En un 1986 atestado de disyuntivas, parecía campear sólo una consigna: ¿de qué lado estás?
La Guerra Fría fracturaba al mundo y llegaba hasta América Latina, donde Washington consideraba a Cuba y a la Nicaragua sandinista parte de un mismo mal a erradicar, mientras la deuda externa generaba crisis enormes desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego.
En Sudamérica amanecían las democracias argentina, brasileña y uruguaya, aunque las dictaduras chilenas y paraguaya se empecinaban en persistir.
En nuestro país, radicales y peronistas no encontraban puntos de consenso en una agenda que avanzaba y retrocedía como en el juego de la oca. Ni el fútbol se salvaba. Arreciaba la interna entre bilardistas y menottistas, aun cuando de México volvimos campeones de la mano de un Diego Maradona tan amado y discutido entonces como ahora.
La cultura popular atravesaba el mismo remolino. El legado de Borges, el lugar de los exiliados, el recambio generacional, el destape o la censura. En la música no había tregua, sea tango, folklore o rock (alimentando dentro de éste, diversas divisiones).
Mientras el mundo insistía en dividirse en bandos, una esquina porteña fue escenario de un abrazo espontáneo. ¿Vos sos vos? se dijeron sorprendidos y felices. Uno de ellos, Fito Páez, a sus 23 años, era un joven veterano al que le habían ocurrido muchas cosas en apenas un trienio. Juan Carlos Baglietto lo había incorporado a la Trova Rosarina, recorriendo el país y conquistando Buenos Aires. Poco después, Charly García lo convocó a su banda, participando del fundamental Piano Bar, mientras desarrollaba una carrera solista que ya había entregado títulos como Del 63 y Giros. El otro, Luis Alberto Spinetta, contaba 36 abriles, de los cuales había dedicado la mitad a inventar y reinventar el rock argentino a través de experiencias como Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Spinetta Jade y una sólida producción solista. Acababa de publicar Privé y venía de ver frustrado un ambicioso proyecto compartido con Charly García. De aquella asociación sólo sobrevivió una versión doméstica de «Rezo por vos», aunque muchas de las canciones pensadas para aquel álbum terminarían encontrando destino en obras posteriores de ambos músicos.
Buceando en las publicaciones de época y las biografías de ambos artistas (la publicada por Fito en 2022 y el trabajo de Sergio Marchi sobre el Flaco, de 2019) se trató de una simbiosis casi perfecta. Lejos de constituir un obstáculo, las diferencias facilitaron los vínculos. En la alteridad aparecía un complemento. Páez y Fabiana Cantilo, por años su pareja (también involucrados artísticamente) se integraron en la nutrida familia de Spinetta y éste acompañó a su amigo a Rosario, embebiéndose de su universo esencial. Películas compartidas, lecturas, conversaciones, intercambios musicales y una creciente admiración recíproca fueron construyendo un territorio común. Tomando el desafío de habitar la tensión, desde una práctica concreta de amistad, crearon una obra nueva.
Resulta curioso observar que un trabajo tan relevante no hable directamente de los graves asuntos de su tiempo. Sin embargo, pocas manifestaciones artísticas argentinas (de cualquier género) expresaron con tanta profundidad una de las preguntas fundamentales de entonces: ¿qué hacemos con la libertad?
El disco insumió 300 horas de grabación, magnitud inusual en el país para la época. De perfiles muy diferentes, Fito y el Flaco no priorizaron la composición conjunta: cada uno aportó su material y el otro lo intervino. Trabajaron especialmente las voces. Además de los protagonistas, participaron la banda de Fito Páez (Fabián Gallardo, Daniel Wirtz, Fabián Llonch) e invitados de excepción (Carlos Franzetti, Fabiana Cantilo, Pino Marrone, Ricardo Mollo). El arte de tapa, a cargo de “Dylan” Martí, muestra la icónica composición de una sola cara, a partir del rostro de ambos (mucho antes de la Mac o de la IA).
Se pueden identificar en las canciones ciertos intereses. Quizá su búsqueda principal sea cómo combinar el amor, el tiempo y la libertad (o sugerir cómo cada una de esas grandes categorías humanas está hecha de las otras). “Carta para mí desde el 2086”, “Todos estos años de gente”, “Serpiente de gas” o “Parte del aire” (dedicado por Páez a su padre, fallecido pocos meses antes) parecen preguntarse por aquello que, en el devenir, permanece, cambia o se hereda.
La vulnerabilidad, la inocencia y la intimidad se vislumbran de diversas maneras en “Jabalíes conejines”, “Pequeño Ángel”, “Un niño nace”, “Asilo en tu corazón”, “Dejaste ver tu corazón” (de Fito, para Cantilo) o “Estoy atiborrado con tu amor”.
La búsqueda creativa, la pasión que la impulsa, la experimentación, la utopía como actitud, el registro de los otros al crear, se presentan con distintos matices: “Arrecife”, “Sólo lalala”, “Folis Verghet”, “Tengo un mono”, “Instant-táneas”, “Cuando el arte ataque” o “Hay otra canción”, nos van llevando sin prisa por ese camino.
Una sorprendente versión de “Gricel”, el clásico de Mores y Contursi (hay mucho tango a lo largo del álbum, en otro esfuerzo por derribar muros) y dos piezas instrumentales (“Retrato de bambis” y “Woyzeck”) completan una lista que con el paso de los años puede sonar melancólica (lo eran aquellas épocas), dejando la sensación de haber acompañado una conversación sobre el tiempo, la belleza, la pérdida, la amistad, la imaginación. Y ese interés, precisamente, es lo que sigue resultando contemporáneo cuarenta años después
La obra, según sus autores, fue hecha con “libertad total”. No alienta posturas binarias. No agrede ni denuncia. Sí indaga, propone, defiende. En 2012, homenajeando a Spinetta en la Biblioteca Nacional, Páez regresó sobre aquellas ideas, en un discurso muy emotivo, donde destacó a Spinetta como inventor de una forma que no se parece literalmente a nada, ubicando esa radicalidad en el marco histórico argentino. No cabe duda de que aquella visión sobre su amigo, también lo alcanza a él.
Visto desde hoy, La la la no fue solamente el encuentro entre dos generaciones del rock argentino. Fue una apuesta por el affectio societatis, por impulsar el diálogo en un tiempo de trincheras. Quizás por eso, además de dejar clásicos en el repertorio de ambos, conserva intacta su capacidad de conmover. Sigue recordando una posibilidad que ningún individuo debería resignar: la de crear con otros, sin necesidad de pertenecer a la misma tribu o pensar igual.
Después de todo, como anunciaba “Hay otra canción”, el tema que cierra el álbum y la única composición firmada por ambos: “Vientos de amor / Sin dirección / Hacen que todo, todo siga”.
