Quizás todo empezó mucho antes. Tal vez aquella manzana que Eva ofreció a Adán nunca fue una manzana. Ni siquiera un higo, como sostienen algunas interpretaciones. Es posible que el verdadero fruto prohibido haya sido el primer alimento ultraprocesado, es decir, el primer exceso de azúcar. Fue entonces cuando nació nuestra especialidad como especie: convertir el placer en pecado y, acto seguido, inventar una industria multimillonaria para vender la absolución.
La serpiente hizo un excelente negocio. Dos mil años después seguimos convencidos de que hay alimentos que nos condenan y otros que prometen la salvación. Como toda religión necesita un ritual, nosotros inventamos la dieta.
La palabra «dieta» puede referirse simplemente a una forma de alimentarse. La mediterránea o la paleo son elecciones perfectamente razonables. El problema aparece cuando la dieta deja de ser alimentación para convertirse en un régimen, un período de sacrificio destinado a alcanzar un ideal físico. Casi nadie quiere adelgazar solamente por salud. Queremos adelgazar porque vivimos en una cultura que asocia la delgadez con el éxito, la disciplina, la belleza y hasta la felicidad. A nadie se le ocurre felicitar a un amigo diciéndole: «Te veo bien, estás más gordo». En cambio, el comentario inverso suele entenderse como un elogio. La gordura dejó de describir un cuerpo para transformarse en un juicio moral.
Como toda religión, la dieta también renueva periódicamente sus dogmas. Durante un tiempo fue la dieta cetogénica. Después llegaron los jugos detox y esa cosa horrible de color verde que llaman matcha. Ahora, el ayuno intermitente. La humanidad descubrió el fuego, inventó la rueda, llegó a la Luna y creó la inteligencia artificial. Pero uno de los grandes negocios del siglo consiste en vender como innovación una práctica que existe desde hace miles de años. El ayuno nació mucho antes que los influencers. Jesús pasó cuarenta días en el desierto y el Ramadán ocupa un lugar central en el islam. Durante siglos fue una práctica espiritual destinada a la introspección. Hoy también puede convertirse en una estrategia para llegar al verano con algunos kilos menos.
Después llegó el Ozempic, probablemente, el mejor símbolo de esta época. Como tratamiento para la diabetes y para la obesidad, bajo indicación médica, representa un avance indiscutible. Sin embargo, cada vez más personas, que no lo necesitan, lo utilizan para adelgazar. Hollywood ofrece el ejemplo más visible. Basta mirar la cantidad de actores, actrices y cantantes que, en pocos meses, aparecieron con cuerpos mucho más delgados y rostros casi irreconocibles.
Spinoza sostenía que no existe esperanza sin miedo. La industria convirtió esa premisa en un modelo de negocios: primero el temor de engordar, con el azúcar a la cabeza, luego la culpa, y después la promesa de redención a través de dietas y medicamentos. Como advertía Spinoza, cuando nuestra vida depende del futuro terminamos viviendo a la vez de la esperanza y del miedo, con la ilusión de llegar a ser quienes imaginamos y el temor permanente de no conseguirlo.
Tal vez por eso el pecado original no consistía en desobedecer a Dios. Consistía en convencernos de que siempre había una versión mejor de nosotros mismos esperando al otro lado del espejo. Esa condena, a diferencia de la bíblica, no promete ningún paraíso. Apenas nos concede, de vez en cuando, unos segundos de paz con la imagen que nos devuelve.









