Por qué la Iglesia hoy suena disruptiva

Cabe preguntarse: ¿Qué está pasando? ¿Por qué los hombres de sotana le están diciendo a los gobiernos de turno "frenen la mano, bajen dos cambios y miren a la gente"?

Por qué la Iglesia hoy suena disruptiva

Imagen creada con IA.

Quienes analizan la política con los manuales del siglo pasado se enfrentan en estos tiempos a una paradoja difícil de entender. La Iglesia Católica, una institución asociada históricamente al ala más conservadora de la sociedad, se ha convertido en uno de los actores más críticos frente al rumbo de los gobiernos contemporáneos.

No se trata de una apreciación subjetiva, sino de una sintonía discursiva que se replica en tres estamentos bien claros.

En el plano global, el Papa León XIV nos sorprende con su primera encíclica, donde planta banderas de advertencia ética frente al avance desregulado de la Inteligencia Artificial y la deshumanización del desarrollo tecnológico.

Si bajamos al plano nacional, el escenario del Tedeum del 25 de Mayo expuso esa misma tensión en la propia cara del presidente Javier Milei: la homilía del arzobispo porteño García Cuerva funcionó como un crudo recordatorio de que la justicia social y el cuidado de los vulnerables no son negociables.

Finalmente, la Iglesia de Córdoba hace su propia bajada al cordón cuneta local: el Arzobispado viene marcando una postura firme sobre realidades ultrasensibles como la desprotección de los «naranjitas» o el avance silencioso de la ludopatía a través de las apuestas online.

¿Qué está pasando acá? ¿Por qué los hombres de sotana le están diciendo a los gobiernos de turno «frenen la mano, bajen dos cambios y miren a la gente»?

Por un lado, cabe preguntarse si el mapa político global no se ha corrido tanto hacia la derecha que la tradicional Doctrina Social de la Iglesia ahora parece de vanguardia. La defensa de la dignidad humana, el valor del trabajo y el rol del Estado como garante de la comunidad son principios que el catolicismo sostiene desde el siglo XIX.

Sin embargo, en un mundo fascinado por el individualismo extremo y las planillas de Excel que deben cerrar a cualquier costo humano, recordar que el prójimo existe suena casi como un discurso rebelde o antisistema. La Iglesia no cambió de lugar. Sigue defendiendo valores como la familia heteroparental o el celibato. Fue la política la que se movió hacia un extremo.

Por otro lado, es imposible obviar el peso del legado de Francisco. Históricamente, las voces críticas dentro del clero —aquellas que caminaban el barro y cuestionaban las lógicas del libre mercado— pertenecían a sectores marginales o pastorales de base que el propio Vaticano y las cúpulas locales miraba de reojo.

Como ejemplo claro y local, acá en Córdoba tuvimos al cura Guillermo Quito Mariani, desplazado en tiempos del cardenal Raúl Primatesta a una cripta de Villa Belgrano donde le permitían criticar al neoliberalismo y otras cuestiones, pero lejos de ser la voz de la Arquidiócesis.

Hoy, la gran diferencia es que esa mirada disruptiva se convirtió en el «oficialismo» del clero. Desde Roma hasta las catedrales de nuestras provincias, la opción por las periferias ya no es una disidencia: es la línea institucional y teológica que define la época.

Sin que una invalide a la otra, ambas lecturas son válidas y explican por qué la Iglesia está ocupando, de manera casi natural, un vacío político evidente. En un escenario donde las oposiciones tradicionales lucen fragmentadas, sin brújula y carentes de relatos profundos, el clero emerge como un actor de peso institucional capaz de plantarse frente al poder.

Más allá de la fe de cada lector, en un mundo que corre el riesgo de volverse cada vez más frío y calculador, el púlpito se ha convertido en un inesperado dique de contención para recordar lo más básico: que detrás de los algoritmos y los ajustes macroeconómicos, sigue habiendo personas de carne y hueso.

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