Las contradicciones de la Selección a la hora de gambetear la política

La mayoría del plantel que en 2022 argumentó que no quería mezclar los tantos ni contaminar el fútbol con la política, terminó apelando a un fuerte gesto geopolítico.

Las contradicciones de la Selección a la hora de gambetear la política

La Selección argentina, con Lionel Messi a la cabeza, se convirtió en un fenómeno global que trasciende largamente las fronteras del fútbol, movilizando pasiones, talento y una energía inigualable por todo el planeta. Sin embargo, detrás de la infalibilidad deportiva, el comportamiento del plantel comenzó a mostrar grietas de inconsistencia cuando se trata de pararse frente a la política. El origen de este debate se remonta a los festejos por el título conseguido en Qatar en diciembre de 2022. En aquel momento, mientras cinco millones de argentinos desbordaban las calles para celebrar la tercera estrella, el plantel tomó la firme decisión de no mezclar sus logros con la política partidaria. Bajo esa premisa de neutralidad, los jugadores rechazaron sistemáticamente las invitaciones oficiales del entonces presidente Alberto Fernández, prefiriendo mantener las celebraciones en un estricto plano deportivo y evitando llevar las copas ganadas a los balcones gubernamentales.

Ese aparente compromiso con la prescindencia política, sin embargo, chocó de frente con los acontecimientos de 2026. Con el ruido del mundial tripartito ya instalado en la agenda global, el capitán argentino protagonizó un encuentro de altísimo impacto institucional: el 5 de marzo de 2026, Lionel Messi visitó al presidente estadounidense Donald Trump en la Casa Blanca. El pretexto formal fue la tradicional recepción al Inter de Miami tras consagrarse campeón de la Copa de la MLS. Durante la ceremonia en el Salón Este, el astro rosarino le entregó una pelota firmada y una gran sonrisa al mandatario republicano, quien no escatimó elogios y llegó a bromear con que el argentino es mejor que Pelé. La foto de Messi con Trump no tardó en encender una fuerte polémica internacional, no solo por el perfil del presidente norteamericano, sino también por el evidente contraste con la distancia que el futbolista había tomado respecto de las autoridades de su propio país años atrás.

La inconsistencia del discurso oficial del plantel se terminó de consolidar tras la reciente victoria argentina frente a Inglaterra en las semifinales de la Copa del Mundo. En medio de los festejos en el campo de juego, los futbolistas desplegaron una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. Aunque el reclamo de soberanía despierta un sentimiento unánime y legítimo en el pueblo argentino, el gesto colisionó directamente con los reglamentos de la FIFA, que prohíben de manera expresa cualquier manifestación de índole política en sus torneos.

El episodio terminó por exponer la gran contradicción: la mayoría del plantel que en 2022 argumentó que no quería mezclar los tantos ni contaminar el fútbol con la política, terminó apelando a un fuerte gesto geopolítico en el escenario deportivo más importante del mundo. En definitiva, las acciones de 2026 abren un interrogante inevitable sobre la coherencia de un grupo que decide de manera muy selectiva cuándo el fútbol es puramente un juego y cuándo se convierte en una tribuna de mensajes políticos.

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