Musicoterapia: una terapia que demuestra cómo la música ayuda a sanar

Cada 24 de marzo se conmemora una disciplina que lleva siglos acompañando al ser humano en sus momentos de dolor y sanación. De los rituales chamánicos a los hospitales de hoy, la música dejó de ser solo entretenimiento para transformarse en una herramienta terapéutica con respaldo científico.

Musicoterapia: una terapia que demuestra cómo la música ayuda a sanar

La musicoterapia combina ciencia, arte y salud para acompañar procesos de recuperación física, emocional y cognitiva. Cada 23 de julio, su día mundial invita a reconocer una disciplina que demuestra cómo el sonido puede convertirse en una valiosa herramienta terapéutica cuando es aplicada por profesionales especializados.

Desde una canción que despierta un recuerdo hasta una melodía que calma la ansiedad, la música tiene la capacidad de provocar respuestas profundas en el ser humano.

Cuando ese recurso artístico se utiliza con objetivos clínicos, planificación y la intervención de un profesional especializado, deja de ser únicamente una expresión cultural para transformarse en una herramienta terapéutica.

Ese es el principio que da origen a la musicoterapia, una disciplina que cada 23 de julio celebra su Día en Argentina y que hoy forma parte de tratamientos en hospitales, centros de rehabilitación, escuelas y espacios de salud mental en todo el mundo.

Aunque durante siglos se habló del poder curativo de la música desde una mirada intuitiva o espiritual, en las últimas décadas la investigación científica comenzó a explicar por qué determinadas experiencias musicales pueden influir sobre el funcionamiento del organismo, las emociones y el comportamiento humano.

Una práctica histórica que nació con nuestra condición humana

Existe una intuición que acompaña a la humanidad desde sus orígenes: que el sonido no solo se escucha, también repara. Mucho antes de que la ciencia le pusiera nombre a esta práctica, chamanes y curanderos de las culturas primitivas ya recurrían a cantos, ritmos y danzas para enfrentar la enfermedad, convencidos de que la música tenía un origen divino y un poder capaz de restaurar la salud.

En la antigua Grecia, esa intuición empezó a teorizarse. Pitágoras, a quien varios historiadores señalan como un precursor de la «medicina por el sonido», sostenía que la música podía devolver la armonía al espíritu.

Foto de archivo: la música en la Antigua Grecia.

Platón, por su parte, la asociaba con la serenidad del alma, mientras que Aristóteles subrayaba su capacidad para provocar catarsis emocional. Durante la Edad Media, esa tradición se profundizó con la teoría del «ethos» musical: la creencia de que cada estilo o tonalidad tiene un carácter propio, capaz de modificar el ánimo y las pasiones de quien lo escucha.

El Renacimiento aportó una mirada más experimental: por primera vez se analizó de manera sistemática cómo la música incidía sobre la respiración, la presión arterial, la actividad muscular y la digestión.

Ya en el siglo XVIII se habían delineado tres ejes que todavía hoy estructuran la práctica terapéutica: el tipo de trastorno a abordar, los gustos musicales del paciente y el vínculo que se construye entre terapeuta y enfermo.

De práctica ancestral a profesión universitaria

Sin embargo, recién en el siglo XX la musicoterapia se convirtió en disciplina académica. En 1950 comenzó a dictarse en universidades y centros especializados de distintas partes del mundo, con Estados Unidos como uno de los principales impulsores: allí, Thayer Gaston se convirtió en el primer profesor universitario de la materia, en la Universidad de Kansas.

Argentina también dejó una huella importante en la historia de la disciplina. El médico Rolando Benenzon creó en 1966 la carrera de Musicoterapia en la Universidad del Salvador, en Buenos Aires, y desarrolló un modelo terapéutico que alcanzó reconocimiento internacional y continúa siendo una referencia para profesionales de América Latina y Europa.

La tarantela que «curaba» picaduras

La historia de la musicoterapia guarda anécdotas tan curiosas como reveladoras. Una de las más llamativas es la del tarantismo, un fenómeno que durante siglos afectó al sur de Italia: se creía que la picadura de una tarántula provocaba una dolencia que solo podía tratarse haciendo bailar al paciente al ritmo frenético de la tarantela, acompañado por guitarra. Entre 1744 y 1793, España llegó a producir al menos trece tratados médicos sobre el tema, que combinaban sangrías y remedios naturales con sesiones musicales adaptadas a cada dolencia.

Investigadores posteriores, como el musicólogo Marius Schneider, hallaron paralelismos entre esta danza y otros rituales de sociedades primitivas, todos con una función similar: una suerte de «autovacuna» corporal frente a la enfermedad.

Mucho más que escuchar música

Los especialistas coinciden en un aspecto fundamental: la musicoterapia no consiste simplemente en reproducir canciones para relajarse.

Se trata de una intervención terapéutica planificada, desarrollada por profesionales con formación específica y orientada a alcanzar objetivos concretos relacionados con la salud.

La Federación Mundial de Musicoterapia la define como el uso profesional de la música y de sus componentes, como el ritmo, la melodía, la armonía y el sonido. Para favorecer la comunicación, el aprendizaje, la expresión emocional, la organización cognitiva y la interacción social, contribuyendo al bienestar físico, psicológico y emocional.

Otras miradas ponen más acento en su función comunicacional. Para muchos especialistas, se trata ante todo de un lenguaje no verbal que abre canales entre paciente y terapeuta, especialmente valioso cuando la palabra no alcanza o no está disponible, como sucede en cuadros de autismo, psicosis o discapacidad.

Más allá de los matices, todas las definiciones coinciden en algo esencial: no alcanza con «poner música» para que exista terapia. Se necesita un profesional capacitado, una metodología, objetivos claros y un vínculo construido en el tiempo entre quien acompaña y quien recibe el tratamiento.

Lo que la ciencia logró medir

Los estudios científicos documentaron que la música genera respuestas concretas y medibles en distintos planos del organismo.

En el plano fisiológico, puede modificar la presión arterial, el ritmo cardíaco, la respiración, la respuesta de la piel e incluso el reflejo pupilar, además de aumentar la tolerancia al dolor y generar efectos relajantes o estimulantes según el estímulo. En el plano psicológico, tiene la capacidad de despertar o intensificar emociones, alegría, tristeza, miedo, calma, actuando de manera directa sobre el sistema nervioso central.

A nivel intelectual, contribuye a desarrollar la atención sostenida, la memoria y la creatividad, y estimula la reflexión de forma placentera, particularmente durante la infancia. Y en el plano social, favorece la expresión personal y opera como un potente factor de cohesión grupal: cantar, bailar o tocar un instrumento en conjunto refuerza los sentimientos compartidos y fortalece los lazos comunitarios.

Beneficios que abarcan todas las etapas de la vida

Uno de los campos más fascinantes de aplicación es el prenatal. El aparato auditivo del feto termina de desarrollarse alrededor del cuarto mes de gestación, momento a partir del cual empieza a percibir sonidos internos y externos.

Diversos estudios con ecografías muestran que los bebés en gestación reaccionan ante la música con movimientos respiratorios, apertura y cierre de párpados o giros de cabeza hacia la fuente sonora, mientras que ante melodías desconocidas aumenta su frecuencia cardíaca. Esta práctica, además, fortalece el vínculo entre la madre y su bebé y reduce la ansiedad materna durante el embarazo y el parto.

En recién nacidos prematuros, las intervenciones musicales mostraron resultados positivos sobre la alimentación, el desarrollo neurológico y la recuperación clínica, incluso favoreciendo el retiro de asistencia respiratoria en algunos casos.

En unidades de cuidados intensivos pediátricos se observó que sesiones breves de música mejoran indicadores del sistema inmunológico: un estudio en un centro oncológico registró un aumento relevante de inmunoglobulina A en niños tras apenas media hora de sesión, mientras que otra investigación detectó un incremento de interleucina 1 y una caída del 25% en los niveles de cortisol en sangre después de un cuarto de hora de música.

En el terreno de la salud mental, distintos trabajos señalan beneficios sobre la autoestima, la afectividad y las relaciones interpersonales. En oncología, se emplea tanto para acompañar necesidades físicas, como el dolor crónico asociado a ciertos tratamientos, como emocionales, ligadas a los cambios de identidad que atraviesan los pacientes. En el ámbito laboral ayuda a prevenir y contrarrestar el estrés, y en el educativo mejora el desarrollo emocional en general.

Un capítulo especialmente estudiado es el del Trastorno del Espectro Autista. Un instrumento musical puede convertirse en el primer punto de contacto para chicos que rechazan cualquier vínculo con otras personas, incluido el propio terapeuta.

Una investigación reciente realizada con niños diagnosticados con TEA en un centro de Castilla-La Mancha, España, aplicó un programa breve de musicoterapia y halló mejoras estadísticamente significativas. Según la evaluación de padres y docentes, se mostraron mejoras en problemas de atención, comportamiento agresivo y otras áreas de conducta, lo que refuerza la idea de que la música puede facilitar el habla, la vocalización y la regulación del comportamiento sensorial y motor en estos niños.

Una disciplina que sigue creciendo

Aunque la musicoterapia continúa ampliando su presencia en los sistemas sanitarios y educativos, los especialistas recuerdan que su eficacia no depende únicamente de la música. El verdadero efecto terapéutico surge de la combinación entre el conocimiento del profesional, la metodología aplicada, las características de cada paciente y el vínculo que se construye durante el tratamiento.

Una invitación a escuchar con otros oídos

En tiempos donde el ruido parece ocupar cada espacio de la vida cotidiana, el Día de la Musicoterapia recuerda que la música puede ser mucho más que entretenimiento. Utilizada con conocimiento, sensibilidad y objetivos terapéuticos, tiene la capacidad de tender puentes, aliviar el sufrimiento y acompañar procesos de recuperación. Porque, a veces, allí donde las palabras encuentran sus límites, una melodía logra abrir el camino hacia el bienestar.

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