La madre sola y abandonada, pobre de toda pobreza, parió a su sexto hijo y lo llamó Rodolfo Enrique. Rodolfo como su padre ido. Rodolfo Enrique lo llamó, pero le dijo Facundo toda la vida. La mujer, sola y abandonada en la ciudad de La Plata, agarró lo poco que tenía y con todas sus crías (seis) se fue a Ushuaia. Según cuenta la leyenda, al Sur llegaron vivos cuatro de aquellos seis hijos. Siempre según la leyenda, el resto habría muerto en el camino. No el más chico, a quien le decían Facundo.
En Ushuaia vivieron en galpones abandonados colonizados por ratas, en baños públicos hasta que los descubrían, en la calle con temperaturas bajo 0. Eran, recuerda Facundo, una familia de pobres descosidos.
El mismo Facundo, el más chico, que tenía 9 en la lejana Ushuaia, un día escuchó que el presidente Juan Domingo Perón daba trabajo a quien lo necesitara. Y el niño de 9 años, cuenta la leyenda que él mismo construyó, pobre muy pobre, chico de la calle, andrajoso y olvidado, viajó por tierra y a dedo desde Ushuaia a Buenos Aires. Tres meses de viaje hasta la Capital Federal, donde le dijeron, apenas llegado, que Perón iba a estar en la catedral de La Plata. Y hacia allá fue el niño, que logró meterse entre la multitud mientras la pareja presidencial transitaba las calles de la ciudad y le gritó, el niño pobre, al auto que trasladaba a Perón y a Eva, si había trabajo.
_ Eh, Perón, Evita, ¿hay algún trabajito?
Eva, relata la leyenda, pidió que detuvieran el auto y le trajeran al niño. Cuando lo tuvo al frente, la abanderada de los humildes le dijo:
_ Por fin alguien que pide trabajo y no limosna. Sí que hay trabajo, mi amor. Siempre hay trabajo.
Dos días más tarde, cuenta la leyenda, el niño Facundo, bañado y comido, regresó a Tierra del Fuego en avión y con un trabajo para su madre como celadora en un colegio de Tandil. En Tandil, la madre múltiple pudo armar un hogar, pero Facundo, que era incontrolable en el Sur, también lo fue en la nueva ciudad. Dice de él mismo que era analfabeto, ladrón, violento, sin colegio y que se la pasaba peleándose en la calle. Los hermanos de Facundo vivían peor que él. Eran, dice, y siguen siendo, unos pobres tipos. Incluso no sabe, Facundo, ya convertido en hombre exitoso, si alguno sigue vivo.
En Tandil, Facundo era un paria. Siempre borracho, lo echaban como a un perro de todos lados. Cuando lo echaban, él se ponía a leer. A Malatesta, a Proudon. Ya pintaba para anarca. Y como buen anarca dejó la ciudad, dejó a su madre y se fue a Buenos Aires con la idea de ser artista. Se inscribió en la Escuela Panamericana de Arte y camino a cursar en aquel junio de 1960, en plena calle porteña, se topó con un cartel de la discográfica Odeón. Aquí Discográfica Odeón, y entró. En la recepción de Odeón lo atendió una secretaria y muy amable Facundo le dijo:
_ Buenas, vengo a grabar un long play.
La secretaria, desorientada, apenas le respondió:
_ Buen día, pero usted no es artista de la compañía.
Y él, rápido, respondió:
_ No, elegí este sello por tus senos.
La agresión de Facundo generó un escándalo en la Odeón. Los hombres de la compañía aparecieron de repente para expulsar al acosador. Pero el director de la discográfica, lejos de enojarse con Facundo, le siguió el juego.
_ Dígame joven, ¿qué necesita? -preguntó en tono burlón-.
_ Vengo a grabar un disco y no me dejan pasar…
_ Ah, -insistió el ejecutivo, siempre en sorna-, no me diga que nos eligió, maestro.
Y mirando al resto de sus empleados con cara de ‘le sigamos el juego’, le preguntó.
_ ¿Cómo es su nombre, maestro?
_ Facundo.
_ ¿Así nomás, ¿Facundo?
_ Facundo Cabral.
_ Ah, qué bueno, pase por acá Facundo Cabral.
Aun sabiendo que se estaban burlando de él, Facundo Cabral lo apuró:
_ ¿Y cuándo podemos empezar a grabar?
_ Cuando usted quiera -le dijo el jefe de la Odeón-.
_ Ahora mismo.
Y lo llevaron a la sala de grabación, le pusieron una sillita y un micrófono y mientras todos estaban esperando algo que los tirara al piso de la risa, Facundo Cabral empezó a cantar:
Vuele bajo / porque abajo está la verdad
Esto es algo que los hombres / no aprenden jamás.
El ejecutivo de la Odeón cambió su cara y el tono de su voz. Cuando terminó la canción, ingresó a la sala y ya fue otro.
_ Cabral, ¿cuántas canciones tenés así?
Cabral, más calle que cualquier empresario, fue más rápido:
_ ¿Cuántas querés?
En una hora, dice la leyenda, grabó su primer disco. Y desde entonces y hasta 1965, por 5 años, fue el músico que más discos vendió en la República Argentina. En ese entonces no era Facundo Cabral: su descubridor lo rebautizó El Indio Gasparino, un éxito inédito en ventas.
