El disparador de la acalorada deliberación global fue la columna del presidente Javier Milei publicada en el diario Financial Times, donde propuso crear “corporaciones no humanas” con personería jurídica operadas íntegramente por agentes de inteligencia artificial (IA), acompañado de una desregulación absoluta. Esta semana se sumó otro ingrediente: Cloudflare confirmó en un reporte que la mayoría de los que navegan en internet son bots y agentes de IA. Si a esto agregamos que la mayoría del contenido nuevo ya lo escribe una IA, se constituye un paradigma que debe ser abordado aquí y ahora.
En un artículo publicado en Hoy Día Córdoba, el referente tecnológico y profesor cordobés Fabio Grigorjev plasmó inteligentemente las facetas de viabilidad para establecer empresas con operaciones autónomas en Córdoba, considerando que, si Argentina ofrece un marco legal serio para entidades autónomas, la provincia tiene la densidad empresarial, el talento y la cultura de innovación para ser uno de sus epicentros.
Los «nuevos» apocalípticos e integrados
Por estos días nos enfrentamos a posiciones encontradas con respecto a la inteligencia artificial: los que están a favor y en contra, en el futuro o en el presente, con ojos históricos o economicistas; una larga lista en esta grieta. Aunque muchos no quieran dar el brazo a torcer, tenemos que reconocer que la historia tiende a repetirse.
En su libro Apocalípticos e integrados (1964), el semiólogo italiano Umberto Eco analizaba cómo reaccionaban los intelectuales y la sociedad ante la llegada de la cultura de masas y los medios analógicos. Lejos de alinearse, Eco describía estas dos actitudes extremas para demostrar que ambas estaban equivocadas por simplistas. Unos, por quedarse en la queja y el silencio negándose a estudiar el fenómeno. Otros, porque ingenuamente pensaban que los bienes culturales estarían al alcance de todos gracias a los medios.
Eco planteó una postura crítica: no ser ni apocalíptico ni integrado, dado que la televisión ya estaba aquí y no desaparecería. Con la IA estamos inmersos en una dicotomía semejante: Ya está aquí y debemos plantearnos qué hacemos con este presente. La diferencia es que no es para discutir a futuro, porque ya estamos experimentando un frenesí imposible de imaginar.
¿Qué nos toca si entregamos el alma al diablo?
El problema arranca con el mismo planteo de dar personería jurídica a las «corporaciones no humanas». Es en ese sentido, ¿cómo se les da un ingreso a los humanos si se excluye a los humanos?
La Renta Básica Universal (RBU) es una propuesta de política socioeconómica que consiste en que el Estado pague una suma de dinero regular, incondicional y de por vida a cada miembro de la sociedad, independientemente de sus ingresos, situación laboral o riqueza. A diferencia de los planes tradicionales, se entrega por ley a todo el mundo y se define a través de cinco características: es individual (se paga por persona, no por hogar); universal (la recibe todo ciudadano o residente); incondicional (no se exige nada a cambio); regular (es un pago generalmente mensual); y en dinero (no en cupones o bienes).
Ante el avance de la inteligencia artificial y la robótica, que podrían destruir millones de empleos, la RBU funcionaría como una red de seguridad para los trabajadores desplazados. Otras posiciones a favor indican que podría dar una erradicación de la pobreza extrema, la reducción de la burocracia y una mayor libertad y poder de negociación. Los principales argumentos en contra se plantean en cómo se financia, en considerar que puede ser un desincentivo al trabajo y que podría ser injusta o ineficiente.
Aunque no se ha implementado de forma permanente a nivel nacional en ningún país grande, se han realizado numerosas experiencias en Finlandia, Canadá, Kenia y en varias ciudades de Estados Unidos. Los resultados muestran mejoras en educación y en la salud mental, sin registrar caída masiva del empleo.
En este punto, es pertinente destacar la importancia de la redistribución del ingreso, al ser un conjunto de medidas económicas y sociales que implementa el Estado para transferir recursos de los sectores con mayores ingresos hacia aquellos de menores recursos, con el objetivo principal de reducir la desigualdad económica, garantizar un piso mínimo de bienestar y asegurar un acceso más equitativo a los servicios esenciales.
¿De dónde saldría la plata?
Por definición, las empresas no le pagan la RBU directamente a los ciudadanos, sino que la paga el Estado con fondos del presupuesto público. Sin embargo, para que el Estado pueda juntar los enormes fondos que requiere, las empresas jugarían un rol fundamental en el financiamiento a través de nuevos esquemas de impuestos. En los debates económicos actuales se proponen tres formas principales de aporte:
- El «Impuesto a los Robots» y la Automatización: Una propuesta fuerte en la era de la IA. Si una empresa reemplaza a 50 operarios o redactores por un software o un brazo robótico, aumenta sus ganancias, pero deja de pagar cargas sociales. La idea es aplicar un impuesto específico a las tecnologías que desplazan mano de obra humana, usando esa recaudación para financiar la RBU de los desplazados.
- Impuestos a las Grandes Tecnológicas (Big Tech): Muchos economistas sostienen que el motor de la economía actual son los datos que generamos gratis en internet. Proponen que las corporaciones tecnológicas paguen un canon por el uso y monetización de esos datos, y que ese dinero se devuelva a la sociedad como Renta Básica.
- Reforma del Impuesto a las Ganancias Corporativas: Se plantea aumentar el impuesto a las utilidades netas (las ganancias reales) de las empresas, especialmente de las más grandes.
Obviamente surgirán contraargumentos con respecto al financiamiento de la RBU, pero seamos prácticos y se los dejemos a quienes pensaron primero en proponer a Argentina como paraíso para las empresas sin humanos.
*Licenciado en Comunicación Social de la UNC
