Disparo en la oscuridad

Por Matías Rivarola

Disparo en la oscuridad

No me gusta revolver el pasado. Cuando pienso en esos años, los años de mi adolescencia, vuelvo a percibir el regusto amargo de la angustia, al enemigo agazapado que espera un descuido para volver a golpearme. Nunca tuve muchos amigos. Eso me llevó a rodearme de gente extraña, frikis a los que nadie tenía en consideración para nada. No quiero que esto suene a justificación, sólo que ciertas cosas necesitan aclararse.

Diez años tenía cuando mis padres se divorciaron. En casa todo iba a las patadas y terminó de la peor manera. Fue triste y traumático. Durante las noches, metía la cabeza bajo la almohada y lloraba hasta quedarme dormido.

La separación me ensombreció. Empecé a esconderme cuando mis amigos iban a buscarme a casa para jugar. Salía poco y nada. Pocas cosas me interesaban: la música, las armas. Algunas siestas, me escabullía por la ventana de mi habitación y caminaba hasta un montecito cercano para tirar con mi rifle. Bajaba pajaritos, algunos patos, y los dejaba tirados. Por las noches, subía al techo de casa e intentaba darles a los murciélagos que merodeaban los silos de la cooperativa de granos. Lo demás era estar tirado en la cama, siempre con la música a todo volumen.

En la secundaria, las cosas se complicaron más. No tenía ganas de estar ahí. El primer día me senté en el fondo. Quería pasar desapercibido. A mi lado vino a sentarse un pelilargo de ropa oscura, borceguíes y muñequeras con tachas. Era más grande que el resto. Le decían Sombra, era repitente. A mí el estudio nunca me costó. Aprobaba para que en casa no me rompieran las pelotas. A mi lado, Sombra encontró un aliado para salir del atolladero de primer año sin tener que preocuparse más que por copiar con disimulo o escuchar las respuestas que le susurraba por lo bajo. A cambio, él empezó a prestarme ejemplares de su colección de cedés y discos de vinilo, la mayoría de heavy metal.

Nos hicimos muy amigos, inseparables. Cuando ya estábamos en tercer año, Sombra empezó a insistir con que debíamos formar nuestra propia banda de metal, que estaba cansado de las banditas de rocanrol pedorro. En mi infancia, había asistido a una academia de música. Nos enseñaban a tocar la guitarra criolla y el bombo legüero. El profesor era un hombre abatido. Sus clases eran soporíferas. Su depresión crónica y el folclore me pudrieron y no quise ir más. Sombra tenía una batería medio destartalada. Era bueno, bastante rápido, uno de los pocos en el pueblo que dominaba el doble pedal.

Sin que se lo pida, Sombra me consiguió una guitarra y un amplificador. Me los llevó a casa y me dijo que le metiera, que en unos días más podía traerme también una pedalera de efectos. Aproveché para preguntarle quién iba a tocar el bajo. No es necesario, tenemos una voz tan potente que vamos a tirar todo el pueblo abajo, me dijo.

La voz era Cintia. La tenía de vista. Algunas veces la había visto deambular por las calles del centro. Daba la impresión de ser una chica frágil, medio introvertida. La primera vez que nos juntamos a ensayar me quedé pasmado. Parecía de otra galaxia, como si alguien hubiera puesto en ella un don que apenas podía dominar. Cintia no llegaba al metro sesenta. No podía entender de dónde venía esa voz. O, mejor dicho, esas voces, porque era capaz de cantar como una soprano o una fiera. Cuando cantaba, Cintia entraba en una especie de trance. Sus ojos se ponían en blanco. Una tarde, incluso, llegó a convulsionar.

Era bastante claro que no nos necesitaba. Cintia estaba destinada a la grandeza. Su talento la desbordaba. Cosas extrañas pasaban mientras ella cantaba. Objetos que se movían y caían al piso. Aunque lo más molesto era una especie de zumbido que me taladraba el cráneo. Pensé que era un problema de sonido, algo producto de nuestra falta de experiencia para ecualizar los equipos, pero nadie más parecía percibirlo.

Cuando terminábamos de ensayar me sentía invadido por una energía extraña. Esas noches me costaba conciliar el sueño, tenía pesadillas. Sentía como un peso muerto sobre el pecho y una especie de garra áspera y fría que me apretaba la garganta.

A las pocas semanas, Cintia nos dijo que no podía seguir. Se sentía débil. Con vergüenza, nos confesó que había empezado a escuchar voces. Le pedían sacrificar a su mamá, a su hermanito. La noche anterior, estuvo a punto de tomarse dos tabletas enteras de sedantes. Sombra intentó tranquilizarla. Le dijo que era algo pasajero, propio de la edad, y que iríamos a un lugar donde podían ayudarla. Para demostrarle mi apoyo, le dije que yo también había empezado a percibir cosas extrañas.

Todos en el pueblo conocían a las hermanas Rueda. Eran tres chicas jóvenes y hermosas. Se decía que Lucy, la mayor, era bruja. Nunca terminé de creerlo. Me parecían habladurías de las mentes chatas y obtusas que nos rodeaban. A la única que conocía era a Mariana, la del medio, que era amiga de una prima.

Las hermanas Rueda vivían en la periferia. No tenían padres. Cuando Sombra nos avisó que iríamos a su casa, tuve un mal presentimiento. Fuimos en moto, dejando atrás barrios oscuros. Tomamos por un camino de tierra, entubado por una masa compacta de árboles. Al pasar por el basurero a cielo abierto, vi a un hombre desnudo, acuclillado en la oscuridad. Se estaba metiendo algo en la boca. Cuando el faro iluminó su espalda, giró la cabeza con una sonrisa aterradora. Sus dientes eran estacas negras, una baba gelatinosa le caía por la barbilla. Más adelante, cuando todavía no lograba reponerme, vi una especie de perro enorme entrar al monte erguido sobre sus patas traseras.

En una zona desforestada, en medio de la nada, se erigía la casa de las Rueda. Era un caserón venido a menos. El tiempo había decolorado y enmohecido a las paredes. Un foco de escasa potencia pendía sobre la puerta principal. El resto era oscuridad. Sombra se bajó de la moto y golpeó las manos. Era difícil que alguien lo escuchase. Desde adentro provenían música a todo volumen y gritos.

Sombra hizo un gesto para que lo esperásemos. Cintia estaba en la moto conmigo. Tenía los brazos cruzados y la cabeza apoyada sobre mi espalda. Su cuerpo irradiaba calor. Cada tanto sentía chuchos que la sacudían. Le pregunté si se sentía bien. Su cabeza se movió apenas para decirme que no. Sombra se mandó hacia el fondo de la casa. A los pocos minutos abrió la puerta y cabeceó en señal de que podíamos pasar.

La casa estaba llena de gente. Parecía una fiesta, pero el espíritu no era de celebración. Me llamó la atención la carencia de muebles, salvo un par de sillas y una mesa de madera de pino sobre la que había botellas y vasos con bebidas y velas derritiéndose. La única iluminación provenía, precisamente, de velas pegadas en el piso. Al entrar divisé a Mariana y con timidez levanté una mano para saludarla. Me respondió elevando la pera con desprecio. Me sentí incómodo. Cintia seguía a mi lado, aferrada a mi brazo. Se la notaba lánguida. Sombra fue a hablar con Lucy. Volvió y le dijo a Cintia que estaban alistando todo.

Unas chicas vestidas con túnicas vinieron y se la llevaron. Creo que le dije suerte o alguna estupidez. No sabía qué hacer. La música sonaba fuerte. Había tambores. Lo que más me sobresaltaba eran unos gritos desgarradores, como si a un infeliz le estuvieran arrancando las muelas con una tenaza. El aire era pesado, me costaba respirar. La casa parecía sellada al vacío. Olía a basura. Sentí un vahído y los músculos del cuello se me aflojaron.

En un momento se acercó hasta mí Roxana, la menor de las hermanas. Era divina. Roxana me agarró de la mano para llevarme a una habitación con las paredes pintadas de negro. Había velas rojas en los vértices. Me puso una mano en la cabeza y sentí un hormigueo en las piernas. Dijo que mi energía estaba para abajo. Me hizo arrodillar en medio de la habitación y me pidió que cierre los ojos. Me sentí abombado. Empecé a escuchar el llanto de un bebé y la risa de alguien mayor, alguien con los pulmones rotos, que se reía y tosía al mismo tiempo. Escuché la puerta rechinar y pasos arrastrados. Al abrir los ojos me encontré con la cara de Lucy, iluminada por el candor naranja de una vela. Lucy sostenía un cáliz que apoyó en mi labio inferior. El líquido era espeso, me quemó la garganta. Dijo que iba a sentirme cansado y que debía relajarme. Algo tibio me chorreó por la frente y me empapó el cuello y el pecho. Lucy siguió hablando, pero ya no pude entenderla, como si de repente hablara en otra lengua.

No sé bien cuánto tiempo estuve dormido. No sé si dormido es el término correcto. Escuchaba y veía algo, pero no podía reaccionar. En cierto momento percibí que el cielorraso se rajaba y asomaban serpientes que reptaban por la pared. Luego empezaron a llover pájaros. Patos y murciélagos que estallaban al pegar contra el piso. No podía mover ningún músculo. Me desvanecí. Al abrir nuevamente los ojos, me vi atado a una cama. A mi lado estaba Raulito, el loquito del pueblo, también maniatado a los caños descascarados de una cama de hospital. Un enfermero entró y mirándome dijo: ¿Sabés lo que es el amansaloco? ¿No? Ahora vas a ver. Raulito empezó a gritar y patalear. El enfermero le bajó los lienzos y lo empaló. Antes de irse me dijo: Portate bien, sino seguís vos. Raulito lloraba y suplicaba por ayuda. Yo intentaba librarme, pero cada movimiento ceñía con más fuerza las ataduras. Me dolía mucho la pierna. Una víbora blanca se había enroscado en mi rodilla. Un frío filoso empezó a subirme por las extremidades. Me congelaba. El frío siguió avanzando hasta que llegó a la cabeza y todos mis sentidos cesaron.

Me desperté ovillado. Estaba desnudo. Se me partía la cabeza. Con esfuerzo logré ponerme de pie y me moví a tientas. Todo era oscuridad. Me costó encontrar el picaporte. Abrí despacio y empecé a buscar algo para vestirme. La casa estaba vacía, parecía deshabitada. Salí al patio. El sol estaba cayendo. En un tendal había algo de ropa colgada. Tomé una remera y un pantalón hawaiano que me quedaba ridículo. Escuché otra vez el llanto del bebé y se me puso la piel de gallina. Caminé un poco por el interior de la casa, buscando algún rastro de vida. En las habitaciones no había camas, sólo colchones en el piso con las sábanas revueltas y sucias. El olor a transpiración era agrio. El llanto se volvía nítido por unos segundos y luego se perdía, como si alguien estuviera jugando con el volumen de un parlante. Recorrí los ambientes. No encontré a nadie. Ni Cintia, ni Sombra ni ninguna de las hermanas. Corrí una cortina y vi que mi moto seguía estacionada afuera.

Volví a casa y me recluí en mi habitación. Me sentía raro. Aún quedaba unos días más de las vacaciones de invierno. Ese tiempo me sirvió para recuperarme. El día previo al reinicio de clases sentí mucha ansiedad. No quería cruzarme con Sombra. Se había roto algo entre ambos. Sombra no apareció durante toda la semana. Se rumoreaba que había dejado. Al final, volvió. Yo había tomado el recaudo de sentarme un poco más adelante. Eso lo desconcertó. A mí, en cambio, me descolocó su frialdad. Parecía que nunca hubiéramos sido amigos, casi hermanos. Era como si una energía extraña nos separase. Sombra estaba más ensimismado que de costumbre. Nunca hablamos sobre lo que pasó esa noche en la casa de las Rueda. A las pocas semanas me corté el pelo. Me enfoqué en el estudio. Hice nuevas amistades, empecé a ir al boliche. A veces, incluso, me animaba a bailar.

No volví a saber nada de Cintia. Una tarde que fuimos con mis amigos a la plaza, la vi cruzar en bicicleta. A la distancia parecía ser la misma, con algunos kilos más que la daban un aspecto más saludable. Uno de los chicos comentó que ya no cantaba, que de un día para otro había perdido la voz. Y dijo que esas cosas solían pasar, las cuerdas vocales maduran y no siempre para bien. Se hizo un silencio. Entendí que era mi turno, que debía decir algo. Agaché la cabeza y me quedé callado. Para salir del momento incomodo, una de las chicas empezó a hablar del viaje a Bariloche. Había que hacer rifas, vender pollo asado, cualquier cosa. Alguien preguntó si Sombra también iba a viajar y algunos se rieron con sorna.

Ese año, Sombra volvió a repetir. Al final, terminó dejando la escuela para irse a Buenos Aires. Nunca más volví a tener noticias suyas. Tampoco supe más de Cintia. Lo único que conservo es una cinta con su voz grabada. Sé que no es buena idea volver a oírla.

 

Matías Rivarola

(Juan José Castelli, Chaco, 1980). Desde 1998 reside en la ciudad de Corrientes. Es licenciado en Comunicación Social. Publicó el libro de poesía Mala onda (Ananga Ranga, Corrientes, 2017) y el relato La lista marrón (Color Ciego Ediciones, San Luis, 2019). Participó de las antologías Cuentos Tropicantes (Literatura Tropical-CeCuAl, Chaco, 2014) y Literatura barata y discos de goma (Cuentos Criollos, San Luis, 2017).

Matías Rivarola nos presenta con Disparo en la oscuridad una historia de iniciación: la banda de rock, el colegio, los amigos, las chicas. Hasta que las cosas se complican y los personajes deciden pedir ayuda de las hermanas Rueda, reputadas y temidas brujas adolescentes del pueblo. Humor y terror mezclados en sabias proporciones dan cuenta de su maestría como narrador.

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