Día de los Cuidados y el Apoyo: la revolución invisible que sostiene al mundo

Dos lectores, miembros de Hoy Comunidad, reflexionan sobre el cuidado como un derecho humano fundamental y reclaman políticas públicas que reconozcan y acompañen a quienes cuidan.

Día de los Cuidados y el Apoyo: la revolución invisible que sostiene al mundo

Hoy jueves 29 de octubre, el planeta conmemora el Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, una efeméride instaurada por la Asamblea General de la ONU (mediante resolución A/RES/77/317, aprobada el 24 de julio de 2023) la cual no nace para agendar una celebración festiva, sino para saldar una deuda histórica. Mírese las manos en este momento. Pensemos en la última vez que estuvimos enfermo, en el plato de comida caliente que encontramos sobre la mesa tras una jornada devastadora, o en la fragilidad absoluta de nuestros primeros años de vida. Todo lo que somos, todo lo que hemos construido como civilización, se sostiene sobre un andamiaje invisible pero ferozmente resistente: El Cuidado.

Sin embargo, lo que es el motor afectivo y material de la humanidad sigue operando en la penumbra de la economía global, considerado un asunto privado, un «deber de amor» o, peor aún, una obligación biológica asignada culturalmente a las mujeres. Ha llegado la hora de remover la indiferencia colectiva. Cuidar y ser cuidado no es un acto de caridad, ni una transacción doméstica menor; es un derecho humano fundamental y la columna vertebral que evita que nuestras sociedades colapsen.

La paradoja del motor inmóvil

Vivimos en un sistema obsesionado con los indicadores de productividad, el crecimiento financiero y el éxito de mercado. Paradójicamente, la infraestructura que permite que un obrero asista a la fábrica, que un científico descubra una cura o que un ejecutivo cierre un negocio millonario, está completamente devaluada. Si las personas que limpian, cocinan, crían, sanan y acompañan a los ancianos, a las personas con discapacidad, a los niños, a las personas enfermas, decidieran cruzar los brazos durante veinticuatro horas, el engranaje del mundo se detendría en seco.

Las cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) son demoledoras: las mujeres realizan más del 76% del trabajo de cuidado no remunerado a nivel mundial. Dedican a estas tareas, en promedio, tres veces más tiempo que los hombres. Esta brecha no es una simple estadística; es una fábrica de desigualdad. Traducida a la cruda realidad, significa que millones de Cuidadores, la gran mayoría, mujeres ven truncados sus proyectos de vida, sus carreras profesionales y su autonomía económica porque el sistema asume que su tiempo y su energía son inagotables y gratuitos. Estamos financiando el progreso económico global a costa del empobrecimiento y el agotamiento crónico de más de la mitad de la población.

La vulnerabilidad como certeza compartida

Existe una soberbia contemporánea que nos hace creer autosuficientes. Nos percibimos como individuos plenamente autónomos, capaces de devorarnos el mundo por mérito propio. Es un espejismo peligroso. La única certeza democrática e ineludible que compartimos todos los seres humanos es la vulnerabilidad. Nacemos necesitando que otros nos alimenten y nos protejan para sobrevivir; enfermamos y requerimos asistencia; y, en nuestro momento de envejecer, casi seguramente volveremos a encontrarnos en un estado de dependencia.

El cuidado es el hilo que teje nuestra dignidad cuando las fuerzas nos abandonan. Por lo tanto, desatender este sector no es solo una negligencia económica, es una profunda crisis moral y humana.

Detrás de cada niño que llega a la escuela, de cada persona mayor que puede vivir con dignidad, de cada persona con discapacidad que necesita apoyos y de cada paciente que atraviesa una enfermedad, hay una red de cuidados. La gran mayoría de las veces, dichas redes son sostenidas por familiares que deben reorganizar sus horarios, sus empleos, sus proyectos y hasta arriesgar su propia salud para estar presentes.

Hay madres y padres que pasan noches enteras sin dormir. Hijos que acompañan a sus padres mayores mientras intentan conservar sus empleos. Personas que renuncian a oportunidades laborales, reducen sus ingresos o postergan sus propios tratamientos porque alguien depende de ellas. Hay familias que deben desenvolverse entre certificados, autorizaciones, trámites, tratamientos y prestaciones, mientras procuran que la persona a la que cuidan tenga una vida digna.

Y hay una pregunta que pocas veces se formula: ¿quién cuida a quien cuida?

El cuidador familiar suele ser considerado fuerte, responsable, generoso, incluso admirable. Pero detrás de esas palabras puede esconderse una realidad mucho más dura: un cansancio acumulado, un aislamiento, afectación económica, falta de descanso, salud lesionada y ausencia de alternativas.

La entrega no elimina la vulnerabilidad. El amor no paga las facturas. La voluntad no reemplaza los servicios profesionales. Y la fortaleza de una familia no puede utilizarse como excusa para la inacción de las instituciones.

Cuidar puede ser un acto de afecto, pero también es trabajo.

Hacia una nueva arquitectura social: Las 5 «R»

Consolidar el derecho al cuidado exige una transformación radical que va más allá de la retórica política. Implica transitar de la lógica de la «ayuda doméstica» a la implementación de sistemas nacionales e integrales de cuidado. Este cambio de paradigma requiere articular de manera urgente cinco acciones urgentes:

El Derecho al Cuidado interpela al Estado, a las empresas, al sistema educativo, a los servicios de salud, a las organizaciones sociales y a la ciudadanía. Exige políticas públicas integrales, servicios accesibles, apoyos a las familias, licencias adecuadas, flexibilidad laboral razonable, formación profesional, responsabilidad social empresaria, reconocimiento de los cuidadores y una distribución más justa de las responsabilidades.

No se trata de transferir todas las obligaciones al Estado, ni de desconocer el papel de las familias. Se trata de construir una corresponsabilidad social del cuidado, donde nadie tenga que enfrentar en soledad una necesidad que, tarde o temprano, puede atravesar la vida de cualquiera.

En el ámbito argentino, este debate debe vincularse con los compromisos constitucionales e internacionales en materia de derechos humanos, igualdad, seguridad social, discapacidad y protección de las familias. Así, la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad obliga a pensar los apoyos desde la autonomía, la inclusión y la dignidad de cada persona, no desde el aislamiento ni la sustitución de sus decisiones.

El desafío consiste en transformar esos principios en respuestas concretas: que una familia no deba elegir entre trabajar y acompañar a un hijo; que una persona mayor no quede desprotegida por carecer de familiares disponibles; que un cuidador no deba enfermar para demostrar cuánto se ha esforzado

El imperativo del mañana

Las sociedades del futuro no podrán evaluarse solamente por su productividad, su crecimiento económico o su capacidad tecnológica. También deberán medirse por su capacidad de proteger la vida, distribuir las responsabilidades y evitar que la dependencia humana se convierta en motivo de pobreza, exclusión o discriminación.

Invertir en cuidados no es un gasto improductivo; se trata justamente de lo contrario: es invertir en salud, educación, empleo, igualdad y cohesión social. Es reconocer una infraestructura humana sin la cual ninguna otra infraestructura funciona.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: el Derecho al Cuidado no pertenece a una sola ideología, ni debe convertirse en una bandera partidaria. Su fundamento es anterior a cualquier diferencia política: todos somos vulnerables en algún momento, todos necesitamos de los demás y ninguna sociedad puede considerarse plenamente justa si abandona a quienes más apoyo necesitan.

No podemos seguir llamándonos sociedades civilizadas mientras el acto más humano de todos —el de sostener la vida del otro— equivalga a una condena a la exclusión o la pobreza. El derecho al cuidado es el nuevo pacto social que el siglo XXI exige con desesperación. No se trata de un gasto público; es la inversión más inteligente, ética y rentable que un país puede realizar, porque cohesiona el tejido social y dinamiza la economía desde su base más profunda.

Este 29 de octubre, la invitación no es a aplaudir el sacrificio de quienes cuidan en silencio. La invitación es a indignarnos ante su desprotección y a exigir que el cuidado se convierta en una responsabilidad compartida entre el Estado, el mercado, la comunidad y los hogares. Lo que corresponde es exigir políticas, presupuestos y leyes que conviertan el cuidado en lo que ya es: un derecho de todas las personas, en todas las etapas de la vida.

Algún día todos vamos a necesitar que nos cuiden. Construyamos hoy la sociedad en la que queremos ser cuidados mañana.

Al final del día, luchar por el derecho al cuidado no es solo defender a un sector vulnerable: es asegurar la red de seguridad en la que todos, tarde o temprano, tendremos que apoyarnos para seguir siendo humanos.

Adriana Alicia Ávila – Abogada- Diplomada en Discapacidad – Diplomada en Derechos Humanos

Gustavo Alfredo Robles – Abogado – Diplomado en Neurodivergencias – Diplomado en Autismo – Ensayista.

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