Más golpes de Estado en el cinturón del golpe

Por Gonzalo Fiore

Más golpes de Estado en el cinturón del golpe

Durante la segunda mitad del siglo XX, la región de África Occidental fue tan inestable y convulsa que se hizo conocida en el resto del mundo con la denominación en inglés de “coup belt”, es decir, “el cinturón del golpe”. En el siglo XXI, el escenario no es mucho más estable, ya que sólo en los últimos 17 meses, se produjeron asonadas militares que derivaron en cuatro golpes de Estado en cinco países ubicados en esa zona. Lo que sucede allí preocupa al resto del mundo debido a que su fragilidad institucional y política casi constante es terreno fértil para el surgimiento de distintos grupos terroristas de corte yihadista o extremista. El derrocamiento que sufrió el ya ex presidente Roch Kaboré, en Burkina Faso, hace dos semanas, se suma a los dos que se produjeron en Mali y en Guinea durante el último año y medio. Hace apenas algunos días, hubo una nueva intentona golpista en Guinea-Bissau, donde los rebeldes tirotearon el palacio presidencial, pero fueron repelidos.

Al igual que lo sucedido en Mali, uno de los motivos principales por el que las Fuerzas Armadas depusieron a Kaboré, justamente es porque era visto por los altos mandos militares como “incapaz” de controlar a las organizaciones terroristas que proliferan en la región del Sahel, especialmente Al Qaeda y el autodenominado Estado Islámico o Daesh. La Franja de Sahel abarca 5.000 kilómetros y atraviesa varios países desde el Océano Atlántico, en el oeste, al Mar Rojo, en el este: el sur de Mauritania, norte de Senegal, centro de Malí, el norte de Burkina Faso, sur de Níger, norte de Nigeria, centro de Chad y de Sudán, Eritrea y norte de Etiopía. Sirve de transición entre el desierto del Sáhara y la sabana africana. Lo que más preocupa allí es el avance del yihadismo y los movimientos extremistas que asolan la región con ataques de una violencia cada vez más inusitada con una frecuencia casi permanente. Tal es así que, de acuerdo con Naciones Unidas, desde 2015 fueron asesinadas más de 2000 personas y desplazadas de sus hogares 1,5 millones.

Lo que sucede en la región occidental africana no es ajeno al polvorín que es el resto del continente. Tan sólo el año pasado, en otras áreas del continente, se llevaron a cabo distintos golpes de Estado y avances rebeldes en países como Chad -donde fue asesinado el presidente, Idriss Déby-, Guinea, Sudán, o Níger. Esto se suma a la inestabilidad de un continente ya de por sí es extremadamente complejo, debido al empobrecimiento al que fue sometido históricamente, el colonialismo de las potencias occidentales europeas, y sus consecuencias sociales. En los últimos años, Francia emprendió una importante retirada de su presencia en la región del Sahel. El país galo ha gastado más de 1.000 millones de dólares desde 2014 para financiar la Operación Barkhane, cuyo objetivo era combatir al yihadismo en la región. Sin embargo, el escaso apoyo de los franceses, sumado al fuerte sentimiento antifrancés de los africanos, provocó la retirada definitiva del Sahel de París.

Los golpes de Estado en la región suelen contar con apoyo popular considerable. Los habitantes de estos países descreen de sus gobiernos debido a que la violencia yihadista ha empañado sus vidas diarias. En Burkina Faso, por ejemplo, los establecimientos educativos permanecen cerrados hace más de un año ya que el gobierno no podía garantizar la seguridad de estos. Por ello, al igual que en Mali, el golpe fue apoyado con manifestaciones en las ciudades principales. La suerte del gobierno quedó echada cuando un ataque en la aldea norteña de Solhan terminó con la muerte de más de 100 personas en junio pasado, en lo que fue un ataque de militantes extremistas que provenían desde Mali. Entonces, Kaboré reorganizó su gabinete y se nombró a sí mismo como ministro de defensa, pero poco y nada cambió a partir de entonces. La impotencia del ex mandatario es similar a la de sus colegas, que parecen imposibilitados de lograr controlar la situación de alguna manera.

Es muy probable que lo sucedido en estos países no quede allí sino que traspase las fronteras y extienda aún más la inestabilidad en la región durante los próximos meses. Mohamed Bazoum, presidente de Niger, no comenzó con el pie derecho este 2022. Los primeros días del año sufrió un intento de golpe que terminó con varías victimas fatales entre civiles y militares. A su vez, desde 2020 hay ataques yihadistas contra fuerzas de seguridad en Costa de Marfil, vecino de Mali y Burkina Faso al sur. Las sanciones occidentales contra los golpistas han demostrado ser completamente ineficaces para evitar nuevos derrocamientos o asonadas militares en la región. No hay, en el corto ni en el mediano plazo, nada que traiga optimismo respecto del futuro de África Occidental. Lo cuál es muy preocupante no sólo para el continente, sino también para el resto del planeta, debido a las ramificaciones que los grupos terroristas adquieren rápidamente. La violencia que ya ejercen contra sus propios connacionales es brutal, y uno de sus grandes objetivos es exportarla.

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