Hoy comienza el evento deportivo más grande y visto del planeta: la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA. Esta celebración global que se realiza cada cuatro años -y que se espera con mucho entusiasmo- suele entenderse como un encuentro cultural y una experiencia colectiva capaz de movilizar muchas emociones. Sin embargo, detrás del espectáculo futbolístico se desdobla una compleja red de disputas políticas, intereses económicos, tensiones diplomáticas y estrategias de poder. En este sentido, el Mundial se configura como un espacio particularmente relevante para ser analizado desde la geopolítica.
Al respecto, Hoy Día Córdoba dialogó con la licenciada en Relaciones Internacionales, Agustina Bonatti, quien analizó diversas cuestiones vinculadas a la Copa del Mundo y las tensiones globales que la atraviesan.
Como primer punto de análisis, Bonatti recordó que la candidatura conjunta de Estados Unidos, México y Canadá —tres Estados que integran el acuerdo comercial T-MEC— para organizar la Copa del Mundo fue seleccionada oficialmente en 2018, durante la primera administración de Donald Trump en Estados Unidos. La decisión marcó un hito en la historia de los mundiales, al tratarse de una edición organizada de manera conjunta por tres países, con múltiples sedes y una ampliación en la cantidad de selecciones participantes, que pasó de 32 a 48.
“¿Quién hubiera imaginado en aquel momento que, ocho años después, sería Trump también el anfitrión en este mega evento? Claro está que él no va a desaprovechar semejante oportunidad en clave política. El Mundial de Fútbol Masculino genera una visibilidad y poder que pocos eventos deportivos logran. Nada es al azar: desde la cantidad de selecciones, hasta los estadios elegidos y la división de partidos en cada Estado sede”, planteó.
En esa misma línea, Bonatti puso el foco en el rol de los países anfitriones y en las diferencias en la aplicación de sanciones dentro del sistema futbolístico internacional. Según la analista internacional, si bien quien organiza el evento es la FIFA, “mucho tiene que ver el poder de los países anfitriones”.
Rusia, por ejemplo, permanece suspendida desde 2022 de las competiciones organizadas por la FIFA y la UEFA a raíz de la guerra con Ucrania, lo que la dejó fuera, por segunda vez consecutiva, de una Copa del Mundo. Sin embargo, Bonatti advirtió que no ocurrió lo mismo con Estados Unidos e Israel, países actualmente involucrados en el conflicto con Irán. En el caso israelí, pese a no haber superado la fase eliminatoria, “en ningún momento se habló de suspensión”, remarcó la especialista. “¿Quién aplica estas reglas diferenciales?”, cuestionó, al tiempo que sugirió que el peso político, militar y comercial de Estados Unidos podría influir, de manera directa, en el escenario internacional que rodea al torneo.
En medio de la guerra, Irán disputa el mundial
Al recordar que uno de los anfitriones de la Copa del Mundo de 2026 mantiene un conflicto con uno de los países participantes —Irán-, Bonatti explicó que, por cuestiones de seguridad, la selección iraní solo puede asentarse en México, el único de los tres países sede con el que la República Islámica mantiene representación diplomática.
“Con Estados Unidos las relaciones se rompieron en 1979 y, en la actualidad, cualquier trámite administrativo debe gestionarse a través de la Embajada de Pakistán. En el caso de Canadá, los vínculos diplomáticos se interrumpieron en 2012 y los trámites se canalizan mediante Suiza, que actúa como potencia protectora de los intereses de Irán en territorio canadiense”, indicó.
Ante esta situación, Bonatti explicó que la selección de Irán se hospedará durante el torneo en la ciudad de Tijuana e ingresará a los demás países solo para disputar los encuentros que allí se celebren. “Cada integrante de la delegación contará con una visa con validez de 24 horas, que utilizarán cada vez que deban cruzar la frontera para jugar”, afirmó.
En ese marco, la analista internacional también se refirió al rol de la FIFA y a los límites de su capacidad de intervención frente a este tipo de escenarios. “Puede controlar la logística, los protocolos oficiales y el trato hacia las delegaciones durante la competencia; pero los visados, los controles fronterizos y el sistema de seguridad en general dependen de Estados Unidos”, remarcó.
Anfitriones y sedes: las diferencias detrás del Mundial 2026
Pero las diferencias entre sedes no solo se expresan en términos logísticos o diplomáticos. Para Bonatti, cada país anfitrión también imprime al torneo sus propias tensiones políticas, culturales y sociales. En ese sentido, al trazar una comparación con el Mundial de Qatar 2022, la especialista recordó que gran parte del debate estuvo atravesado por las denuncias sobre derechos humanos, la situación de las mujeres y los mensajes vinculados a la comunidad LGBTQ+ que algunas selecciones intentaron visibilizar antes de los partidos.
“En esta oportunidad, de cara a los enfrentamientos armados, se ha puesto de manifiesto que el reglamento de la institución organizadora establece que el equipamiento no debe contener mensajes o imágenes de carácter político, religioso o personal. Además, se prohíben referencias vinculadas a personas específicas o acontecimientos políticos determinados”, indicó.
Esto se ha difundido debido a que los jugadores iraníes han aterrizado en México con el número “168” en sus sacos, símbolo que homenajea a los niños fallecidos en una escuela primaria durante el primer día de la guerra entre Estados Unidos, Irán e Israel.
Por otro lado, la analista internacional consideró que el Mundial de Qatar 2022 ayudó al país a demostrar que tenía algo para ofrecer al mercado global, al tiempo que fortaleció su posicionamiento dentro del universo del fútbol. Sin embargo, para ella, Estados Unidos encara el evento desde una lógica diferente: al tratarse del “Estado hegemón en el sistema internacional”, el torneo aparece más bien como una nueva oportunidad para que Trump deje en claro “quién pone las reglas”. Esto ocurre, además, en un país donde —según remarcó— “la ciudadanía norteamericana lejos está de ser fanática de la redonda”.
Esto también se ve reflejado en la distribución de los partidos: mientras que Canadá tendrá dos ciudades sede y México tres, Estados Unidos contará con 16 y albergará 78 partidos, frente a los 13 que recibirá cada uno de los otros dos anfitriones. Es decir, apenas el 25% de los partidos se disputará entre Canadá y México, mientras que Estados Unidos concentrará el 75% restante.
Otra cuestión no menos importante, señaló Bonatti, es la situación de los arbitrajes dentro del torneo. “Mientras que en Qatar 2022 celebramos la inclusión, por primera vez, de árbitras mujeres y tres asistentes, en esta oportunidad, de las 52 autoridades designadas, solo dos árbitras principales son mujeres: la estadounidense Tori Penso y la mexicana Katia García. A ellas se suman tres mujeres como árbitras asistentes y una como oficial de videoarbitraje”, remarcó.
En ese sentido, la analista internacional cuestionó la postura de la FIFA frente a las críticas por la baja representación femenina en el arbitraje. Según indicó, el organismo justificó las designaciones bajo el principio de “priorizar la calidad por encima de todo”. “¿En serio solo el 3,5% de las mujeres árbitras tienen la calidad necesaria para estar en el evento?”, planteó.
Para Bonatti, la reducción de la presencia femenina en comparación con Qatar 2022 representa un retroceso, especialmente si se tiene en cuenta la ampliación de la cantidad total de árbitros en esta edición.
El fútbol en clave geopolítica
Lejos de tratarse únicamente de una competencia deportiva, la Copa del Mundo 2026 vuelve a demostrar que el fútbol se presenta como un escenario donde se proyectan relaciones de poder, disputas geopolíticas y estrategias de posicionamiento internacional. “El deporte no se desarrolla en un vacío político, sino dentro de un sistema internacional atravesado por intereses, asimetrías y conflictos”, subraya Bonatti.
En este sentido, la especialista plantea que si Qatar 2022 utilizó la Copa del Mundo para consolidar su imagen global y ampliar su capacidad de influencia, Estados Unidos parece encarar este torneo desde una lógica diferente: la de quien busca reafirmar una posición de liderazgo que considera propia.
A fin de cuentas, Bonatti consideró que, mientras millones de personas seguirán la competencia atentas a lo que ocurra dentro de la cancha, gran parte de las dinámicas más relevantes se desarrollarán fuera de ella. En definitiva, sostuvo que, más allá de los goles que definirán campeones, serán las relaciones entre los Estados, las decisiones de los organismos internacionales y las disputas por la influencia global las que volverán a recordar que, en el siglo XXI, “el fútbol también es geopolítica”.
