¿Opio o anabólico del pueblo (mundial)?

Más allá de Marx y la manipulación, el fútbol y la religión son experiencias de sacralización capaces de anestesiar, pero también de movilizar al pueblo.

mundial

Es famosa la frase de Marx que caracteriza a la religión como “opio del pueblo”. Pero, como con tantas otras cosas, vista de cerca la cosa se complejiza.

El fragmento dice: “La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, y el alma de condiciones desalmadas. Es el opio del pueblo”. El párrafo afirma algo distinto que un escape. Apunta a una experiencia que expresa una miseria y una protesta reales ante una opresión real. Pero, según el autor alemán, esa respuesta no permite ver las causas, sino que solo anestesia.

Claramente,ese puede ser un devenir posible, pero no el único. También podría ser un anabólico, aunque siempre con evolución incierta.

Pensemos en los movimientos de los Sin Tierra apoyados por teólogos liberacionistas cristianos, o en Michel Foucault entusiasmado por el levantamiento popular y la “espiritualidad política” iraní. Más allá de las discusiones, alcanza para mostrar que el opio puede convertirse en un energizante.

Y la tarea filosófica es identificar sus potencias.

Sacralizaciones

El sociólogo Hans Joas caracteriza como “sacralización” la experiencia y el proceso por el cual algo conmueve a la persona con intensidad afectiva, de modo tal que la persona le otorga un tipo de valor que siente como evidente. No es una deducción racional, sino que se basa en experiencias intensas, emocionales, abarcadoras de todas las facetas de la persona, capaces de darle un sentido que orienta las demás decisiones de su vida. Siempre se trata de un resultado de la acción y la creatividad humana histórica ante una situación conmovedora, no una deducción abstracta o una construcción lógica.

Una de sus críticas a Marx es que todo ser humano tiene una experiencia de sacralización, que además puede impulsarle a actuar. Al mismo tiempo, genera un tipo de sensibilidad moral fina, capaz de reconocer la presencia y exigencias de ese valor sacralizado en su entorno y sus decisiones.

Puede parecer abstracto, pero es muy concreto. Se puede sacralizar – perversamente – una raza o una nación, pero también los Derechos Humanos y otros reclamos de universalización moral fueron precisamente resultado de una experiencia así.

Del mismo modo que con lo religioso, son vivencias conmovedoras, que llevan a quien tiene esa experiencia a un sentido de autotrascendencia. Una exigencia universal de reconocimiento de algo valioso. Y no se necesita pensar sólo en entidades místicas. El impacto del amor, el nacimiento de un hijo, la conmoción estética frente a la naturaleza o el arte, son todas posibilidades de esa sacralización.

Y, por qué no, un mundial.

Pasión de multitudes

Claramente, siguiendo la vena crítica de Marx, podríamos hacer mil críticas al fútbol como nueva sacralización y opio del pueblo mundial, que anestesia por un momento las miserias: su sometimiento al capitalismo, el uso de los poderes para limpiar sus imágenes, la aparente “neutralidad” ante las discriminaciones evidentes, y un etcétera casi infinito. Terminado el mundial, seguramente el mundo estará en problemas aún peores.

Y, sin embargo, visto en clave de sacralización, el mundial tiene la fuerza de impactar a quien se abra a su experiencia. Un país difícil de ubicar en el mapa juega con gallardía contra una potencia. Perfectos desconocidos, que hablan idiomas que no podrían identificar, bailan por las calles. El mejor jugador del mundo decide ir al frente, buscando una última pelota, aunque nadie se atrevería a pedírselo.

Y se nos hace un nudo en la garganta.

Es que, al igual que pasa con esa experiencia que describía el pensador alemán de modo reductivo, el impulso motor, la fuerza interior que apasiona y conmueve, excede por mucho la capacidad de manipulación de quienes se aprovechan de ella.

Por eso sería una ceguera reducirla a mera manipulación, como querían Borges y Bioy Casares en su cuento “Esseestpercipi”. Ahí, Bustos Domecq encuentra un directivo del fútbol, que le revela que ya no hay juego ni jugadores, que son todos actores que actúan siguiendo un libreto y un resultado preestablecido.

Es que Borges y Bioy se negaban a ver la sacralización y autotrascendencia que experimentan las personas con ese juego. De ahí que lo reducían a sólo una de sus variables – el uso que los poderosos hacen de él.

Por eso hay que preguntar: ¿qué impulso y qué meta empuja y orienta esa energía?

Me viene a la mente aquellas trasmisiones que empezaban así: “Fúuutbool, pasión de multitudes, con el relato de José María Muñoozzzz”. Siempre que recordaba críticamente ese pasado, no podía evitar pensar enlo que tapó.

Pero ahora, con muchos más años, siento algo afín a lo que sentí en el velorio de Solari. Una conmoción ante algo que sucede en una tribu que no es exactamente la mía, pero por la cual siento la afinidad de una cofradía electiva.

La sacralización de un rito, que puede transformar la admiración de hoy en nuestros reclamos de mañana.

 

 

 

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