Argentina celebra a sus Psicólogos: una profesión que es parte de nuestra cultura y una deuda que persiste

Con una de las tasas de psicólogos por habitante más altas del mundo, el país festeja el Día del Psicólogo. La fecha invita a repasar cómo nació la carrera, qué rasgos le dio el psicoanálisis y qué lugar ocupa realmente la salud mental en la agenda pública.

Argentina celebra a sus Psicólogos: una profesión que es parte de nuestra cultura y una deuda que persiste

Cada 13 de octubre, Argentina celebra el Día del Psicólogo, una fecha que recuerda la organización colectiva de la profesión y plantea un desafío vigente: transformar la importancia cultural de la salud mental en un derecho accesible para todos.

Cada 13 de octubre, Argentina celebra el Día del Psicólogo, una fecha que excede el reconocimiento de una profesión, e invita a revisar el lugar que ocupa la salud mental en una sociedad acostumbrada a hablar de sus conflictos, preguntarse por sus emociones y buscar respuestas en el espacio terapéutico. En un país donde ir al psicólogo forma parte de las conversaciones cotidianas, la efeméride también abre una discusión sobre los derechos, las condiciones de formación y las políticas necesarias para que ese acceso no dependa de las posibilidades económicas de cada persona.

Un día nacido de una reunión en Córdoba

El origen de la conmemoración se remonta al Primer Encuentro Nacional de Psicólogos y Estudiantes de Psicología, realizado en Córdoba entre el 11 y el 13 de octubre de 1974. Convocado por la Confederación de Psicólogos de la República Argentina (CoPRA), el encuentro reunió a profesionales y estudiantes para debatir cuestiones que todavía atravesaban a una disciplina en construcción: los derechos laborales, la formación académica, el ejercicio profesional y la responsabilidad social del psicólogo.

Durante la sesión plenaria del domingo 13 de octubre se aprobó instituir el Día Nacional del Psicólogo, a partir de una propuesta impulsada por el licenciado Delfín Gialluca. La elección de la fecha quedó así vinculada a una conquista colectiva, el reconocimiento de una profesión que buscaba consolidar su identidad, delimitar sus incumbencias y obtener un lugar propio en el campo de la salud.

Tres años más tarde, en 1977, la CoPRA se transformó en la Federación de Psicólogos de la República Argentina (FePRA), entidad que continúa vigente. La historia de la efeméride, por lo tanto, tiene un componente político en el sentido más amplio del término, nació de la participación, la organización y la discusión acerca del papel que los profesionales debían desempeñar en la sociedad.

No se trata solamente de celebrar un título universitario, sino de recordar que el ejercicio de la psicología también involucra derechos, responsabilidades y decisiones sobre cómo acompañar el sufrimiento humano.

Una carrera con identidad propia

Aunque la formación universitaria específica se consolidó a mediados del siglo XX, los antecedentes de la psicología argentina son anteriores. Las primeras cátedras se abrieron en el ámbito universitario cuando la disciplina todavía no contaba con una carrera independiente. Una de ellas funcionó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, a cargo del abogado Ernesto Weigel Muñoz, y posteriormente se incorporó otra en Filosofía y Letras.

Según la reconstrucción histórica del investigador Hugo Klappenbach, la formación profesional comenzó a tomar forma durante la década de 1950. En 1950 surgieron propuestas vinculadas con la Psicotecnia y la Orientación Profesional, como la carrera de Tucumán. Más adelante, entre 1954 y 1959, se crearon las primeras licenciaturas en Psicología en Rosario, Buenos Aires, San Luis, La Plata, Córdoba y Tucumán. A ellas se sumaron luego distintas universidades privadas.

Los primeros egresados llegaron a comienzos de los años sesenta y marcaron un cambio decisivo, la disciplina comenzó a contar con profesionales específicamente formados para ejercerla. Se cerraba así, al menos de manera gradual, la etapa que algunos historiadores describen como la de una «psicología sin psicólogos», en la que su enseñanza y aplicación estaban principalmente en manos de especialistas provenientes de otras áreas.

Pero la consolidación académica no resolvió todas las preguntas. Una de las discusiones centrales fue qué debía definir al psicólogo y cuál era el alcance de su trabajo. Para algunas corrientes, su identidad quedó estrechamente ligada al psicoanálisis; para otras, debía desarrollar un campo autónomo, con herramientas propias para la prevención, la promoción de la salud y la intervención en distintos ámbitos sociales.

En ese debate tuvo influencia el pensamiento de José Bleger, quien concibió al psicólogo como un «agente de cambio», capaz de intervenir más allá de la consulta individual. Sin embargo, el psicoanálisis adquirió un peso considerable en la formación universitaria argentina. Klappenbach señala que esa impronta marcó los planes de estudio entre los años sesenta y el final de la última dictadura, en 1983, y que su influencia continúa siendo visible, aunque con diferencias entre instituciones y regiones.

Esta tradición contribuyó a darle a la psicología argentina un perfil particular. La práctica clínica y la escucha de la palabra ocuparon un lugar destacado en la formación de generaciones de profesionales, mientras que el psicoanálisis se convirtió en una referencia importante de la cultura intelectual del país.

¿Por qué ir al psicólogo es parte de la cultura argentina?

La relación de los argentinos con la psicología no puede explicarse únicamente por la cantidad de profesionales. También responde a una transformación social, aquello que durante mucho tiempo se confiaba casi exclusivamente a la familia, al médico de cabecera o a las instituciones religiosas comenzó a encontrar otros espacios de escucha y elaboración.

El psicólogo pasó a ocupar un lugar en la vida cotidiana, no solo como alguien a quien recurrir ante una crisis, sino también como un profesional con quien pensar los vínculos, los conflictos personales, las decisiones y las dificultades que atraviesan distintas etapas de la vida.

El fenómeno tampoco es exclusivamente argentino. El psicólogo español Miquel Siguan relacionó la expansión de la profesión con los cambios en las sociedades contemporáneas, en las que la mayor libertad individual y la transformación de las normas tradicionales modificaron las formas de abordar los problemas personales. A su vez, el mexicano Emilio Ribes Iñesta advirtió sobre las dificultades históricas para definir una identidad única de la psicología, una disciplina que reúne corrientes teóricas y métodos diversos. Incluso el filósofo Georges Canguilhem había planteado, en 1956, interrogantes sobre qué es aquello que define a la psicología como campo de conocimiento.

En Argentina, estas discusiones adquirieron una expresión cultural propia. Hablar de terapia dejó de ser, para amplios sectores de la población, un asunto necesariamente privado o vergonzante. La experiencia aparece en las conversaciones familiares, en los medios de comunicación, en la literatura y hasta en el humor cotidiano.

Pedir ayuda psicológica se volvió una posibilidad más aceptada y la salud mental ganó visibilidad en el debate público. Sin embargo, que una sociedad hable con frecuencia de sus emociones no significa, por sí mismo, que cuente con los recursos necesarios para atenderlas.

Muchos profesionales no garantizan una mejor salud mental

La cantidad de psicólogos constituye un dato significativo, pero no alcanza para evaluar el funcionamiento de un sistema de salud mental. También importa cómo se forman los profesionales, en qué condiciones trabajan, qué recursos tienen a disposición y, sobre todo, quiénes pueden acceder a sus servicios.

Un informe diagnóstico de la Asociación de Unidades Académicas de Psicología (AUAPsi), citado por Klappenbach, identificó problemas en la formación universitaria, entre ellos una matrícula numerosa, la presencia de docentes ad honorem y sin concursos, una oferta limitada de posgrados, bibliotecas desactualizadas y dificultades de infraestructura para las prácticas. También señaló el predominio de la orientación clínica y la influencia de determinadas corrientes teóricas en los planes de estudio.

El relevamiento advertía, además, una diferencia entre la duración teórica y la duración efectiva de las carreras: frente a un promedio previsto de 5,4 años, la finalización demandaba alrededor de 7,5 años. Se trata de un diagnóstico correspondiente a un contexto determinado, por lo que sus resultados no deben trasladarse automáticamente a la situación actual sin nuevas mediciones.

A estas cuestiones se suma el desafío de garantizar una atención accesible. Para muchas personas, la posibilidad de iniciar o sostener un tratamiento depende de sus ingresos, de la cobertura de salud o de la disponibilidad de servicios públicos en su lugar de residencia. En distintos ámbitos, las demoras, la falta de turnos y las limitaciones de recursos pueden convertirse en obstáculos para recibir acompañamiento oportuno.

La Ley Nacional de Salud Mental 26.657, sancionada en 2010, reconoce la salud mental como un derecho y establece un marco para la protección de las personas y la atención integral. Pero el reconocimiento normativo no resuelve por sí solo las dificultades de implementación. El financiamiento, la disponibilidad de equipos interdisciplinarios, la prevención y la articulación entre los distintos niveles de atención siguen siendo aspectos centrales para evaluar cuánto de ese derecho se garantiza efectivamente.

La pregunta, entonces, no es únicamente cuántos psicólogos tiene Argentina, sino qué posibilidades concretas existen de acceder a ellos cuando alguien necesita ayuda. También importa si la atención llega antes de que una situación se agrave, si existen dispositivos comunitarios y si el sistema puede acompañar tanto las crisis como los procesos prolongados de recuperación.

Una fecha para celebrar y también para revisar lo pendiente

El Día del Psicólogo recuerda una historia de organización profesional y de búsqueda de reconocimiento, pero también permite observar una característica singular de la sociedad argentina, la psicología logró instalarse en su lenguaje cotidiano y ocupar un lugar destacado en la manera de pensar los vínculos, el sufrimiento y la vida personal.

Ese recorrido constituye una conquista cultural. Sin embargo, la naturalidad con la que se habla de terapia convive con una realidad menos visible. No todas las personas pueden acceder a ella en las mismas condiciones, ni todos los territorios cuentan con los recursos necesarios para responder a las demandas de atención.

La distancia entre ambas situaciones invita a revisar qué lugar ocupa la salud mental en las prioridades colectivas. Porque reconocer su importancia implica algo más que promover conversaciones, valorar el trabajo de los profesionales o recordar una fecha en el calendario. Requiere políticas sostenidas, presupuesto, formación de calidad, prevención y servicios accesibles.

Tal vez el verdadero desafío para un país que hizo de la psicología parte de su identidad no sea demostrar cuánto habla de salud mental, sino garantizar cuánto hace por ella. Después de todo, una sociedad no se define solamente por la libertad con la que puede expresar su malestar, sino también por las oportunidades que ofrece para que nadie tenga que atravesarlo en soledad.

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