¿Qué ocurre cuando una nación decide señalar a los inmigrantes como los causantes de todos sus males? En Sudáfrica, esa pregunta ofrece una respuesta preocupante. A pesar de haber construido su democracia sobre la reconciliación tras el apartheid, el país ha experimentado numerosos estallidos de violencia contra ciudadanos de otros países africanos.
Alimentados por la desigualdad social, el desempleo y la inseguridad, los discursos xenófobos han ganado fuerza en Sudáfrica, dando lugar a marchas antiinmigración, desplazamientos forzosos, ataques violentos e incluso asesinatos.
En los últimos meses, se reportó la muerte de al menos cuatro migrantes. Además, miles de personas se manifestaron el pasado 30 de junio para exigir la expulsión de los inmigrantes en situación irregular.
Asimismo, en el marco de la Copa del Mundo de 2026, en la que Sudáfrica logró clasificarse a los dieciseisavos de final, varios creadores de contenido africanos utilizaron sus redes sociales para explicar por qué no alentaban a la selección sudafricana y denunciar la creciente xenofobia que atraviesa el país.
Sobre esta problemática, Hoy Día Córdoba dialogó con el historiador africanista y docente universitario Omer Freixa, quien explicó que los episodios de violencia contra inmigrantes no son un fenómeno nuevo.
“Las oleadas xenofóbicas son frecuentes en la historia sudafricana reciente y algunas han alcanzado picos de intensidad, como la actual. En particular, la de estos días aglutinó a varias organizaciones nacionalistas y antiinmigrantes que impulsan la expulsión de inmigrantes como un ultimátum anunciado el pasado 30 de junio, alimentando un clima de extrema tensión en la previa”, indicó.
Acerca de los factores que explican el aumento de la xenofobia, Freixa señaló que “Sudáfrica es el país más desigual del mundo” y explicó que esa realidad profundiza los desequilibrios sociales que afectan a la mayor parte de la población.
“En líneas generales, puede decirse que el apartheid, a nivel socioeconómico, no terminó y las mayorías africanas son quienes más padecen la exclusión. El hecho de acusar al migrante de la falta de empleo es usual a nivel global, pero en Sudáfrica adquiere una gravedad particular por las características de la sociedad posapartheid. En tiempos críticos siempre surgen los chivos expiatorios”, sostiene.
Pero, ¿quiénes son los inmigrantes perseguidos en Sudáfrica? Freixa explica que las principales víctimas provienen de países vecinos como Zimbabue, Mozambique y Malaui, además de otros más lejanos, como Nigeria, Ghana, Somalia y la República Democrática del Congo.
Para el historiador, “lo llamativo es que la xenofobia surge en grupos mayoritarios de población africana en un país que durante medio siglo sufrió la peor discriminación y segregación legalizada por parte de una élite blanca de origen europeo”. En ese sentido, sostiene que se trata, sobre todo, de “afrofobia”, un odio dirigido contra comunidades africanas migrantes.
Asimismo, Freixa afirmó que existe un fuerte sesgo socioeconómico en la discriminación. Según el historiador, los miembros de las diásporas blancas u occidentales no padecen la xenofobia de la misma manera que las comunidades africanas subsaharianas. A ello se suma que contar con un alto nivel de cualificación suele actuar como un factor de protección.
“Si bien la comunidad extranjera alcanza como mucho el 5% de la demografía nacional, la construcción de chivos expiatorios apunta a grupos minoritarios y casi siempre desprotegidos”, sostiene.
Un discurso peligroso con consecuencias devastadoras
Para Freixa, uno de los aspectos más preocupantes del escenario actual es la articulación de los movimientos antiinmigración y los discursos que promueven. “Hay un financiamiento y crecimiento de este activismo que apunta a la deportación sin excepciones de toda persona migrante que encaja dentro del estereotipo odiado y rechazado. Los líderes con apoyo popular construyen un discurso localista que es aplaudido por las bases. Eso es lo más peligroso: no se relativiza, cuestiona ni critica un mensaje que fomenta el odio y la violencia”, indica.
Como ejemplo, Freixa recordó el papel que desempeñó el rey zulú durante la oleada xenófoba de 2015. El líder tradicional del pueblo zulú, el grupo étnico más numeroso de Sudáfrica, contribuyó a intensificar la violencia con sus declaraciones públicas contra los inmigrantes.
“Se camufla la xenofobia bajo el patriotismo que entraña toda prédica nacionalista y se reemplaza la labor de un Estado por la acción incansable de supuestos patriotas que dicen cumplir lo que un Estado ineficiente (o ausente) y corrupto no satisface”, resume.
Con respecto al rol del Estado, Freixa considera que la migración se ha convertido en un fenómeno que excede la capacidad de control estatal y que refleja, además, un aumento de las llegadas no regularizadas. Ante este escenario, Sudáfrica ha reforzado los controles fronterizos y emprendido una ofensiva contra la migración irregular para responder a las demandas de los sectores más virulentos.
Por otro lado, si bien las autoridades han condenado la violencia xenófoba, Freixa considera que la respuesta estatal frente a quienes atacan o discriminan a los inmigrantes sigue siendo insuficiente. “Se evidencia cierta retirada estatal, el germen de gran parte del drama que vive Sudáfrica respecto de este asunto”, remarca.
Ahora bien, dentro de la trama gubernamental, el historiador plantea que en vez de acusar al Estado por su mal funcionamiento, siempre resulta más cómodo echar la culpa al extranjero.
“Si bien otras administraciones de países que albergan comunidades migrantes en Sudáfrica han acusado a este último de la situación, Pretoria (capital administrativa) respondió con el mismo tono complicando las relaciones diplomáticas con Nigeria y Ghana. En vez de buscar soluciones regionales, las autoridades se acusan mutuamente sin atacar las raíces del problema”, afirmó.
Las consecuencias de la xenofobia en Sudáfrica son preocupantes. El brote actual generó tensiones con otros países a partir de las denuncias por el maltrato sufrido por sus ciudadanos, la necesidad de repatriaciones masivas y los reclamos para que el Estado sudafricano asuma las compensaciones por los daños y las pérdidas materiales de quienes debieron huir de emergencia y regresar a sus naciones de origen.
En esa línea, Freixa subraya que las tensiones en el relacionamiento sudafricano con otras naciones es contraria al espíritu de integración, solidaridad y libre comercio que promueve la Unión Africana, la organización supranacional más importante del continente africano, integrada por 55 países.
Hasta la fecha, más de 25.000 inmigrantes iniciaron sus trámites para salir de Sudáfrica y retornar a sus países de origen. Muchas de estas personas residían en el país desde hacía varios años: Sudáfrica había sido el lugar donde pudieron proyectar una nueva vida.
Sin embargo, lo ocurrido en el país no es un fenómeno exclusivo. Cuando un Estado comienza a enfrentar problemáticas sociales y económicas, suele aparecer la necesidad de responsabilizar a alguien por ellas. En este caso, como en muchos otros, los inmigrantes terminan convertidos en culpables.
Aunque miles de migrantes abandonen el país, los problemas estructurales seguirán presentes y, con el tiempo, aparecerán nuevos grupos señalados como responsables. La discriminación, la violencia y la expulsión de comunidades migrantes no son una solución. El Estado debe abordar las causas profundas de la desigualdad, el desempleo y la inseguridad, en lugar de alimentar discursos superficiales que convierten, en cada ola xenófoba, a los más vulnerables en chivos expiatorios.
