentinos salieron a festejar. Del otro lado, la decepción inglesa fue inmediata. Hasta ahí, una semifinal más. Pero bastó abrir las redes sociales para comprobar que, entre Argentina e Inglaterra, nunca existe un «partido más”.
En cuestión de minutos reaparecieron Diego Maradona, la Mano de Dios, el Gol del Siglo, las Islas Malvinas, Margaret Thatcher, los veteranos de guerra e incluso Antonio Rattín y aquella expulsión de 1966 que todavía muchos argentinos consideran una de las mayores injusticias arbitrales en la historia de los Mundiales. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué un partido de fútbol termina derivando, una y otra vez, en discusiones sobre colonialismo, soberanía, memoria histórica y política internacional?
La respuesta es sencilla y es porque Argentina e Inglaterra no juegan únicamente un partido. Juegan sobre una historia compartida de más de dos siglos. Todo comenzó mucho antes de que existieran los Mundiales. Las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 ocuparon un lugar decisivo en la construcción de la identidad rioplatense. Décadas después, el Reino Unido se convirtió en la principal potencia económica con influencia sobre la Argentina independiente. Los ferrocarriles, los bancos, los frigoríficos y buena parte del comercio exterior estuvieron durante décadas ligados al capital británico.
Paradójicamente, también fueron los británicos quienes trajeron el fútbol a la Argentina. A fines del siglo XIX, empleados de compañías ferroviarias, comerciantes y marinos comenzaron a practicar un deporte que los argentinos terminaríamos apropiándonos hasta convertirlo en uno de los principales componentes de nuestra identidad nacional.
La historia, sin embargo, nunca fue lineal. En 1833 el Reino Unido ocupó las Islas Malvinas, dando origen a una disputa de soberanía que continúa abierta hasta nuestros días. Décadas más tarde llegó otro episodio que alimentó la rivalidad futbolística. En Wembley, durante el Mundial de 1966, el capitán argentino Antonio Rattín fue expulsado en una decisión que todavía hoy genera controversias. Aún no existían las tarjetas rojas. Sin entender el idioma del árbitro alemán Rudolf Kreitlein ni los motivos de la expulsión, permaneció varios minutos protestando antes de abandonar el campo. La imagen de Rattín sentado sobre la alfombra roja reservada para las autoridades terminó convirtiéndose en uno de los símbolos de aquel Mundial.
Muchos argentinos sintieron que Inglaterra había ganado algo más que un partido. Dieciséis años después llegó Malvinas. Y cuatro años más tarde apareció Maradona. A partir de entonces, cada Argentina-Inglaterra quedó atrapado entre el deporte y la historia. Sería un error pensar que el fútbol reemplaza a la política. O que un resultado modifica una disputa de soberanía. No ocurre ninguna de las dos cosas. Lo que sí hace el fútbol es algo distinto, activa memorias colectivas.
Las relaciones internacionales también se construyen con símbolos. Joseph Nye llamó a esto poder blando. Es decir, la capacidad de influir mediante la cultura, la identidad o el prestigio. Pocas herramientas son tan eficaces para producir símbolos compartidos como una Copa del Mundo. Por eso, mientras los gobiernos mantienen relaciones diplomáticas normales y cooperan en distintos ámbitos, las sociedades siguen recordando 1966, 1982 y 1986 cada vez que la pelota vuelve a rodar.
La reacción posterior al encuentro volvió a confirmarlo. En Argentina, los festejos estuvieron acompañados por referencias a Maradona y a Malvinas. En Inglaterra, parte de la prensa volvió a cuestionar el estilo de juego argentino y a recordar viejos antecedentes de esta rivalidad. Ninguno de esos gestos modifica la política exterior de ambos países, pero todos muestran que la memoria colectiva opera con tiempos diferentes a los de la diplomacia. Los gobiernos pueden construir una relación pragmática pero las sociedades, en cambio, siguen interpretando ciertos acontecimientos a la luz de su propia historia.
En un escenario internacional cada vez más atravesado por la competencia y por el relato, los símbolos adquieren un valor estratégico. Un Mundial no redefine fronteras ni modifica disputas de soberanía, pero sí contribuye a moldear identidades, reforzar memorias y proyectar narrativas nacionales. Por eso algunos partidos trascienden el resultado. Se convierten en acontecimientos culturales y políticos capaces de condensar, durante noventa minutos, siglos de historia compartida.
El último Argentina-Inglaterra no modificó un centímetro la posición de Londres sobre Malvinas, ni alteró la estrategia diplomática argentina. Pero volvió a demostrar algo que trasciende el resultado. Hay rivalidades deportivas. Y después está Argentina-Inglaterra. Un partido donde el pasado siempre juega de titular y la historia sigue escribiendose de manera permanente.
