En Afganistán es cada vez más difícil y cruel vivir siendo mujer. Desde el regreso de los talibanes al poder, el retroceso ha sido total: actualmente, las mujeres afganas cuentan con menos protección legal que los animales, ya que las penas por maltrato animal superan las previstas para agresiones físicas graves cometidas por un hombre contra su esposa. En ningún otro país del mundo se han desmantelado los derechos de la mitad de la población a través de leyes, políticas y prácticas en la misma medida que en Afganistán. De acuerdo con la ONU, estamos ante un apartheid de género que tiene como objetivo borrar a las mujeres de la vida pública.
El 15 de agosto se cumplieron cinco años de la toma del país en el marco de la retirada de las tropas estadounidenses. Los talibanes celebraron ese día como una gran victoria, con desfiles en Kabul y en otras provincias, buscando presentar al gobierno como una autoridad firme y destacando lo que consideran uno de sus principales logros: haber terminado con décadas de guerra y recuperado la seguridad.
Sin embargo, no hay ningún motivo real para festejar: el país se encuentra hundido en una profunda crisis económica, con altos índices de desempleo y pobreza, donde las oportunidades son cada vez más escasas. Pero sobre todo, celebran mientras mujeres y niñas sufren las restricciones más severas del mundo, con limitaciones que atraviesan todos los ámbitos de su vida: desde la educación y el trabajo hasta su propia presencia en el espacio público. Y, como era de esperarse, en el acto no había mujeres.
Para entender lo que está ocurriendo en Afganistán, Hoy Día Córdoba dialogó con la licenciada en Relaciones Internacionales, Agustina Bonatti, quien analizó la pérdida de derechos de las mujeres en el país, el origen del régimen talibán y el rol de la comunidad internacional en este escenario.
En relación con el progresivo recorte de derechos, Bonatti señala que desde 2021 los talibanes han publicado más de 130 edictos que restringen peligrosamente las libertades de las mujeres. En este contexto, los organismos internacionales sostienen que Afganistán atraviesa una de las crisis de derechos humanos más graves del mundo, caracterizada además por ejecuciones sumarias de opositores y desapariciones forzadas; vejaciones y abusos contra la comunidad LGBTQI+; el estricto control de los medios de comunicación y de la libertad de expresión de mujeres y hombres; y el colapso del sistema sanitario por falta de financiación y personal.
Dentro de este panorama, la situación de las mujeres y las niñas merece una atención especial. Bonatti resalta que Afganistán es actualmente el único país del mundo donde ambas tienen prohibido acceder a la educación secundaria y superior.
“La restricción educativa ya alcanzó a toda una generación y estas prohibiciones también están afectando el acceso de las mujeres a distintos puestos de trabajo. La falta de docentes, médicas, enfermeras y otras profesionales mujeres está generando graves consecuencias. Y no solo eso: las mujeres también tienen restringido el acceso a distintos espacios públicos, como parques y gimnasios, y enfrentan fuertes controles para viajar y desplazarse sin la compañía de un hombre o tutor (llamado mahram)”, expone Bonatti.
En 2024, los talibanes convirtieron la vigilancia sobre las mujeres en norma mediante la denominada Ley de Virtud y Prevención del Vicio, que endurece el control sobre la vida pública y privada de las mujeres.
En este marco, se intensifican los controles de la vestimenta y la participación de las mujeres en la vida social, reduciendo cada vez más su autonomía. Para salir a la calle, deben cubrirse totalmente con la burka, que las obliga a ver el mundo a través de una pequeña rejilla. Si no cumplen con el código de vestimenta, pueden ir presas e incluso ser sometidas a agresiones en la vía pública.
Tampoco pueden conocer a alguien pensando en una pareja, aunque el mismo régimen incentive el matrimonio, recuerda Bonatti. La mayoría de los casamientos en Afganistán son arreglados por los hombres de las familias, quitando cualquier posibilidad de elección a las mujeres.
Además, bajo el régimen talibán, las normas sobre el matrimonio han dado un giro radical con la eliminación de los límites de edad para casarse, que antes se situaban entre los 16 y los 18 años. Ahora se permite el matrimonio infantil: una niña de 10 años puede casarse con un hombre mayor. Estas normas también restringen el derecho al divorcio y refuerzan el control masculino.
El matrimonio mismo dejó de ser una celebración y se convirtió en otro espacio sometido a la vigilancia religiosa y el control estatal. Las mujeres afganas no pueden maquillarse en el día de su boda, bailar o cantar. Incluso el uso de perfume fue prohibido, dejando en claro que el control del régimen talibán va mucho más allá de la vestimenta.
En este contexto de creciente restricción de la vida de las mujeres, Bonatti señala que actualmente internet es su único vínculo con el mundo exterior. Sin embargo, hay semanas en las que se corta el acceso a la red, dejándolas completamente aisladas del mundo que las rodea. “Todo esto derivó en una crisis de salud mental severa”, subraya la analista internacional.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor del 80% de los intentos de suicidio en Afganistán son realizados por mujeres y niñas, una cifra que contrasta con la tendencia mundial, donde la mayoría de los casos registrados corresponden a hombres.
Este dato refleja algunas de las trágicas consecuencias de lo que puede interpretarse como un apartheid de género: un sistema de opresión, dominación y exclusión institucionalizada que los talibanes utilizan para borrar a las mujeres y niñas del espacio público y de la vida en sociedad, además de negarles derechos fundamentales.
Cómo los talibanes volvieron al poder en Afganistán
Para entender cómo Afganistán llegó a este punto, es necesario mirar hacia atrás. Bonatti recuerda que este país estuvo involucrado en las dinámicas del mundo bipolar en el marco de la Guerra Fría. En 1979, la Unión Soviética invadió Afganistán para respaldar al gobierno comunista que acababa de asumir, en el marco de sus intereses geopolíticos en la región. Años después, Estados Unidos intervino apoyando con armas y entrenamiento a los muyahidines, las fuerzas de resistencia al comunismo, respaldadas también por Arabia Saudita y Pakistán.
“Los muyahidines buscaban crear un Estado islámico teocrático. Estados Unidos los apoyó para combatir al comunismo, sin prever que entre las personas que estaba formando se encontraba Osama bin Laden. Tras la retirada soviética en 1989, Afganistán quedó sumido en una guerra civil entre distintas facciones religiosas y, en 1996, los talibanes tomaron el poder y pusieron fin al conflicto”, explicó Bonatti.
Todo cambió con los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York. “En respuesta, el presidente George W. Bush inició la llamada ‘guerra contra el terror’ y Estados Unidos desplegó la Operación Libertad Duradera para derrocar al gobierno talibán, perseguir a Al Qaeda, reconstruir lo que consideraban que era un Estado fallido y establecer una democracia al estilo occidental. Así se constituyó la República Islámica de Afganistán, que desterró solo por un tiempo a los talibanes”, indicó la analista internacional.
Sin embargo, Bonatti subraya que los talibanes lograron preservar su presencia en el país. El grupo mantuvo el control de grandes áreas de cultivo de opio, una de sus principales fuentes de ingresos, lo que les permitió financiarse, sobrevivir y fortalecerse durante los años de intervención estadounidense.
En los años que siguieron, la vida social parecía haber cambiado para siempre. Los derechos de las mujeres experimentaron un avance histórico: se consagró la igualdad de género en la Constitución de 2004, millones de jóvenes accedieron a la educación escolar y universitaria y las mujeres participaron en la política, el poder judicial y la fuerza laboral.
Tras casi 20 años de intervención, Donald Trump firmó en 2020 el Acuerdo de Doha con los talibanes y pactó la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán, con el objetivo de poner fin a las llamadas “guerras eternas”. En abril de 2021, ya bajo la presidencia de Joe Biden, Estados Unidos anunció un nuevo plan para completar la retirada, que concluyó el 30 de agosto de 2021.
“El fin de la presencia militar estadounidense y la debilidad del gobierno afgano allanaron el camino para que los talibanes tomaran Kabul y se apoderaran del palacio presidencial. A pesar de los resultados cuestionables, Biden reafirmó su decisión y defendió la retirada”, sostuvo Bonatti.
Al recuperar el control de Afganistán, los talibanes intentaron proyectar una imagen diferente a la de su anterior gobierno, instaurado a finales de la década de 1990. En un primer momento, prometieron adoptar una postura más moderada y aseguraron que las mujeres no volverían a estar sometidas a las estrictas prohibiciones de aquella época. Sin embargo, el «lavado de cara» les duró poco y, con el paso del tiempo, las restricciones volvieron a alcanzar niveles de crueldad similares a los de su primer gobierno.
La crisis detrás del régimen teocrático
Esta nueva etapa de gobierno también profundizó los problemas estructurales que Afganistán arrastra desde hace décadas. Bonatti explica que, tras años de guerra, el país se encuentra entre los más pobres del mundo y enfrenta una infraestructura debilitada, bajos niveles de desarrollo humano y una marcada dependencia de la asistencia internacional.
La gravedad de esta situación queda reflejada en los datos: “Según la ONU, una de cada tres personas en Afganistán necesita asistencia alimentaria y casi 3,7 millones de menores de cinco años corren riesgo de sufrir desnutrición. Por su parte, el Comité Internacional de Rescate advierte que las necesidades humanitarias han alcanzado su mayor nivel, debido a las sequías, las consecuencias de los terremotos y las deportaciones provenientes de los países vecinos, Irán y Pakistán”, precisó.
La crisis también alcanza al sistema sanitario y tiene consecuencias especialmente graves para las mujeres. Las restricciones impuestas por el régimen limitan su acceso a la atención médica, ya que no siempre pueden ser atendidas por profesionales hombres. Al mismo tiempo, las prohibiciones para acceder a la educación y formación profesional amenazan con profundizar la escasez de médicas y otras trabajadoras sanitarias, lo que podría agravar aún más las consecuencias para su salud y su supervivencia.
La comunidad internacional, entre condenas y negociaciones
Frente a este escenario, surge inevitablemente una pregunta: ¿hasta cuándo el mundo seguirá mirando hacia otro lado mientras los talibanes borran el derecho de las mujeres a existir y ser?
Bonatti señala que las condenas de la comunidad internacional conviven con negociaciones, vínculos diplomáticos y relaciones económicas que, en muchos casos, terminan por legitimar al régimen.
En esa línea, recuerda que Rusia se convirtió en el primer país en reconocer formalmente al gobierno talibán en 2025, mientras que otras potencias, como China, mantienen relaciones diplomáticas y económicas con Kabul sin haber dado el mismo paso. Además, crece el número de países que han otorgado un reconocimiento de facto mediante acuerdos, la acreditación de diplomáticos y la gestión de embajadas en Afganistán.
Este año, por primera vez, la Unión Europea recibió en Bruselas a una delegación del gobierno talibán con el objetivo de negociar y coordinar la deportación de ciudadanos afganos en situación irregular y considerados un riesgo para la seguridad europea.
Cuando las grandes potencias deciden sentarse en la misma mesa que un gobierno que busca anular los derechos de las mujeres, cabe preguntarse qué es lo que realmente está en juego. En este caso, parece claro que los intereses geopolíticos y económicos pesan más que una verdadera preocupación por la situación de millones de mujeres y niñas.
El apartheid de género existe y si los talibanes continúan endureciendo sus políticas contra las mujeres, las consecuencias serán devastadoras para las futuras generaciones. Que el mundo no se olvide de las mujeres afganas. Y si intentan silenciarlas, seamos su voz.
