Bienvenida a Valle

Por Flor Canosa

Bienvenida a Valle

Le preguntás al guarda del tren por qué no se detiene en Valle y el tipo te mira como si le hubieses preguntando cuándo llegan a Moscú o Río de Janeiro. Te recita las estaciones como un rezo. Pasa de Villanueva a Valdés, salteándose Valle, que justo está entre esas dos, y se lo hacés notar. Ese pueblo no existe, señora, te dice. Le discutís un poco, en voz bajita, pero te agota la negativa. No le encontrás sentido a insistirle con que vos naciste ahí hace cuarenta y cinco años. Vos no te manejás nada bien con los conflictos, enseguida te resignás a que la razón deba ser del otro. Aún en esto, que pone en tela de juicio tu cordura y toda tu infancia.

Te bajás en Valdés, no te queda más remedio. Son unos diez kilómetros del límite de Valle. Diez kilómetros de campo, vacas, alambrado, bosta y todo aquello que decidiste dejar atrás para, al menos, fracasar entre cemento y luces de colores.

Te guía el instinto y los recuerdos del cuerpo. De la mente hace rato que borraste los datos de navegación, pero adentro te quedaron los resabios de una brújula que ahora te lleva directo al cartel que anuncia que, a partir de allí, la misma ruta y el mismo paisaje, los mismos silos y los alambrados y los vacunos y la bosta, tienen otro nombre.

Ahora pisás Valle.

El pueblo existe, a pesar del guarda y del tren que no se detiene más. No pensás que saltearse el pueblo sea magia, pensás en neoliberalismo. Sentís el impulso de sacarle una foto al cartel para mostrarle al guarda, pero tanteás en el bolsillo del abrigo y no encontrás tu celular. Te da una especie de escalofrío en la panza, el vértigo repentino de haber perdido algo para siempre; no recordás cuándo fue la última vez que agarraste el celular y te debatís sobre la necesidad de volver a buscarlo a la estación, pero aquella pelea instantánea que se da en tu mente, tu cuerpo no la reconoce como válida, y seguís avanzando. Te olvidás del móvil al adentrarte en Valle. Te distraés pensando en que un nombre de pueblo no hace, en definitiva, ninguna diferencia; no cambia los colores ni la gente ni las tonadas. La remota provincia de Buenos Aires es una topografía uniforme y sus habitantes una suerte de memoria colectiva. La ruta no dice nada en especial sobre Valle. Pasado el cartel, son unos tres kilómetros hasta que empieza a parecerse a una zona más urbana. En el campo las distancias se miden distinto. No podés decir cuadras, contás kilómetros y entonces las fábricas y los galpones se convierten lentamente en casa-quintas y luego en casas sin pileta ni jardín para después volverse casas y departamentos de no más de dos pisos.

Todo está tal como lo recordabas, como la última vez que lo viste, congelado en el tufo noventoso. Estos pueblos atrasan treinta años, pensás. Ves brillante y nuevo el último chalet que se había construido. La moderna casa de los Fernández, que tardaron como diez años en terminar, y pusieron el último detalle allá por 1993, con sus tejas coloradas, sus ladrillos a la vista. Luce como estrenado ayer, hasta con las aureolas de cemento en la vereda, ahí mismo donde los albañiles improvisaron su obrador y apilaban arena y ladrillos. Te acordás patente, porque desde los nueve años jugabas en esos cúmulos de arena, aunque te dijeran que por la noche ahí meaba un croto. Te parece raro ver la casa reluciente, como recién nacida, pero creés que estás sugestionada por el cansancio, la impotencia y la caminata desde el pueblo vecino. Tu mente te obliga a armar una narrativa que justifique el descalabro y te convencés de que tal vez la casa la hayan tirado y vuelto a construir —idéntica a sí misma—el año pasado. Caminás tres cuadras más y te cruzás con Nelly, la gallega, la vecina del perro salchicha. Te saluda con un movimiento de cabeza y tironea de la correa de su salchicha que parece ser el mismo de hace treinta años y te preguntás, entonces, dos cosas: ¿cómo puede haberte reconocido veintisiete años después y cómo está viva si se murió hace veinticinco años? Así te lo preguntás, porque este tipo de preguntas nunca tienen lógica.

Pasa Nelly y enseguida ves al Beto lavando su cupé Fuego y ahora medio que entendés. Porque el Beto se murió en la ruta hace diez años. Medio que entendés, también, porque en diagonal está la casa de tu infancia, de tu pubertad, donde vive tu viejo solo ahora, o así debería ser, si existiera algo tan sencillo como «ahora» en este espejo distorsionante en el cual se volvió la realidad. Porque en el balcón ves a tu vieja regando el malvón, tu vieja que se mudó a Capital en el 96, vivió dos años con vos y se murió de cáncer.

***

Cuando lo enunciás por primera vez en voz alta, es que empieza a suceder. Antes de eso no es más que una idea rebotando en las conexiones nerviosas de tu cerebro. El sonido desprendido de tus labios, materializa el concepto y lo vuelve real. No hay una explicación científica, ni tampoco alguna del terreno de la magia. Hay gente a la que le pasa y, como vos, rara vez se entera.

En aquel entonces, hace veintisiete años, la sentencia salió de tu boca casi reptando por la faringe; un murmullo para vos misma flotando en la humedad del ambiente. Fue la primera vez que una frase tuya se convertía en conjuro. Podrías haber dicho «qué calor». Podrías haber repetido, como todo el tiempo que viviste en ese lugar, que estabas harta de ese rocío pegajoso que volvía la atmósfera palpable y la humanidad insoportable. Pero lo que te expulsaba de allí no era del orden de lo meteorológico. Por eso, elegiste decir otra cosa:

—Este pueblo está maldito.

Veintisiete años atrás lo dijiste, antes de subirte al tren con una promesa que no te quedó más remedio que quebrar ahora, veintisiete años después de esa frase y de rebobinar el recorrido en el tren que te tragó y hace unas horas te escupió de nuevo en las cercanías del pueblo.

Porque vos hacés con la boca, con la lengua, con la enunciación.

Como esa vez que, aunque llevaras meses masticando una decisión, recién cuando pudiste expresar en voz alta frente a tu amiga «ya no lo quiero, se terminó», recién ahí se hizo posible terminar con él. El mecanismo de tu vida está inevitablemente aceitado con palabras pronunciadas. No es una coincidencia, no es auto convencimiento. Como esa vez en que el profesor de semiología del CBC te tomó de punto y, en voz bajita, le dijiste a Carolina: «ojalá se muera» y el profesor de semiología murió a las dos horas atropellado por un colectivo que andaba fuera de recorrido.

Por suerte, no sos una persona locuaz ni mal intencionada. La mayoría de los malos deseos te los guardás para vos misma. Te da vergüenza maldecir, y eso te salva. Si no, esta sería la historia de una masacre y no la de una pequeña tragedia personal que afectó a un puñado de habitantes que, desde hace casi tres décadas, nadie recuerda. Tu silencio te conserva del dolor y también de la alegría. No supiste nunca que podrías haberle pedido a tu vieja, en voz alta, que no se muriera tan pronto, que se mejorara. Si lo decías, eso iba a volverse real. Pero apenas tuviste el coraje de pedirle que dejara de sufrir, y así lo hizo.

Así que, aunque no lo sepas, hace veintisiete años le echaste una maldición al pueblo y ahora tuviste que volver y ya no te acordás por qué tuviste que hacerlo.

Entonces entendés que, si te mirases en un espejo, comprobarías que tenés nuevamente casi dieciocho años, porque la maldición que escupiste sobre el pueblo lo dejó congelado en sí mismo, viviendo un eterno 1993 aunque no consigas cazar cómo es el funcionamiento del tiempo suspendido.

No te da la psiquis ni la emoción. Te quedás mirando a tu vieja desde abajo y ella no te ve. Está regando los malvones, como siempre a esa hora del día. La ventana de la ochava es la de tu cuarto. Imaginás las paredes pintadas a la cal y los cuatro pósters raídos: Michael Jackson, todavía negro, apoyado sobre su cadera, con un traje blanco, un poema de Kalhil Gibrán, Mercedes Sosa y The Wall. Ahora abrís la puerta de calle, subís al primer piso y entrás a tu cuarto y no sabés qué decirle a tu vieja, porque ella no se alegra de verte, solamente te pregunta si te olvidaste algo. Vos querés abrazarla; hace veintitrés años que la despediste en el hospital, enjuta, grisácea y cadavérica, con una mama amputada, la respiración cavernosa y el hígado carcomido por la metástasis; con el cuerpo lleno de morfina y los ojos prácticamente ciegos. La abrazás. Ella no entiende y vos, mientras la apretás calentita y rellena, con olor a vida, pensás que, sea lo que sea este sueño, tenés una oportunidad de cambiarle el futuro y alargarle los años, pero ni la más pálida idea de cómo, porque todo esto que te estoy diciendo, vos no lo escuchás, no te sirve de guía, no funciona más que como una voz en off que fue muteada y no le habla a nadie.

Sos totalmente ignorante del embrujo de tus palabras. Nada te preparó para hacerte responsable de que puedas tener injerencia sobre este hechizo. No entendés cómo es que hay una versión de tu vieja viviendo todavía allí, pero no hay una versión tuya. ¿Será que en algún momento tu cuerpo de cuarenta y cinco se unió a tu cuerpo de diecisiete y se hicieron uno? ¿Eso es lo que sucedió o simplemente tu versión cuarentona se desintegró al pisar el pueblo? ¿Es un universo paralelo, es un universo duplicado, es un universo en donde el tiempo actúa erráticamente? ¿Por qué las dos veces que hablaste por teléfono con tu viejo no te dijo nada? Desde afuera (o desde el presente, o desde el otro mundo, quién sabe) nada estaba corrido de eje como ahora/acá. No hay explicaciones certeras y tampoco te hacés esas preguntas, esas me las hago yo, que tengo que narrarte. Por desgracia, no puedo resolver los sinsentidos de lo que te está sucediendo, porque no puedo inventar, solamente nombrar para que avance.

Decidís soñarlo todo a tu antojo, al punto de que convencés a tu vieja de que se vayan de esa casa, que huyan de tu viejo borracho y jugador que la faja más de torpe que de jodido, pero igual la lastima dos o tres veces por semana. No sabés que alcanza con que le digas en voz alta que se van de ese pueblo para siempre, para que ella empiece a hacer las valijas para irse de ese pueblo para siempre, porque es tu magia. El problema es que tus propias palabras no pueden contradecirse. Vos decís que se tienen que ir y con tu mamá llegan a la estación, pero ya dijiste, hace veintisiete años o dentro de uno —difícil de definir el tiempo en esta anomalía— que ese pueblo está maldito, así que lo está. Estás en una disyuntiva, en una paradoja, justamente por todas esas preguntas que no pudiste hacerte y que no hay quién te responda.

Tu lengua podría deshacer la maldición, pero eso implica que tu madre ya estaría muerta, porque vos no la supiste dejar en el pueblo para que viva para siempre. Si vos la rescataste hace tantos años, ¿cómo es que ella, muerta allá, está de nuevo acá? ¿Será que todo lo muerto vuelve a quedar fijado en Valle, como en un purgatorio? De alguna manera, no saber que podrías romper la maldición, es una bendición encubierta, porque ¿a qué momento de la vida iría todo a parar si la cronología se pusiera de nuevo en funcionamiento? En este instante, no querés que nada cambie; tenés miedo de despertarte y que la flecha vuelva al presente y tu madre desaparezca.

Sin saber cómo usar las palabras, estás condenada, como el pueblo. Mirás a tu mamá, su piel rosada, sus caderas amplias, la respiración mansa, los pechos intactos, el hígado sin mácula y sabés que ella fue lo mejor que tuviste. Que tardaste mucho en entender que serías capaz de cualquier cosa por regalarle una vida eterna, aunque vos te condenes a un loop. Serás consciente de que estás atrapada en el tiempo y el espacio, en tu cuerpo de diecisiete y en tu vida monótona y violenta, pero alguna herramienta extra vas a encontrar para mitigar el pánico. Son unos años; con el correr del tiempo, paulatinamente, irás olvidando que una vez saliste hacia la gran ciudad y viviste otra vida entera.

Ahora, bienvenida a Valle, ese pueblo de mierda al que prometiste no volver y del cual no podés escapar dos veces. Ese pueblo maldito donde quedó atrapado lo mejor y lo peor de tu infancia.

 

Flor Canosa

(Buenos Aires, 1978) es guionista y montajista de cine y TV, egresada de la ENERC en ambas especialidades. Hace 20 años se desempeña como Jefa de trabajos prácticos en el CePIA (Centro de Producción e Investigación Audiovisual) de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Ganó el Premio X de Novela Contemporánea 2015 de Editorial El Cuervo (Bolivia) y Suburbano (EEUU) con su primera novela «Lolas» y luego publicó tres más: «Bolas» (2017, Editorial Zona Borde), «Pulpa» (2019) y «Los accidentes geográficos» (2021), éstas dos últimas con editorial Obloshka. Sus cuentos y poesías han formado parte de antologías de Argentina, Uruguay, España y EEUU, como parte de libros y en diarios, revistas y sitios web. Como guionista, trabaja con la productora Navajo Films para proyectos de cine y TV para cadenas como Star, Amazon y HBO. También para Canal Encuentro, TV Pública y organismos como ONU, junto a otras productoras. Además, escribe cómics, hace radio, lee compulsivamente y navega en las redes.

El presente relato aúna elementos de ciencia ficción y terror emocional, emparentándolo con Solaris, de Stanislaw Lem. ¿Hasta qué punto la infancia es un paraíso perdido? El tiempo suspendido, la melancolía de añorar todo lo que cambió o se fue y la negación a vivir el presente como un vacío de tiempo suspendido son algunas de las tramas que componen este tejido.

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