Viejos miedos, nuevas consignas

Conservadores de diversa estirpe y sectores libertarios despliegan una maquinaria propagandística eficaz, construyendo un relato en el que los sectores más frágiles de Occidente aparecen como una amenaza existencial.

miedos

En la Argentina, donde todavía no existen barrios segregados por religión ni tribunales coránicos, circulan con sorprendente naturalidad miedos importados de Europa y de Estados Unidos. Tal vez sea, como sugiere Joseph Page en su biografía sobre Perón, una de las formas que adopta nuestro persistente complejo de periferia: mirar el mundo desde lejos y, aun así, sentirnos obligados a reproducir sus fantasmas. En ese clima, la reacción de sectores de derecha frente a la comunidad musulmana y al islamismo se convierte, paradójicamente, en un pan cotidiano.

Conservadores de diversa estirpe y sectores libertarios despliegan una maquinaria propagandística eficaz, construyendo un relato en el que los sectores más frágiles de Occidente -los migrantes provenientes de países pobres y sus descendientes- aparecen como una amenaza existencial. La paradoja es evidente: quienes ocupan los márgenes del poder económico y político son presentados como fuerzas capaces de disolver la identidad y el modo de vida occidental.

Estas teorías no son nuevas. Tienen un anclaje profundo en diversos países europeos y en los Estados Unidos desde finales del siglo XIX. Alimentaron corrientes como la eugenesia y desembocaron, con distintas modulaciones, en los fascismos del siglo XX. Ni siquiera la Guerra Fría interrumpió esa tradición.

En países de vocación colonial, estas ideas reaparecieron como el reverso de su propia historia: elites norteamericanas impulsando políticas inmigratorias restrictivas; conservadores británicos denunciando que la movilidad dentro de la Commonwealth cercaba a la población nativa; la emergencia en Francia del Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen o de la Nouvelle Droite de Alain de Benoist. Con el tiempo se profundizaron las teorías supremacistas, antisemitas, antimigratorias y, más recientemente, islamófobas. En ese entramado también se inscriben parte de las prédicas antiabortistas, presentadas como formas de “resistencia cultural”.

La literatura recogió con éxito estas corrientes. Desde El fin de la gran raza de Madison Grant (1916) hasta Sumisión de Michel Houellebecq (2015), el abanico es amplio. Pero fue el escritor francés Renaud Camus quien les dio una fórmula especialmente eficaz. En El Gran Reemplazo (2012) sostuvo que existe una agenda implícita destinada a borrar a los blancos y a los cristianos mediante una islamización progresiva de Europa.

Según Camus, las mayores tasas de natalidad de los inmigrantes musulmanes conducirían inevitablemente a que los franceses se conviertan en minoría en su propio país, sometidos a tribunales islámicos y a la ley coránica. La tolerancia a la inmigración -encarnada para él en dirigentes como Emmanuel Macron o Ángela Merkel- sería así una forma de traición civilizatoria.

En Francia, esta tesis encontró eco, con matices, tanto en Marine Le Pen como en Éric Zemmour, aunque es este último quien la ha convertido en el eje central de su discurso. La lógica es siempre la misma: la comunidad musulmana no solo es presentado como un cuerpo extraño, sino como la imagen visible de una invasión en ciernes.

Estas corrientes proclaman la defensa de “nuestros valores”, pero en ese gesto pisotean principios centrales de la Europa de posguerra: tolerancia, fraternidad, igualdad. No tienen inconvenientes en aceptar a los inmigrantes como mano de obra barata mientras los describen como parásitos. Detrás de esa apariencia inofensiva, advierten, se ocultaría el invasor en potencia.

El “reemplazo” actualiza una vieja paranoia. Cambia el sujeto de la amenaza y maquilla la xenofobia con un lenguaje más presentable. Evita hablar de “raza” y prefiere el término “cultura”, aunque el mecanismo es el mismo. De la antigua “cuestión judía” se pasa a la “cuestión musulmana” en Europa y (por ahora) a la “cuestión latina” en los Estados Unidos. El discurso se apoya en estadísticas y datos demográficos, mezclando problemas reales con conclusiones falaces.

La persistencia de esta teoría no se explica por la solidez de sus fundamentos, que no la tiene, sino por el temor de sus adversarios a dar el debate. La negación sistemática de tensiones reales vinculadas a la inmigración o al Islam ha contribuido, paradójicamente, a su legitimación social.

El debate en torno al uso del hiyab es ilustrativo. Resulta más sencillo escandalizarse frente a determinadas prácticas ajenas que admitir cuán lejos se encuentra Occidente de haber construido sociedades verdaderamente igualitarias y libres de violencia de género. La hipersensibilidad frente a la desigualdad del otro suele revelar la fragilidad del propio ideal igualitario.

En Estados Unidos, muchos estados europeos o países como la Argentina, donde la historia está hecha de oleadas migratorias y mestizajes, adoptar estas consignas revela inseguridad y probablemente oportunismo: pretendiendo capitalizar conflictos ajenos para evitar discutir los propios -pobreza estructural, exclusión social, deterioro del trabajo y del Estado, etc.-.

Frente a eso, parece un error refugiarse en descalificaciones automáticas. Reducir todo a un grito de “fascistas” es, finalmente, una manera elegante de no hacerse cargo de los problemas reales ni de la tradición plural que, con todas sus tensiones, todavía define a muchos países (entre ellos, el nuestro).

 

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