IA y salud mental: el peligro de reemplazar la ayuda profesional por el diagnóstico de una máquina

Cada vez más personas recurren a los chatbots para hablar de sus problemas, buscar respuestas sobre su salud mental o decidir sobre vínculos, trabajo y proyectos. Dos especialistas advierten sobre la dependencia, el “sesgo de la autoridad algorítmica” y la pérdida de funciones cognitivas.

IA y salud mental: el peligro de reemplazar la ayuda profesional por el diagnóstico de una máquina

Cada vez más personas usan la IA para pedirle consejos sobre decisiones que deben tomarse bajo ayuda profesional.

Una respuesta que se parece a la solución a un problema que llega en pocos segundos y que está al alcance de un click puede generar satisfacción en un momento de desesperación e inestabilidad, pero no reemplaza a la atención terapéutica de profesionales capacitados y sobre todo de humanos que escuchan y entienden las emociones.

La Inteligencia Artificial parece una buena aliada cuando una persona atraviesa una discusión con su pareja, tiene dudas sobre su trabajo, siente ansiedad o simplemente no sabe cómo interpretar algo que le sucede. Basta con abrir un chat y escribir lo que se siente. La respuesta llega en segundos, con un tono comprensivo, ordenado y, muchas veces, tranquilizador.

Más allá de consultar a una IA, el problema aparece cuando esa consulta deja de ser una herramienta ocasional y comienza a ocupar un lugar cada vez más importante en decisiones que involucran emociones, vínculos, salud mental o proyectos personales.

Han existido muchos casos ya de usuarios que conversan durante horas con un sistema que recuerda el contexto de una charla, responde de manera personalizada y adapta su lenguaje a lo que recibe. Esa disponibilidad permanente puede hacer que la IA sea percibida como una especie de consejera, confidente o incluso terapeuta.

Pero una conversación que parece humana no significa que detrás exista una persona que conozca integralmente a quien consulta, comprenda su historia o pueda evaluar clínicamente lo que está ocurriendo. Para analizar estas nuevas conductas, Hoy Día Córdoba abrió el debate con Marcela Artstein, directora de la carrera de Psicología de la Universidad Blas Pascal (UBP) y el psicólogo y docente Diego Tachella.

Para Artstein, la diferencia está justamente en aquello que hace particular al trabajo terapéutico: la posibilidad de comprender la subjetividad de cada paciente y construir una intervención a partir de ella, sobre lo que explica: “Como psicólogos clínicos, como terapeutas, nuestra función tiene que ver con guiar en general a través de preguntas, a través del diálogo socrático y de algunos otros principios técnicos al paciente, a que él mismo descubra cuáles son esas distorsiones cognitivas, esos modos disfuncionales que tiene de percibir la realidad”.

La especialista señala que el trabajo terapéutico también involucra herramientas como la escucha activa y la sintonía emocional. No se trata simplemente de ofrecer una respuesta ante una pregunta puntual, sino de acompañar un proceso en el que se consideran diferentes dimensiones de la persona.

«Cada paciente realmente tiene un modo tan distinto al otro, esquemas mentales tan diferentes, modos de percibir la realidad, por tanto nuestra tarea tiene que ser artesanal, considerando las cualidades y necesidades del pacientes, el juicio clínico y el marco teórico”, sostiene Artstein.

Por eso, considera que plantear que una IA puede reemplazar al psicólogo supone confundir algunas funciones que socialmente se asocian con la profesión —como aconsejar u opinar— con el proceso psicoterapéutico propiamente dicho.

Marcela Artstein.

Desde otra perspectiva, Tachella plantea que sí existen funciones técnicas que una IA puede realizar e incluso imitar con mucha precisión, pero son insuficientes. “En funciones sí, en el lugar del terapeuta no”, resume.

Como ejemplos menciona experimentos en los que jueces profesionales evaluaron a ciegas informes psicológicos escritos por personas y por sistemas de inteligencia artificial, y la máquina llegó a obtener mejores puntuaciones. Para el especialista, esto demuestra que algunas tareas vinculadas con la aplicación de consignas o la elaboración técnica pueden ser realizadas por estos sistemas.

Sin embargo, establece una diferencia central con la relación terapéutica: “La terapia es un encuentro entre dos personas donde el error, la espontaneidad, el no calcular bien el silencio, son parte del proceso creativo que habilita el cambio. Es una danza entre emociones, sensaciones y lecturas del contexto que se dan en tiempo real, y que encuentra nuevas relaciones entre el presente y el pasado”.

Diego Tachella.

Decidir a partir de una respuesta rápida

Uno de los principales problemas es que las decisiones personales están atravesadas por valores, creencias, experiencias y características individuales que una respuesta generada a partir de un intercambio textual no necesariamente puede integrar.

En ese sentido, Artstein explica: “Todos tenemos un escudo de valores que dirigen nuestras conductas. Por eso una conducta para una persona puede ser funcional y la misma conducta para otra persona que no coincide con esos valores puede generar mucha disfuncionalidad, sufrimiento, siendo la misma conducta”.

La IA puede procesar una enorme cantidad de información, pero eso no significa que pueda comprender de la misma manera el sistema de valores y la historia subjetiva de quien consulta. “Claramente es riesgoso porque se pierde la integridad de ese ser que está enfrente y que los terapeutas formados tenemos posibilidades de identificar, de explorar, de diagnosticar y de dar respuestas, intervenciones terapéuticas pertinentes a ese conjunto de evaluaciones que a priori hacemos”, advierte la profesional.

Tachella identifica otro mecanismo clave: el “sesgo de la autoridad algorítmica”. “El riesgo central es que si lo dice una pantalla, nos suena objetivo, neutral, casi científico, aunque atrás no haya ningún criterio clínico sosteniendo esa respuesta, entonces otorgamos a la máquina una autoridad incuestionable”, señala.

El problema, agrega, no sería solamente que un chatbot pueda equivocarse, también está la posibilidad de que confirme aquello que el usuario ya piensa. “He visto y leído casos de personas vulnerables que empiezan a tomar decisiones de vida validadas por un espejo que nunca dice que no. Una decisión personal necesita fricción, no eco y adulación”, plantea sobre eso.

Según Tachella, esa dinámica puede resultar especialmente problemática cuando la persona atraviesa una situación de vulnerabilidad, y menciona un informe de Naciones Unidas de julio de 2026 que advierte que el uso de acompañantes y chatbots de IA para recibir consejos de salud mental está extendido por delante de la evidencia disponible, los marcos de seguridad y la regulación, y que existen casos documentados de daños graves, que hasta condujeron a suicidios.

Disponibilidad en cualquier momento y hora

Hay otra característica de estos sistemas que puede parecer positiva y motivar su uso, y es que están disponibles prácticamente en cualquier momento. No hay que pedir turno, esperar una respuesta, atravesar un silencio incómodo ni enfrentarse necesariamente a una opinión diferente. Se puede volver a la conversación a cualquier hora y continuar desde el punto en el que había quedado.

Para Tachella, esa dinámica puede favorecer la dependencia emocional, vinculándola también con investigaciones desarrolladas desde la década de 1990 sobre la tendencia de las personas a atribuir características sociales y humanas a computadoras y medios tecnológicos.

“Si algo nos habla con la sutileza justa, le asignamos un alma sin que nadie nos lo pida. Hablamos de los chats de IA como si fueran una persona, los antropomorfizamos, les atribuimos sensibilidad y emociones”, explica el psicólogo, y utiliza además una imagen para describir el fenómeno: la del espejo. “No nos enamoramos de la máquina, nos enamoramos de lo que la máquina nos devuelve de nosotros mismos, sin el costo de que el otro también tenga vida propia”, plantea.

Sobre la disponibilidad permanente afirma: “La dependencia se arma sobre una disponibilidad total, sin horarios ni incomodidad, una disponibilidad que ningún vínculo humano puede ofrecer. Y eso entrena a la persona a huir de la conversación real, de los silencios, del aburrimiento fértil, del ritmo más lento, pero más profundo del vínculo genuino”.

Cuando la IA pone un diagnóstico

Uno de los escenarios más delicados aparece cuando una persona llega al consultorio con un diagnóstico obtenido mediante un chatbot. Para Artstein, el punto de partida debe ser explicar qué significa realmente un proceso diagnóstico. “El diagnóstico no es algo de un instante, el diagnóstico es un proceso”, afirma. Una evaluación clínica puede involucrar entrevistas, diferentes herramientas y técnicas psicométricas, además de la consideración de distintos aspectos de la vida y de la salud mental de una persona. En cambio, cuando alguien escribe en una IA una serie de síntomas y recibe como respuesta una posible explicación, la información está limitada por aquello que esa persona decidió contar y por su propia percepción de lo que le sucede.

“El diagnóstico que tira la IA es por síntomas, signos, semiología básica, que es esa semiología que el paciente percibe como disfuncional y por eso la coloca en el sistema, que puede estar obviamente sesgado por la propia percepción de la persona”, explica Artstein.

Por eso, frente a un autodiagnóstico generado por IA, la respuesta profesional no consiste simplemente en aceptar o descartar lo que apareció en pantalla. “Claramente se le va a explicar qué es lo que es un proceso”, sostiene la especialista. El diagnóstico debe volver a ser evaluado mediante un proceso clínico integral, dentro de las competencias profesionales correspondientes.

Por su parte, Tachella agrega la importancia de incorporar además una dimensión de educación digital. Para él, prohibir el uso de la herramienta no necesariamente resuelve el problema. “Pensarlo como co-construcción, no como corrección autoritaria. No se trata de descalificar el autodiagnóstico ni de darle la razón sin más, sino de usarlo como punto de entrada: preguntar qué buscaba esa persona cuando se lo pidió a la IA, qué necesidad estaba cubriendo ese chat que no encontró en otro lado”, plantea.

Desde esa perspectiva, la llegada de la IA al consultorio también puede convertirse en una oportunidad para analizar cómo y por qué una persona utiliza estas herramientas. La pregunta, entonces, se desplaza de si la inteligencia artificial puede responder o no como un psicólogo para preguntarnos qué lugar se le está dando a esa respuesta: si funciona como una herramienta para pensar, como un punto de partida para formular preguntas o como una autoridad a la que se le entrega una decisión.

En esa diferencia puede estar uno de los principales desafíos de la convivencia entre inteligencia artificial y salud mental que es la de aprovechar la capacidad de estas tecnologías sin convertir su disponibilidad, velocidad y aparente seguridad en un reemplazo del pensamiento propio, los vínculos humanos y la ayuda profesional.

La tecnología puede responder en segundos. Pero, frente a las decisiones que involucran la propia vida, todavía queda una tarea que no debería delegarse tan fácilmente: pensar por qué se elige lo que se elige.

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